viernes, 12 de septiembre de 2014

Ascenso Capítulo 2

Ascenso Capítulo 2

A él, por hacerme dudar, siempre.

Hace ocho días, trece horas y veintisiete minutos desde que lo vi por última vez, y el dolor no hace más que aumentar. Recuerdo perfectamente su rostro a través del retrovisor, corriendo hacia mí. La confunción me llena porque los buenos momentos se amontonan en mi cabeza consiguiendo que el dolor no haga más que crecer dentro de mí.
Las llamadas y mensajes que han estado persiguiéndome desaparecieron desde ayer por la tarde, y aunque quiero estar aliviada, porque es lo que se supone que quiero, no es verdad. No se muy bien que pensar, pero como siempre nada de lo que tiene que ver con Erick me hace tener certezas.
Aunque sé que Erick me engañó y destrozó mi corazón por completo, no puedo dejar de imaginar que hubiera pasado si él estuviera aquí conmigo como yo pretendía. Ahora estaríamos de excursión por la ciudad, haciendo un picnic en el parque o simplemente disfrutando de no hacer nada. Si de alguna forma todo fuera como hace dos semanas, con él a mi lado y yo durmiendo entre sus brazos, sintiéndome segura.
Ya debería estar acostumbrada a la decepción pero realmente siempre he querido que alguien fuera lo bastante valiente para luchar por mí, alguien que fuera constante en mi vida, y es algo que me he intentado negar a mí misma, hasta Erick, con el me permití sentir, confiar y acabe con el corazón roto.
Ahora mismo vivo ahogándome en preguntas, viviendo en una noche eterna, pensando en cómo sacarlo de mi sistema, porque tengo miedo de que si no lo hago voy a explotar. Él no jugó limpio y yo soy la que se quedó con el corazón  destrozando, buscando conectar piezas que no sabía que tenían que encajar.
 La casa se me agolpaba tanto sobre mi cabeza que tuve que encontrar algo que hacer. Tenía que encontrar algo lo suficientemente atrayente para conseguir sacarle de mi mente aunque sea solo un poco. Ahora ayudo a las personas a leer en la biblioteca, no solo a adultos sino también a niños, lo que por un rato me hace el círculo de autocompasión en el que mi alma nada.
No puedo parar de pensar en cómo hago cada mañana para mantenerme fuerte, porque definitivamente él sigue viviendo en mi mente. Y aunque no puedo parar de recordarlo, tendré que olvidarle en silencio, porque amarlo a gritos, solo consiguió romperme.
Lo único bueno de todo esto es que tengo a mi madre a mi lado. Verla fuerte, independiente y feliz es más de lo que yo podría esperar. Ha perdonado a mi padre y ha sacado fuerzas de una forma extraordinaria.
Mamá ha insistió, no solo en usar el dinero del seguro de mi padre, sino también el que ha ganado para montar su propio negocio. No quiere que yo siga sacrificando mi juventud por ayudarla, pero nunca ha sido una carga, siempre ha sido la persona más importante en mi vida y no me arrepiento de nada de lo que he tenido que hacer para que ella esté bien.
Ahora mismo está esperando a la agente inmobiliaria, me alegra verla tan feliz. Esta tan ilusiona por conseguir que su negocio tome forma física, que los ojos le brillan como a un niño en  navidad. A pesar de todo, yo puedo ver la preocupación en sus ojos y eso es mi culpa.
Finalmente tuve que contarle lo que había pasado con Erick, porque nunca he podido mentirle, tampoco es que haya querido hacerlo. Ella lo entiende, mamá siempre entiende, puede que no esté de acuerdo con que haya huido de todo, pero no lo dice, creo que tienen miedo de que yo sea como ella, que me escondan en mi misma y desaparezca dentro de mí misma, como lo hizo ella.
También está ansiosa porque no le permito hacer muchas cosas, puede que los médicos digan que está bien pero me siento insegura de dejarla sola. Han sido demasiados años, y las viejas costumbres están tan arraigadas que por más que lo intento aun no estoy del todo tranquila, cuando se queda sola.
El timbre suena y bajo las escaleras de dos en dos para ver a la alta y esbelta rubia a mitad de los cuarenta que saluda a mi madre con familiaridad. Detrás de ella esta Ash, con su habitual picardía. ¿Qué hace ella aquí?
—   Hola, Kathe. — pasa distraídamente entre mi madre y la rubia y viene hacia mí para un rápido abrazo. No acabo de acostumbrarme a su constante efusividad. — ¿Recuerdas a mi madre, Luna?
La rubia es su madre, a penas si tengo recuerdos de ella, pero se conserva estupendamente. Escasamente recuerdo que se fue de casa hace algunos veranos, cuando Ash se fue a la universidad y que se ha vuelto a casar, mientras que el señor Daniel, sigue siendo un ermitaño, supongo que tiene que ver con la fachada de poli duro.
Siempre pensé que eran demasiado jóvenes para tener dos hijos, ellos eran como mis padres se casaron demasiado jóvenes para ser realmente felices para siempre, supongo que en esos años habría un virus que destinaba todos los matrimonios al fracaso. Al fin y al cabo no siempre se puede arreglar lo que está roto.
Mi madre y Luna se sienta en el salón e inmediatamente empiezan a hablar de locales de venta mientras Ash me acompaña a la cocina a por unas bebidas. Luce fresca y llena de vida como siempre, ¿cómo lo consigue? A panas puedo despertarme por las mañanas y poner buena cara.
—   He venido a invitarte. Esta noche vamos a salir, es la noche libre de Dereck y él y algunos de sus amigos vendrán con nosotras— dice mientras bebe de su café. —  Por favor, por favor, no puedes volver a decirme que no.
—   Ash, no puedo dejar a mamá sola…— comienzo a excusar.
Esta es la segunda vez que rechazo una de sus invitaciones, no es que sea precisamente una persona fiestera y mucho menos estoy de humor para salir. No quiero que Ash se sienta despreciada, me cae bien pero tampoco es que tengamos demasiada confianza. Creo que piensa que ahora podemos retomarlo donde lo  dejamos hace años. Yo sigo sintiéndome incomoda alrededor de todos los que conocen tan de cerca la realidad de mi pasado. Para mi  suerte la puerta vuelve a sonar y tengo la escusa perfecta para escaparme.
— Voy a ver quién es, ahora vuelvo.
Llevo tazas de té para mi madre y Luna y me dirijo distraídamente hasta la puerta, tratando de pensar en quien podría ser, y no se me ocurre nadie además de un vendedor de seguros. No es que tengamos muchos amigos por esta zona, la verdad. Lo que ni por asomo podría haberme imagina a la persona que estaba en mi puerta.
Una muy desaliñada Laura Peterson, desde el umbral,  me miraba con ojos grandes y rojos, como si llevara muchos años llorando, no creo que nunca la haya visto así. En cuanto abro del todo la puerta se tira a mis brazos.
—   Kathe— dice sollozando contra mi pecho.
—   ¿Lau?— a penas logro articular palabras. — ¿Estas bien?
—   No— contesta finalmente.
—   ¿Pasa algo, Katty?— pregunta mamá justo detrás de mi. — ¿Quién es tu amiga?
—   Soy Laura, la compañera de piso de Kathe. Perdone que irrumpa de esta manera en su casa señora Steve, es que necesitaba hablar con Kathe. — Y entonces empieza a sollozar de nuevo.
—   En cantada de conocerte, y llámame Taylor, por favor, deje de ser la señora Steve hace mucho tiempo.
Mamá me mira pidiendo una explicación que no tengo, yo tampoco entiendo que está pasando aquí, ni siquiera entiendo muy bien como ella encontró la casa correcta, así que me limito a encogerme de hombros mientras escucho a Laura llorar silenciosamente.
Últimamente mi vida es demasiado desconcertante para que yo misma pueda entenderlo que pasa en ella. Casi añoro los días en los que me limitaba a ir a la universidad y al trabajo.
—   Cariño, Luna quiere llevarme a ver algunos locales, ¿prefieres que me quede contigo?
—   No, mama, no tienes coche, ¿no pues ir otro día?
—   Katherine, te recuerdo que ya soy mayorcita—oh, ya empezamos otra vez, siempre que dice mi nombre entero, es que está enfadada conmigo —. Luna va a tráeme de vuelta cuando terminemos.
El tono de su voz es casi condescendiente, pero finalmente asiento demasiado distraída por el llanto descontrolado de mi mejor amiga. En tan solo un segundo Luna y mi madre desaparecen por la puerta. Conduzco a Laura hasta la cocina para prepararle un té, Ash sigue allí, y me mira desconcertada cuando mi amiga echa un mal de lágrimas se sienta a su lado.
—   Ash, esta es Laura, mi compañera de piso en San Diego, y no sé porque esta echa un mar de lágrimas.
—   Hola— dice en el mismo tono alegre de siempre—. ¿Necesitas algo?
—   ¡Se acostaba con otras!— le grita Ash. — Me pide matrimonio y se acuesta con otras. — Y se echa a llorar de nuevo.
Mierda. Muscules. Ya sabía yo que ese hombre no era de fiar, nunca me termino de caer bien, siempre sospeché que era mucho musculo y poco cerebro, los hombres ricos y famosos como el siempre tenían a cientos de mujeres suplicando a sus pies. A pesar de todo, cuando le pidió matrimonio hace apenas unas semanas, pensé que lo había juzgado mal, que realmente la quería, pero claro, ¿en que no me he equivocado yo?
Mi amiga sigue llorando desconsoladamente, mientras rebusco un vaso de agua y se lo entrego. La cara de compasión de Ash es evidente, pero afortunadamente no se va y se queda conmigo. No soy muy buena con los asuntos sentimentales, pero Ash tiene toda la pinta de serlo.
Trato de hablar con Laura, intentando que se calme, que me explique las cosas pero no sale nada de su boca más que sollozos profundos. Esta realmente destrozada. Al igual que yo, solo que ella tiene el valor de sacarlo fuera donde otros la puedan ver, yo no soy capaz de hacerlo.
Ash lo intenta también, le habla de forma pausada, como si fuera un animalito asustado, finalmente conseguimos entre las dos que se clame, que su respiración se normalice. Bebe un gran sorbo del vaso de agua que hay frente a ella y solo entonces comienza a hablar.
—   Esta mañana, fui a su departamento, había planeado llevarle el desayuno e invitarle a almorzar, quería contarle sobre los planes de la boda…— y se vuelve a echar a llorar.
Paso lentamente mi mano por su espalda intentando poner algo de calma  en ella, pero no parezco tener demasiado existo. Yo nunca he tenido una buena opinión de Muscules pero hace menos de un mes, ella estaba llorando por miedo a casarse y ahora, está hecha un mar de lágrimas porque la engaña.
No puedo evitar que todo esto me recuerde a mis padres y a Erick, ¿a caso no existe un solo hombre en la tierra que entienda el término fidelidad? Todos terminan destrozándonos de una forma u otra.
—   Martín, su portero, me dejo pasar porque me conocía, yo iba con mi bolsa de pasteles y café cuando lo encontré en la cama, con la otra… —las lágrimas no parar de correr por sus mejillas—. Te lo juro Kathe, ha sido la situación más humillante de toda mi vida. Y encima, el muy sínico tiene el descaro de decir que no era lo que parecía, cuando le vi meterle la lengua hasta la campanilla a esa zorra.
Me quedo prácticamente petrificada, Laura es la persona más dulce y divertida que te puedas imaginar, no suele usar palabrotas y mucho menos insultar a los demás. Pero teniendo en cuenta la situación, es aún peor de lo que imaginaba.
No tengo que imaginarme el dolor que está sintiendo, lo conozco perfectamente pero supongo que sí es la persona con la que tienes intensiones de casarte duele aún más. El dolor por la traición de Erick me está arrasando por dentro y eso que solo lo conocía hace poco tiempo, pero cuando te enamoras corres el riesgo de ser lastimado, solo que no pensaba que la caída iba a ser tan fuerte.
—   Ese tío es un idiota— dice de repente Ash.
—   Si, lo es— concuerdo.
—   Perdona por venir hasta aquí, Kathe, pero no sabía que mas hacer…
—   Tranquila, Lau, lo entiendo perfectamente. Yo sé mejor que nadie que hace falta distanciarse…
Ash me mira fijamente con ojos casi compasivos, como si entendiera sin realmente lo que me pasa. Obviamente sabe de la historia de mis padres. ¿Quién de la zona no? De cualquier manera puede que sospeche que hay algo más de eso y aunque no he hablado de Erick con ella, tal vez intuye que un hombre está metido en todo esto.
—   No sé qué voy hacer…— murmura para sí misma Lau.
—   Oh, oh… tranquilas hoy vamos a salir, emborracharnos y liarnos con cualquier hombre que se nos pare delante, veras como te sentirás mejor.
Oh, no. No me gustan las fiestas, no quiero emborracharme, solo quiero que llegue la noche para que pueda seguir con mi rutina de autocomposición mientras lloro hasta quedarme dormida. No es algo muy productivo, pero me vale para ir tirando.
—   Lo siento, no puedo dejar a mi madre sola…
—   Oh, vamos Kathe, tu madre es un mujer adulta, no puedes tratarla como un bebe… — dice Ash.
—   No la trato como un bebe, está enferma. —Replico.
—   Estaba, Kathe, estaba enferma, ahora esta perfecta y necesita sentirse como un mujer normal, no va a conseguirlo con su hija sobre protectora todo el tiempo sobre ella.
¿Pero que sabrá ella de mí y mi madre? No soy sobreprotectora, solo tengo miedo de dejarla sola, he tenido que vivir preocupada por ella los últimos años. Y a pesar de que el doctor dice que está totalmente capacitada, no puedo evitarlo.
Claro que cuando me vaya dentro de poco más de un mes, ella va a tener que quedarse sola aquí, porque no me va a permitir quedarme y menos accederá a venir conmigo a San Diego. Además, Laura me necesita. Estoy totalmente segura que ella nunca diría que no a salir de noche, menos aún cuando esta tan deprimida y con ganas de quitarle a Muscules hasta las entrañas. ¡Qué diablo merezco un poco de diversión!
—    Vale, iré. Pero nada de volver a las seis de la mañana.


Al final convencí a Laura de que se quedara con mamá y conmigo y no se fuera a un hotel, no la quiero sola y deprimida. Mi madre está encantada con tener más gente en casa, supongo que se ha sentido sola por mucho tiempo. Había querido conocer a Laura hace mucho tiempo, pero nunca he querido realmente que mamá conociera a gente que podría hacerle daño, pro claro Laura es incapaz de hacerle algo así, solo era yo siendo exagerada. Lo sé.
Mi madre casi me grita cuando le dije que si quería me quedaba en casa esta noche, dice que tengo que salir y respirar mas del aire de la calle. Ella más que nadie sabe lo que es estar destrozada por culpa de hombre y estoy segura de que no quiere que termine como ella.
Después de cenar comida china, Laura y yo nos estamos arreglando en mi habitación, es divertido porque normalmente ella tiene la habitación más grande, por una vez las cosas son distintas. No ha vuelto a llorar pero tiene los ojos un poco apagados como si una pequeña parte de toda la luz que los ilumina se hubiera apagado desde la última vez que nos vimos en San Diego.
—   Tú tampoco luces demasiado bien— dice, casi como si me leyera la mente. — No tienes que mirarme con esa cara de pena, estaré bien, puede que no muy pronto, pero lo estaré y tu también…— duda un segundo.
No me gusta nada hacia dónde va esta conversación. No quiero hablar de cómo me siento ni lo que quiero porque ni yo misma sé muy bien que voy hacer conmigo.
Después de todo ella es la mejor amiga de Erick, no tengo ni idea de lo que él e contó pero no es como si yo quisiera saberlo. No hay forma de que me arruine la noche antes de empezar.
— Tienes que hablar con Erick, Kathe…
—   No. —Digo, el solo escuchar su nombre hace que se me retuerzan las tripas y el dolor dentro de mi pecho se agudiza un poco más.
—   Pero tienes que saber que él, va a …
—   No quiero saberlo, Laura— la interrumpo—. Tú mejor que nadie deberías entender porque no puedo perdonar la traición… No quiero saber nada de él.
—   Pero…
—   No hay peros. Vamos a terminar aquí que Dereck es muy puntual.
Laura me mira confundida, como si no supiera a que me refiero. Y claro, ella no conoce a Dereck. Creo que podría gustarle, no es muy su tipo, pero es la clase de amigo que siempre está allí para ti .
—   Dereck es el hermano de Ash, vendrá con nostras, te gustará. Es muy simpático… y muy guapo. —Digo sonrojándome.
—   ¡Te gusta!
—   Claro que no. Lo conozco desde hace años. Además, también vendrán algunos amigos suyos, o eso dijo Ash.
Tras rebuscar en mi armario encuentro un vestido que tiene más años de los que puedo recordar, es perfecto, me hace sentir coqueta y discreta, porque muy a pesar de las intensiones de Ash para esta noche, no tengo ganas de liarme con nadie.
A las diez y media justo, el timbre de mi puerta esta sonado. Mamá me asegura que todo estará bien y que puedo volver tan tarde como quiera, que va a estar durmiendo, que no me preocupe por ella, pero es algo que no puedo evitar.
Dereck está en el umbral de mi puerta, absolutamente guapo con unos pantalones negros y una camisa azul, y yo que pensaba que el uniforme le sentaba bien… Me atrapa mirándole fijamente, me sonríe y yo me sonrojo.
Yo tendría que haberme enamorado de alguien así, sincero y leal, pero claro, él es un policía y ya he tenido suficientes sufrimientos por la vida que ellos llevan, quizás no debería juzgar a todos los policías por como mi padre trato a mi madre o por como todos sus compañeros encubrieron sus infidelidades y traiciones, pero no puedo evitarlo.
Mi sonrisa desaparece, puedo notarlo, pero esta noche no puedo pensar en hombres, en Erick, ni en mi padre, tengo que ayudar a Laura, ella siempre ha estado cuando la he necesitado y esta noche ella es quien me necesita.
—   Hola, Dereck.
—   Dios, Katty, estás tan guapa. — El tono de su voz es bajo y casi seductor.— ¿Podemos irnos?— pregunta ofreciéndome su brazo
—   Por supuesto, pero antes tienes que conocer a mi amiga, Laura.
Se ha quedado rezagada y en silencio detrás de mí.
—   Hola…— saluda pero se queda estupefacto cuando la ve.
Miro entre ellos pero no logro identificar ninguna emoción, se miran el uno al otro como si quisieran saltarse encima o matarse el uno al otro. Laura va perfecta, como siempre, con un diminuto vestido color turquesa dan ganas de llorar de lo perfecta que es, pero no creo que el físico sea lo que tienen a Dereck tan confundido. No logro identificarlo muy bien pero definitivamente algo está pasando entre esos dos.
—   ¿Pasa algo?, ¿ustedes se conocen?
—   No. — dicen al unísono.
Hablan demasiado rápido, demasiado fuerte, no les creo. Pero justo en el momento en que voy a preguntar escucho a Ash desde el coche, que impaciente, nos apremia.
Las discotecas no son mi lugar preferido en el mundo, no me suele gustar la música demasiado alta ni los lugares abarrotados, pero tras mucha insistencia y cuatro margaritas, estoy bailando en la oscuridad, con las luces de colores revolviéndose por todo el lugar.
Para ser un viernes el lugar no está nada abarrotado, ni hay ese insoportable olor a alcohol que recuerdo. Todo el mundo parece divertirse, hasta yo.
Por primera vez en esta semana, me siento libre, no sé si es producto del alcohol pero no me siento reprimida, ni siquiera pienso en él, me siento casi feliz, despreocupada, como hace bastante que no me sentía.
La música inunda mis sentidos, mi cuerpo se mueve a su propio compás, no me importa mucho quien está cerca aunque puedo ver como Laura mece sus caderas de forma seductora hacia algún desconocido. Alguien se acerca a mí, lo noto, y me siento poderosa cuando unas manos fuertes  rodean mis caderas, no lo impido. Necesito esto, sacar todo de mi sistema, volar lo más lejos que pueda del dolor, lejos de mis miedos, de mi misma.
Quiero derretirme un poco en esas masculinas y grandes manos, porque se siente correcto, intento fundir mi espalda con el pecho del hombre que me arrastra a través de la pista de baile. Sus manos guían mis caderas al compas de la música, su tacto me hace estremecer, su calor me atrae, no sé que estoy haciendo ni quiero. Sus labios se mueven hacia mi cuello, su olor fresco me consume y me confunde, parece tan familiar, creo que el alcohol está empezando a confundir mis sentidos.
Hay algo en lo más profundo de mi que ansia darse la vuelta, entender que está pasando quien es él, pero lucho contra todo, no quiero que la música acabe, quiero mantener la ignorancia, el anonimato quiero ser feliz. Pero cuando la música baja unos pocos tonos y el desconocido inhala el olor de mi pelo, solo hace falta una palabra para que todo se inunde.
—   Dulzura— y suena casi en un susurro, como un pequeño gemido.

Erick, está aquí, es él. 

lunes, 21 de julio de 2014

Ascenso Capítulo 1

 Ascenso Capítulo 1


A él, por hacerme dudar, siempre.




El aire caliente que se cuela por la ventanilla del coche me avisa que estoy en casa. No importa la hora, aquí siempre habrá calor, el calor de mi hogar. Sacramento es el mejor lugar para vivir, incluso aunque quieras odiarlo. Las luces fundiéndose en el horizonte, el olor a pizza y café recién hecho, hacen que me sienta como cuando tenía diez años y me escapaba para ir a jugar con las sombras que se formaban bajo las farolas.
El aire hace que el pelo bloquee parcialmente mi vista, aunque después de estar horas con los ojos anegados en lágrimas, qué importa que mi escurridizo cabello adorne mi rostro. La luna esta noche no se ve, o es tal vez que esta tan desolada como yo, la diferencia es que a ella realmente nadie la ha visto llorar, nunca.
Cuando descubrí a Erick con otra, las fuerzas se esfumaron de mí como el aire de un globo que pinchan con una aguja. Fue como caer en picado desde una altura en la que no sabía que estaba. Mi coche fue el único agujero que sentí lo suficientemente mío como para soportarlo. Así que conduje sin apenas maletas, sin preocuparme de nada, ni de nadie.
La velocidad ayudó, y el aire secó las lágrimas saladas que salieron descontroladas de mis ojos. No puedo creer que la traición duela tanto. No es solo que el frío consuma todo mi cuerpo, es como si mi corazón tuviera un hueco hondo a donde va toda la furia y la decepción.
Pienso en la casa vacía llena de tantos recuerdos felices como triste, no quería estar aquí sin mamá pero no me queda más opción. No creo que la una de la madrugada sea una hora apropiada para ir a por mamá. Siempre me sentido insegura en estas horas, nunca me ha quedado claro si se consideran demasiado tarde o temprano, la verdad es que son horas tan perdidas, como yo.
Conduzco inconscientemente por las calles secundarias que me llevan a casa. Él el único hogar que había conocido, el mismo que se desmoronó cuando yo era demasiado joven para entender el porqué.
Apago el motor del coche frente a casa, no he estado aquí desde hace más de cuatro meses. Los mismos colores tierra adornan la fachada, las mismas ventanas grandes, muestran las cortinas. He echado de menos este lugar. Con paso firme me encamino hacia la puerta, ni siquiera pienso sacar las maletas, solo necesito una ducha y mi cama.
Frente a la puerta, me quedo pensativa, ni siquiera sé donde están mis llaves, rebusco bajo la puerta en el enorme bolso. Nada, no consigo ver nada. Me dejo caer de rodillas sobre el piso frío, y desparramo todas mis cosas sobre la escurra entrada. ¿Es que nada va a salirme bien hoy?
—   ¿Necesita ayuda?
La pregunta me sobresalta. Un agente de policía uniformado habla desde mi coche. Entre la oscuridad apenas puedo verlo.
—   No, gracias, agente. — Me limito a decir.
—   Señorita… aquí no vive nadie.
—   Esta es mi casa. — Replico.
—   No sabía que la señora Avrner, hubiera vendido. ¿Le importaría enseñarme sus documentos, por favor?
Pregunta el agente mientras se acercaba a mí. ¿Es que ni siquiera puede uno llegar a su casa sin un comité de bienvenida de la policía? No es que tenga ningún problema especial con la ley, es más bien con la policía de aquí, ese uniforme pálido, no hace más que recordarme a mi padre, y bueno, no son todos buenos recuerdos, precisamente.
A veces, no sé si estoy dolida o simplemente enfada, con mi padre por dejarnos, por hacernos daño, con los vecinos por su compasión o incluso con mamá y conmigo misma por dejarle que nos hiriera. La linterna ilumina mi cara mientras busco mi cartera, quizás es la única forma de que me pueda ir a dormir.
La verdad es que cuando menos lo necesitas hasta el aire te agobia, todos los recuerdos se agolpan y lo único que consiguen es agrandar el hueco oscuro en el fondo de mi alma, que se despedaza, sin que pueda hacer nada para detenerlo.
—   ¿Katherine? ¿Eres tú?
—   ¿Me conoce?
Miró directamente al policía, hombros anchos y definidos, moreno hasta los huesos, un pelo corto y perfectamente despeinado. Grandes ojeras que ocultan el brillo de unos ojos verdes que se me hacen familiares. No debe de tener más de treinta, así que no puede ser amigo de mi padre. Hace años que ninguno de sus amigos se pasa por aquí. Hace ya demasiado tiempo…Pero de alguna forma sus ojos se me hacen conocidos, ¿dónde he visto yo esos ojos verdes?
—   Oh, lo siento si te asusté, soy el agente Daniel.
Parece tan seguro… ¿Dónde lo he visto antes? No tengo ningún tipo de aprecio significativo por los responsables de la seguridad de esta ciudad. Todos los agentes que fueron a mis cumpleaños, a los aniversarios de mis padres, fueron los mismos que sabían que él se iba a escapar con la otra. Pero este policía parece demasiado joven, no puede ser de la época de mi padre… Además nunca olvidaría una voz así de segura y autoritaria.
—   Lo lamento pero no lo recuerdo, agente.
—   Por favor, llámame Dereck, después de todo, solíamos ser vecinos.
La sonrisa que me muestra es sencillamente reluciente, incluso en la oscuridad. Los Daniel han sido mis vecinos desde que yo iba al colegio, recuerdo a una pequeña rubia, con uñas rosas y un cabello largo, con lagrimas en sus ojos porque le habían destrozado sus muñecas favoritas. Y recuerdo a su hermano, un niño largo y flacucho que disfrutaba de tirar de mis trenzas y romper las muñecas de su hermana.
—   Oh, dios. ¿Tú eres él?
—   Sí, el mismo que destrozaba las muñecas de Ash y quería arrancarte el pelo.
Ambos nos reímos. Hay algo extraño en volver a casa, es como si todo el mundo te conociera, como si realmente no pudieras ocultar quien eres. Y por alguna extraña razón eso es del todo liberador.
—   Creo que no te veía desde que tenías diecisiete, has cambiado mucho. Casi te confundo con un ladrón. — dice sonriendo.
—   Y tú, no sabía quién eras. Te vez genial… al menos ahora tu estatura concuerda con el resto de tu cuerpo.
—   Es una pena que no pueda decir lo mismo, Katty. Siempre fuiste hermosa, pero estas echa un desastre.
—   Gracias— replico.
—   O vamos, ¿hace cuanto no duermes? ¿Has venido conduciendo?
—   Sí… estoy algo cansada.
¿Qué tan horrible debo de estar? Después de casi ocho horas de conducir, y no es que anoche halla dormido mucho. Los recuerdos sobre mi última noche con Erick me golpean. No puedo evitar pensar en lo diferente que sería todo si…
—   ¿Oye, estas bien?— parece realmente preocupado.
—   Oh, nada, es solo que quiero dormir unas horas, mañana voy a traer a mamá a casa y quiero limpiar y todo eso…
 ¿Y por qué le estoy contando todo a esto a alguien que no veo hace años?
—   Si claro, entra en casa. Si necesitas algo, llámame, dice entregándome una tarjeta. Ya no vivo con mi padre, pero siempre ando por aquí. Le diré a Ash que has vuelto, vendrá a verte.
Dice mientras sube a su auto. Fantástico, para visitas estoy yo… pero bueno, tampoco puedo pretender que he desaparecido del mundo. Espero, pero su auto no arranca.
—   Me iré cuando entres en casa…
—   Vale— digo cuando logro abrir la puerta—. Buenas noches, Dereck.
—   Buenas noches, Katty.
Cierro la puerta y enciendo las luces. Las paredes tienen el mismo color azul cielo que tanto le gusta a mamá. Todos los muebles están tapados por sabanas blancas. Hace meses que nadie viene aquí. Desde navidad no vengo a pasar días aquí, cuando vengo a ver a mamá algún fin de semana a puente, no me molesto en arreglar la casa, me limito a limpiar mi habitación o a quedarme en algún motel. Pero realmente no he dormido en esta casa desde hace casi cinco meses.
Echo de menos el calor que se respiraba cuando estamos mamá y yo en el sofá viendo películas absurdas o bebiendo té en el porche. Solo espero que  cuando vuelva definitivamente aquí, dentro de un año, pueda traer a mamá a casa conmigo.
Subo las escaleras hasta mi habitación, el mismo verde alegre en las paredes, mis estanterías abarrotadas de libros y polvo. Y mi enorme cama. Hace años fue mi regalo de cumpleaños, el lo último que me hicieron mamá y papá juntos…
Rebusco entre los cajones y coloco sabanas limpias, abro las ventanas y voy camino al baño. Tomo una ducha fresca y me coloco un pijama de Disney que tengo hace demasiado años, sí, definitivamente, ha visto mejores tiempos.
Miro mi móvil, cuando me acuesto en la cama, hay veintitrés llamadas perdidas, casi todas de Erick pero también hay de Laura. Ni siquiera miro los mensajes. Borro todo en apenas dos segundos y mando un mensaje de texto a Laura para que sepa que estoy bien pero no le sigo que he vuelto a casa o cuáles son mis planes.
No importa que no sea su culpa, pero no hay forma en la que pueda hablar con nadie ahora mismo, solo quiero intentar dormir, ir a buscar a mamá y traerla a casa. Quiero olvidar, pero no es fácil. La cama es fría y me siento sola, más sola de lo que nunca me he sentido, sin rumbo, sin guía, ni siquiera encuentro fuerzas para mantener los ojos abierto.
Pero estoy en casa, a pesar de todo este es el único lugar en el mundo al que siempre voy a volver. No hay forma de que todos mis recuerdos sean buenos, sobre todo por papá, pero no puedo negar que nunca me he sentido tan protegida como cuando he vivido en esta casa.

Son apenas las ocho de la mañana cuando me despierto, alguien está aporreando mi puerta. Me toma unos segundos reconocer donde estoy, la cabeza me está estallando. Los golpes se detienen y considero tirarme otra vez sobre las almohadas y quedarme dormida cuando el ruido vuelve a empezar.
—   ¡Voy!— grito mientras bajo los escalones de dos en dos.
Abro la puerta con intención de mandar a quien sea de vuelta por donde vino, pero cuando abro la puerta un torbellino de risos oscuros se me tira a los brazos.
—   Hola, Katty. No puedo creer que estés aquí. —Me conoce, eso ya es algo—. No te he despertado, ¿cierto?
Cuando la chica me suelta, me mira, tiene los mismo ojos oscuros que cuando teníamos seis años. Solo que ahora parece más frágil que una muñeca de porcelana.
—   Hola, Ashlee, ¿qué tal?
—   Muy bien, ¿puedo pasar? He traído el desayuno.
—   Sí, claro.
La veo moverse con naturalidad hasta la cocina, claro, la conoce. Esto es bastante extraño, no hemos sido amigas desde que teníamos dieciséis años, desde que papá nos dejo. Pero cuando mamá enfermo, a penas si nos saludábamos cuando la veía por el instituto. Vale, puede que fuera yo, su madre y ella siempre ofrecieron su ayuda, pero ya hemos acordado que yo no soy de las que acepta ayuda. Al menos no fácilmente.
—   No me podía creer que estabas aquí. He venido a pasar las vacaciones y me estoy quedando con Dereck. Él dijo que ibas a limpiar, así que pensé que necesitabas ayuda.
—   Eh… gracias Ashlee… no tenías que molestarte…. Puedo hacerlo yo sola.
Es tan guapa como la recordaba, lleva un chándal rojo, que bien podría ser de marca, lleva las uñas con manicura francesa y el pelo recogido en una coleta. No veo rastros de la niña llorona que adoraba a las barbies y estaba perdidamente enamorada de Brad Pitt.
—   Vamos a comer, después limpiaremos todo, esto. Tienes que contarme como te va todo. Ya sé que hace mucho tiempo que no hablamos, pero alguna vez fuimos amigas y eso tiene que contar, ¿no?— pregunta.
—   Sí, claro que cuenta, Ash.
La charla es mucho más cómoda de lo que esperaba, resulta que está estudiando magisterio en la universidad de Nueva York, la verdad es que nunca pensé en Ashlee encargándose de enseñarle a alguien matemática. Según me ha dicho el siguiente semestre se traslada a San Diego a terminar sus estudios.
Los pasteles que ha a traído están deliciosos pero realmente aprecio el zumo de naranja. Echo de menos mi té rojo de desayuno, pero aquí no tengo. Le cuento a Ashlee sobre mi especialidad en psicología. Le cuento de mis planes de pasar aquí el verano y de que mamá estará en casa.
 Es entretenido poder hablar como si realmente nunca me hubiera ido, papá no estuviera muerto y yo aún siguiera siendo la misma de cuando tenía cinco años menos. Y lo mejor de todo es que casi consigue que me olvide de Erick, pero casi no es todo.
—   Cámbiate de ropa, que iré recogiendo aquí— dice cuando terminamos de comer.
—   No es necesario, en serio, puedes irte a casa. Yo puedo encargarme de todo.
—   ¿Estás echando de aquí?— pregunta y parece molesta.
—   Por supuesto que no, es que no quiero molestar.
—   Vamos a dejar claro algo, Katty. Siempre consigo lo que quiero, y ahora mismo vas a subir a cambiarte de ropa para que podamos dejar esta casa reluciente.
—   Vale…— digo mientras subo las escaleras…— ¿Ash?— La llamo a mitad de camino.
—   ¿Sí?
—   Gracias… realmente te lo agradezco.
—   No hay de que, Katty.
—   Ah, por cierto, es Kathe.
—   ¿Cómo?— pregunta confundida.
—   Ya nadie me llama Katty, exacto mamá.
—   Kathe será—dice sonriente y vuelve a lavar los vasos.


Son las tres de la tarde cuando me subo a mi coche. Estoy ansiosa por ver a mamá, la he llamado hace apenas unos minutos y está tan emocionada como yo. No he podido contarle nada sobre Erick, ella no sabe que estoy aquí desde ayer. No podré ocultárselo demasiado tiempo, pero sonaba tan feliz cuando hablé con ella que apenas tengo corazón para sentirme mal estando con ella. Insiste en que tiene sorpresas para mí, aunque ella sabe que mi mejor sorpresa es ella, estando sana y feliz.
Mientras conduzco por las abarrotadas calles empieza a sonar mi móvil, y lo ignoro. Sé que tengo que llamar a Laura, pero no quiero, si lo hago ella podría decirle a él. No estoy segura de si ella realmente sabía que Erick estaba jugando conmigo, sinceramente, no lo creo, pero soy demasiado cobarde para comprobarlo. Cualquier cosa que me recuerde lo feliz que era hace 24 horas provoca un estremecimiento en todo mi cuerpo.
Estaciono el coche justo frente a la puerta, así podré traer la maleta de mamá, ella nunca se lleva más que ropa, y ni siquiera toda porque sabe que tendrá que volver, lo que la enloquece tanto a ella como a mí, pero sabe que esto lo hago por las dos.
Paso el control de identificación y a cada segundo estoy más ansiosa por verla. Son muchos meses desde que la vi por última vez, recuerdo su ojos húmedos, tratando de aparentar que todo está bien.
Camino de forma automática por los pasillos vacios y silenciosos, mirando los números de las puertas, tratando de llegar a la habitación 27. Toco silenciosamente la puerta y espero a que alguien me abra la puerta, pero en su lugar, escucho las claras indicaciones de que me adentre.
Mi primer impulso es mirar a la cama, en la que siempre está mamá cuando vengo a verla. Pero esta vez está vacía y totalmente blanca. No hay nadie en ella, ni siquiera parece la habitación de mi madre. No hay marcos de fotos, ni un jarrón con flores frescas, es del todo impersonal, casi como cuando la traje hace tres años.  Por un segundo pienso que me he equivocado de habitación cuando una muy sonriente Taylor Avrner me mira desde el extremo derecho de la habitación.
Luce extraordinariamente guapa, más joven de lo que realmente es, no hay sombras oscuras bajos sus ojos, su piel está sonrosada y morena, no parece cansada ni medicada, ni siquiera luce triste o deprimida. Me recuerda a la joven dicharachera que me arropaba por las noches y veía la televisión conmigo.
—   Hola, cariño.
—   Mamá.
Un grito ahogado se escapa de mi garganta cuando mamá envuelve sus brazos a mí alrededor. Huele a limpio y dulce, esa clase de olor que te hace sentir tranquila y a salvo. Trato de ahogar mis lagrimas, pero se escapan unas pocas silenciosa, no solo por la emoción de volver a ver a mi madre, sino porque ella luce bien y la voy a tener conmigo por un tiempo.
—   Oh, Katty, estás preciosa. ¿Dónde están tus sudaderas y vaqueros? No recuerdo haberte visto nunca así.
—   Oh, mamá te echado tanto de menos. — Digo. Es imposible que esta mujer no se diera cuenta del más mínimo detalle. Pese a que este discreto vestido veraniego me lo regalo ella.
A pesar de estar enferma y deprimida hasta el punto de destrozarnos a las dos, hay dos cosas que nunca han cambiado de mi madre, la primera es ese horrible apodo que por el que me llama desde que tengo uso de razón. ¿La segunda? No necesita siquiera verme para saber exactamente lo que me pasa, no importa la distancia, pero claro, son cosas de madres.
Mi madre siempre ha sido una persona especial, nadie que la conozca, no la ama, ella es esa clase que mujer que ayudaría hasta a su peor enemigo, sin capacidad de odiar o guardar rencor, y esa es precisamente la razón por la que está en este lugar.  Lo que nos trae a la cuestión principal.
—   Mamá, ¿qué diablos ha pasado aquí?
—   Esa boca, niña. Ven.
Me guía al horriblemente incomodo sofá azul de su habitación, y veo junto a su cama dos maletas perfectamente echas y cerradas, además de cajas de cartón, del tipo que usas en una mudanza.  Es mucho más de lo que llevaría para pasar el verano conmigo.
Empiezo a preguntarme si la han echado de aquí, si he olvidado pagar algún plazo y ahora ella no tiene donde quedarse, los nervios y el temor me inundan.
—   Mamá, me estoy asustando.
—   No pasa nada malo cariño, al contario, todo es perfecto ahora. — toma un profundo suspiro y continúa hablando—. Me han dado el alta. De hecho, podría haberme ido hace una semana, pero hemos decidido esperar a que regresaras a casa y tú misma pudieras hablar con el doctor.
—   Perro mamá, no pueden echarte de aquí. — le digo, casi indignada.
—   Claro que pueden, ya estoy bien, no necesito ni supervisión ni estar medicada…
—   Pero…— la interrumpo aunque mis palabras se atasquen.
Aun puedo recordad sus ataques depresivos, no quiero volver a verla así. Odio verla encerrada, pero no quiero que ella intente hacerse daño o deje de comer, no puedo estar tranquila si siento que ella corre peligro.
—   Veras, hace meses que los médicos han ido reduciendo mis medicamentos, ya no tengo ataques, no necesito ayuda, estoy bien, y recuperada.
Mamá me abraza contra su pecho y no puedo dejar de llorar, lloro porque son las palabras que he querido oír desde hace años, porque ella luce realmente bien y porque la emoción es más poderosa que cualquier otra cosa que haya sentido antes.


Las siguientes horas pasan como un borrón, hablo con los médicos que me explican la situación de mi madre, como ella está perfectamente y que quería darme la sorpresa, por eso me lo ocultaron.  Me aseguran que puede estar sola incluso cuando yo vuelva a la universidad, que podría conseguir un empleo o crear un negocio, es lo que al parecer, ella quiere. Mamá está sana, realmente bien y lista para empezar de nuevo.
 Es triste verla despedirse Carol y de su espacio, lo que ha sido su hogar los últimos años pero parece realmente feliz de volver a casa conmigo. Y si ella está bien, nada puede salir mal.
Cuando finalmente sus cosas están apretujadas en la parte trasera del auto, le pregunto si quiere ir a algún lugar antes de llegar a casa pero ella niega con la cabeza sonriente. Mira hacia todos lados con ojos de quinceañera, como si el lugar en el que a vivido toda su vida fuera nuevo.
Le pregunto si quiere ayuda para desempacar pero ella declina la oferta. La dejo sola para preparar algo de comida y porque estoy segura de que necesita algo de tiempo a solas.
Estoy preparando el glaseado de chocolate para el pastel favorito de mamá cuando mi teléfono suena y lo cojo sin siquiera mirar quien me llama.
—   Kathe, por fin— dice Laura con un suspiro de alivio—. Eres una terrible amiga, ¿Sabes lo preocupada que estoy por ti? ¿Cómo y dónde estás?— exige tan rápido que soy incapaz de contestar.
—   Estoy en casa— digo por fin. Tratando de omitir sus otras preguntas.
—   ¿Estás bien? Erick me conto lo que paso.
La sola mansión de su nombre hace que la misma cantidad de alegría y odio corra por mis venas. Nada puede trae tantos recuerdos confusos como él.
—   Estoy tan bien como se puede estar, pero realmente no quiero hablar de él. Prométeme que no vas a hacerlo o cuelgo ahora mismo.
—   Vale, Kathe lo prometo. Tú también eres mi amiga. Pero deberías escucharlo… tiene una explica…
—   Laura…— le interrumpo con la voz a punto de quebrarse, realmente no puedo ori hablar de Erick no lo podría soportar.
—   Vale. Cuéntame sobre tu madre. ¿Qué tal esta?
Le digo las buenas noticias, y sé que se alegra  sinceramente. Me habla de sus planes de verano con Carlos y que echa de menos que cocine. Lo que es totalmente comprensible porque se le quema hasta el agua y una persona no puede vivir a cereales y comida china.
Le prometo cogerle el teléfono cuando llame, bajo la amenaza de aparecerse por aquí y cuelgo justo unos minutos antes de llamar a mamá para cenar.
Cenamos en la pequeña mesa de la cocina, la del comedor es demasiado grande para nosotras dos. Mamá me cuenta sobre su idea de abrir una tienda en la ciudad, con el dinero de sus bolsos y bufandas hechos a manos que vende por internet. Tiene dinero ahorrado y quiere dármelo, niego inmediatamente, no puedo aceptar ni un centavo de ese dinero.
Si no he tocado el dinero que dejo el seguro y la pensión de mi padre tras su muerte, no pienso usar el de ella. Siempre he conseguido las cosas por mi misma y eso no tiene por qué cambiar ahora.
Me retiro a mi habitación porque realmente ya no puedo seguir mas con esto, la llamada de Laura me descoloco bastante. Pensar en Erick es doloroso y arrebatador. Mi cuerpo extraña sus manos y mis labios su sabor, hecho demasiado en falta poder tener algo profundo aunque no tuviera sentido, Erick es parte mi, sin que pueda hacer nada para evitarlo.
Mi cama está demasiado fría y solitaria, mi vida está demasiado vacía sin él. Pero me engañó, no logro sacar de mi cabeza a la hermosa mujer colgada de su cuello, besándolo. Ella lo llamo su prometido.

Y entonces las lágrimas vuelven y me consumen, las noches son el único momento en el que me permito sentir realmente el dolor que controla mi corazón. Y sigo llorando hasta que me duermo.