martes, 17 de septiembre de 2013

Descenso: Capítulo 3




A él, porque cuando lo lea,
                                                                          va a querer matarme.



Anonadado, así es como se ha quedado Erick. Su rostro es un poema, largo, profundo y de difícil comprensión. Tenía que haberme quedado callada. ¡Maldita sea, no es mi culpa que nunca me hayan besado!
Por lo que parece un tiempo muy largo, los labios de Erick siguen muy cerca de los míos. Él sigue inmerso en sus pensamientos, finalmente suspira y se aleja de mi rostro. No, grita triste la voz de mi subconsciente, la parte irracional, desafiante, loca, y adolescente, que no parece querer abandonarme.
   Ah— silencio otra vez—. Esto sí que es una novedad. No quería ofenderte.
   No, no me ofendes en absoluto. No creo que besarnos sea buena idea— confieso al final.
No pienso decirle que me confunde, que desata lo peor y mejor de mí  a la vez. No quiero que sepa que he estado a punto de dejar que me bese. No puedo permitirme sentir y no voy hacerlo.
No sé porque me avergüenza que nunca me hayan besado, no es algo que me haya planteado jamás. Nunca había pensado en novios, relaciones o amor; menos en que quisiera que alguien me besara, hasta hora. Supongo que mis hormonas han de estar revolucionadas. Nada importante, ni trascendente, espero.
   ¿Por qué?
Oh, mierda. No quiero hablar de esto.
   No, no lo sé… nunca he tenido tiempo, ni ganas. Nadie nunca me ha querido…
No soy capaz de terminar la frase, pero ya tengo otra vez a Erick rodeándome con sus brazos de forma protectora. No, no quiero su lastima, ni compasión, nunca he necesitado que nadie me quiera. No puedo permitir que nadie cuide de mí, tengo responsabilidades. Nadie ha entendido jamás porque soy como soy. Bueno, quizás Laura, y doy gracias porque no le haya contado la historia de mis padres a él. Aunque no es que culpe a los demás, nunca, jamás dejo a nadie conocerme lo suficiente, incluso, en ocasiones, me pregunto si yo misma sé quien soy.
   No hagas esto— digo—. No quiero tu compasión.
   Katherine—dice pronunciando detenidamente mi nombre completo— No soy el tipo de hombre que siente compasión por mujeres hermosas como tú. Si te abrazo es porque quiero. Me gustas, por eso quería besarte.
Como al otro medio millón de mujeres que hay en esta ciudad. No quiero escuchar esto. ¿Por qué habría de gustarle? No tiene sentido, lo mires por donde lo mires. Él es guapo, rico, miembro de una de las familias más importantes del país, dueño de la universidad en la que estudio y sin mayores compromisos que, quizás, un perro.
 ¿Y yo? Simplemente soy yo, demasiado joven para haber acabado la carrera, con un sueldo que apenas si alcanza para pagarme la universidad y la clínica de mamá. No soy guapa, ni divertida, ni siquiera he sido simpática con él. ¿Por qué habría de gustarle? Es increíble, o más bien imposible. Es como intentar juntar al fuego y la lluvia en una misma habitación. Sencillamente, no funcionaría.
No quiero engañarme, ni esperanzarme. Sería como intentar juntar a Marte y a Venus. No pienso entrar en el juego del señor y la vagabunda, no. Los sentimientos entre ricos y pobres solo salen bien en esas estúpidas historias que leo.
La cabeza me da vueltas, solo quiero salir de esta habitación. El salón se me ha quedado estúpidamente pequeño, quiero respirar, quiero estar lejos de Erick. Su sola presencia me abruma  de sobremanera y me desconcierta. Necesito escapar.
   Es tarde, debo irme a la cama.
Me mira confundido, sé que estaba esperando alguna especie de confesión o algún ataque. No estoy segura de que, pero ahora mismo me importa una mierda. Quiero poder respirar tranquila y solo lo lograré si dejo de ver esos ojos brillar como luceros.
Me levanto del sofá, desasiendo su abrazo. No debo mirar atrás pero lo hago, muy a mi pesar.
   Buenas noches, Erick.
   Dulces sueños, Kathe.
Cuando atravieso la puerta de mi habitación, un frío me recorre el cuerpo inmediatamente. Me quito la sudadera y los vaqueros, y me paseo hasta el baño en bragas y sujetador. Voy directa a la ducha.
Dejo que el agua caliente haga su labor, que recorra mi cuerpo y saque el frío de mi piel. El agua arde sobre la piel sensible, pero no me importa, el sonido del agua me relaja y reconforta. Vuelvo a sentirme persona, cuando olvido los confusos sucesos de esta noche.
Mientras me cepillo los dientes, me miro al espejo, buscando algún cambio circunstancial en mi reflejo. Pero sigo siendo la misma de esta mañana, nada ha cambiado, sin embargo me siento diferente. Como si una aplanadora me hubiera recorrido de los pies a la cabeza y tuviera el cuerpo muy pesado, aunque llevo una carga suave y ligera, pero que, de igual forma, me presiona el pecho, y me dificulta el respirar.
Salgo del baño envuelta en una toalla y me pongo unas bragas limpias, la camiseta con la que suelo dormir y me echo sobre la cama. El techo sigue siendo blanco y aburrido, mientras más lo miro, mayor se hace el hueco que acabo por descubrir que tengo en el estómago. ¿Qué es? ¿Miedo? ¿Confusión? ¿Esperanza? ¿Ilusión?
Sea lo que sea, no me va a dejar dormir tranquila, por ahora. Así que me levanto y cojo el portátil del  desordenado escritorio. Me siento con las piernas cruzadas sobre la cama, abro una nueva página y me pongo a escribir la historia de Teddy, una chica rubia que acaba de conocer a un sexy y enigmático hombre al que no le importa que ella siempre lleve sudaras viejas y vaqueros anchos.

Cuando me despierto el domingo por la mañana, los rayos del sol me acarician la piel. ¡Me he quedado dormida con las gafas puestas! Por suerte no las he roto. No me creo que haya escrito casi treinta páginas. Pienso mientras me desperezo.
Me coloco los pantalones de chándal y salgo a la cocina. Necesito un té urgentemente o volveré a tirarme en la cama. Miro el gran reloj del salón, pasan diez minutos de las ocho y antes de decidir si es o no una buena hora, algo atrae mi atención. Erick. Está en la cocina, y solo lleva puesto unos viejos y desgastados pantalones de chándal negros. Quiero arrancárselos con los dientes, babea la vocecita irritante y por un segundo yo quiero hacer lo mismo.
Creo que no ha sido una buena idea salir disparada de la habitación, nunca lo hago, no sin antes tomar una ducha o cepillarme los dientes. No puedo creer que olvidara por completo que él estaba aquí. Puede que el look desaliñado a él le vaya de muerte, pero a mí, no me favorece en absoluto. Aunque claro, el problema real aquí es por qué estoy interesada en mi aspecto.
   Buenos días preciosa— dice aún de espalda— ¿Qué tal has dormido?
¿Cómo sabe que estoy aquí?
   Bien, gracias ¿Y tú?
   Mejor que bien. ¿Qué quieres desayunar? He ido a la tienda y he comprado de todo lo que se me ocurrió. No entiendo como tenéis la nevera tan vacía.
Es entonces cuando veo, que lo que normalmente usamos como mesa está llena de frutas, algo que parece zumo de naranja y una amplia variedad de pastelitos y dulces de desayuno. Además huele a huevos y beicon. Se me hace la boca agua inmediatamente. En el lado donde comió él ayer hay una taza blanca, que nunca había visto, tiene pinta de tener café y a su lado está la taza que uso habitualmente, llena de un líquido humeante, tiene dentro una bolsita de té, es roja. Té rojo con anís y ciruela ¡Mi favorito! ¿Cómo lo habrá sabido? De cualquier forma es un bonito detalle.
   Lo único que se cocinar es esto, —dice señalando la sartén de de los huevos revueltos, su tono parece de disculpa—. Te he preparado también un té. Espero que ese te guste, es el que imagine que preferirías, te pega.
   ¿Por qué? — pregunto.
   Es exótico, me recuerda a ti.
Y vuelvo a sonrojarme hasta los pies. Me siento  a su lado y empiezo a comer. Está todo muy bueno. Y el té, justo como me gusta, con sacarina y sin leche.
   Gracias. Está todo delicioso.
Él sonríe complacido, está comiendo, otra vez, más del doble que yo. Tiene que hacer mucho deporte para mantener ese cuerpo, si come esa cantidad a diario. O tal vez, solo es de esas afortunadas personas con un metabolismo mágico.
   ¿Te puedo preguntar algo?—digo cuando doy un segundo sorbo al zumo de naranjas.
   Claro, lo que quieras.
   ¿Por qué vas descalzo?
   ¿Y por qué no? Me gusta estar con los pies puesto sobre la tierra, me da libertad, siempre puedo sentir exactamente lo que hay debajo de mí. 
Ya me gustaría a mí estar debajo de él, dice la vocecita. Tiene las hormonas agitadas. A veces olvido que ella es parte de mí.
   Me gusta que me preguntes cosas, quiero que  me conozcas, que sepas como soy. Y también me gustaría conocerte. Sé que no eres muy comunicativa en lo que se refiere a ti, pero te juro que intentaré ganarme tu confianza.
   Ya la tienes, no me preguntes porqué, porque no tengo la menor idea, pero sé que es así—confieso.
Sonríe ampliamente, y sé que haría, daría o sería cualquier cosa si eso implicara que él va a sonreírme de esa manera.
   Tú preparaste el desayuno, yo recojo todo esto.
   Gracias, voy a llamar a mis padres a ver qué tal pasó la noche Emily.
Le escucho marcharse a la habitación de Laura. Yo aprovecho para terminar el último sorbo de mi zumo y recoger nuestra improvisada mesa. Coloco todo en el lavavajillas y lo pongo en marcha. Para cuando termino, Erick vuelve a estar al otro lado de la barra que divide la cocina y el salón, mirándome.
   ¿Qué tal Emily?— pregunto y realmente me interesa.
   Está perfecta, pero los médicos quieren que pase una noche más en el hospital. Quería pasar el día contigo, pero tengo que ir a verlas.
Parece preocupado. ¿Pasar el día junto? ¿En serio ?Yo también había soñado silenciosamente con que ambos pasáramos el día juntos. ¿Por qué? Ya estoy alucinando otra vez, voy a pedir cita con el psicólogo, otra vez.
   ¿Qué planes tienes para hoy?— pregunta entonces.
   Voy a llamar a mi madre, es domingo—.digo de forma explicativa pero me doy cuenta de que eso no significa nada para él—. Después me tiraré en la cama y veré la tarde pasar en un mar de aburrimiento.
   ¿No hay nada que te gustaría hacer?
Lo pienso detenidamente, bueno quizás, hay una cosa, pero no estoy muy segura.
   Bueno, desde hace unos días he querido pintar mi habitación.
   Yo podría ayudarte— me dice—. ¿Qué te parece si me acompañas a ver qué tal están mi madre y Emily? Después pintaremos tu habitación. Se dé un lugar que abre los domingos.
   Me parece bien, dame una media hora. Llamaré a mi madre y me ducharé.
Digo sin pensarlo mucho, si lo analizo, encontraría quinientas razones por las que no ir. En menos de cinco minutos me ha organizado todo el día. Es todo tan nuevo y excitante.
Mamá, tengo que llamar a mamá, me recuerdo a mí misma. Rebusco distraída, entre las sábanas el móvil y marco el número. Me contesta Carol, la enfermera de mamá.
   ¿Qué tal está? —pregunto con un hilo de voz, tras los saludos habituales.
   Esta semana ha estado muy bien, pero pasó mala noche, aún está durmiendo y no he tenido corazón para despertarla—dice ella—  ¿Quieres que lo haga?
   No— digo de inmediato—déjala dormir. Dile que volveré a telefonear el miércoles. Y que la quiero.
   Lo haré cariño.
Carol cuelga. Es una señora ya mayor, desde hace cuatro años que cuida de mi madre, es la única persona a parte de mí, con la que mamá mantiene algún tipo de relación. Es mejor que esté allí, lo sé, pero eso no quita que la eche de menos cada día más.
Me meto en la ducha y salgo renovada. Me seco el pelo un poco pero lo dejo algo húmedo y suelto, me da un look más natural. Por primera vez rebusco en el armario para vestirme y nada me parece lo suficientemente adecuado, me decido por una sudadera, más ajustada que las que suelo usar, me la regaló Laura, así que no está del todo mal, y unos vaqueros negros. Cojo el bolso, mis llaves y regreso al salón.
Erick ya me está esperando. Está tan guapo como esta mañana solo que vestido. Lleva los mismos vaqueros de anoche pero con una camiseta azul, igual de ajustada y sexy que la que llevaba ayer.
   ¿Lista?—asiento—. Conduzco yo.
Dice mientras salimos por la puerta.
   ¿Qué coche tienes?—pregunto.
Pero no es necesario que me conteste, cuando veo aparcado delante de nuestra casa y detrás de mi desastroso mini, un fabuloso audi s5 cabrío, de color azul. Se me desencaja la mandíbula y así se queda por unos minutos. Su familia es asquerosamente rica, me recuerdo.
   Por aquí, señorita Steven.
Dice mientras abre caballerosamente la puerta del copiloto para mí. Estoy sonriendo como una tonta. Nadie me había abierto nunca la puerta del coche. Así que esto es lo que se siente, es divertido. Voy a salir de paseo, con un autentico caballero inglés, en un lujoso descapotable, a conocer a su familia, sí, definitivamente, parece el capítulo de uno de esos libros que suelo leer. No pienses demasiado ello, me recuerdo.
   ¿Cómo se llaman tus padres?
   James Maclaing y Danna Smith. —sonríe— Mamá se niega a tener el apellido de papa.
Smith, Danna Smith. Mierda, mi profesora de Psicología general. Sé que me he puesto rígida, voy a visitar a mi profesora al hospital y he dormido a solas en la misma casa que su hijo. Suspenso seguro. Debo de estar más pálida que la novia cadáver.
   Tu madre es mi profesora—susurro.
   ¿A sí? Que divertido. Seguro que se alegrará de verte.
Santa mierda bendita.
Mientras subimos al undécimo piso del hospital, no estoy segura de que esto haya sido tan buena idea. Su familia es asquerosamente rica, son gente refinada, sofisticada y las personas que pagan más de la mitad de mi matricula. Como cometa alguna estupidez, adiós a todo. Pero Erick está cerca, muy cerca y me digo a mi misma que esto solo es un pequeño precio a pagar, por estar un rato en su compañía.
   Vamos, es por aquí.
Me saca a rastras del ascensor. Me tiene cogida de la mano y su tacto es tal y como lo imaginaba. Tibio, seguro y a la vez suave. Me siento protegida a su lado, y eso, me gusta. Más de lo que debería.
Me arrastra a través de un pasillo lila claro, hasta la habitación 239. Toca la puerta y seguidamente la abre sin esperar respuesta. Supongo que esto es lo normal en las familias. Suelta mi manos y sostiene la puerta abierta para mí, paso y me quedo en el umbral, mientras Erick se acerca a la segunda puerta, que ya está abierta. Le sigo en silencio y me quedo justo en la entrada. Veo como Erick se acerca a la cama donde está su madre, mi profesora y le besa tiernamente la mejilla. Ella le revuelve el pelo y le dedica una sonrisa embriagadora. No puedo evitar sentir un poco de envidia, yo quisiera que mi madre pudiera mirarme de esa forma a diario.
La habitación es también de color lila muy claro y huele a lavanda y jazmín. Es espaciosa y con grandes ventanales para que entre la luz del sol. Tiene un aire nostálgico y acogedor, parece un hogar, no una mera habitación de hospital deprimente. Supongo que debe de ser carísima.
   Kathe, ven— me llama Erick.
Tímidamente me acerco en silencio.
   Esta es mi madre. Mamá, supongo que te acuerdas de Kathe.
   Felicidades señora Smith. ¿Qué tal se encuentra?
   Hola, Katherine. Ya me encuentro mejor, gracias.
Ella mira a su hijo, está escudriñándole con la mirada, pero permanece en silencio. Erick vuelve a tomarme de la mano y me lleva al lado derecho de la cama de su madre.
Allí, al fondo en una pequeña cuna está la pequeña Emily, con su pelo  revuelto. Está dormida y me doy cuenta de que Erick tiene razón, no hay niña más hermosa en el mundo. Es solo un pedacito, y a la vez representa tanto, parece tranquila y feliz, alejada de preocupaciones o problemas del mundo real, hasta parece que sonríe en sueños.
   Es tan bonita— susurro, aunque no estoy segura de si me escuchan.
   Bueno chicos, contadme ¿cómo os conocisteis?—pregunta la profesora Smith
   Oh no, mamá, no asustes a la pobre Kathe. Ya te lo contaré otro día, confórmate con saber que es la compañera de piso de Laura, y mi amiga— dice a su madre. Entonces  vuelve su mirada hacia mí—. No está acostumbrada a conocer a muchas amigas.
   Ah— y vuelvo a parecer idiota pero no tengo nada más que decir.
   ¿Necesitas algo? ¿Dónde está papá?
   Ha ido a casa, necesitaba una ducha y ropa limpia, pero volverá pronto— le dedica una mirada tierna—.Si tienes planes, puedes irte, yo estoy bien y el médico ha prometido que mañana podremos irnos a casa, por fin.
   Vale, estoy deseando teneros a las dos en casa—. Guarda silencio un momento y parece pensativo—. ¿Sabes mamá? Creo que no voy a regresar a Londres, por un tiempo.
A su madre se le ilumina el rostro, y estoy casi segura que a mí también. Entiendo que Emily es un buen motivo. Yo me iría a vivir a Alaska si eso significara que volveré a tener una familia.
   Oh cariño, estoy tan feliz. Tendrás que contarme porque has cambiado de opinión—.Ella vuelve a besar su mejilla—. Ahora vete, tu padre no tardará en venir.
   Voy a ayudar a Kathe a pintar su habitación
   ¿Tú vas a pintar?— pregunta encarnando una ceja—. Pues te deseo suerte, Katherine.
No entiendo lo que pretende decir pero está sonriendo, no debe de ser nada malo.
   Cuida de mi pequeño—me dice.
   Mamá— dice Erick haciendo un mohín.
A leguas se nota que adora a su madre. Y con un leve movimiento de manos me despido de ella; salgo por la puerta disparada, con Erick siguiéndome muy de cerca.
Cuando volvemos al coche, Erick está más que feliz. Me estoy muriendo de ganas por saber si es cierto que va a quedarse, pero me muerdo la lengua y dejo que salga del aparcamiento.
   Vamos a por esa pintura—dice cuando aparca de nuevo el coche frente a una ferretería del centro.
La tienda es enorme, hay todo tipo de pinturas, colores y adornos dedicados expresamente a la decoración del hogar. ¿Cómo sabe Erick de este lugar?
   ¿En qué color habías pensado?
   Cualquiera menos blanco, ¿alguna sugerencia?
   Teniendo en cuenta lo que conozco de ti, el rosa es demasiado cursi, el azul demasiado masculino y el verde demasiado alegre, pero si tenemos en cuenta como admirabas la habitación en la que está mi madre, yo diría que lila. Lo suficientemente femenino para la habitación de una mujer y lo suficientemente exótico para ti.
Es la segunda vez que utiliza la palabra exótico para referirse a mí, empieza a gustarme.
   Lila es perfecto—digo al fin.
Compramos varios botes de pintura y algunos utensilios de rigor. Los pasillos, llenos de aquellas cosas que no tenía ni idea que existían, resultaron lo suficientemente divertidos, para que no quisiera salir huyendo de la tienda en unos pocos minutos aunque creo que era por Erick, o al menos por su compañía.
   ¿Me dejas patrocinar esta pequeña aventura?— me pregunta
   Ni de broma, es mi habitación, o pago yo o no me ayudas.
   Vale, señorita temperamental.

De camino a casa, hemos almorzado comida china, en un restaurante tailandés, es la mayor estupidez culinaria que he cometido nunca, pero me he reído como nunca y he comido algo delicioso. Reír cuando estoy con Erick cada vez es más fácil. Aunque he tenido que dejar que pague el almuerzo, no es algo que me guste particularmente.
Ya en casa, estamos vestidos con ridículos overoles azules de obrero, con gafas y guantes. Parecemos monos de feria, estamos tan ridículos como una araña con patines.
Si nos centramos en la zona con peligro de demolición, solo puedo decir que mi habitación está hecha un desastre, más de lo habitual, y eso ya es mucho decir. Está llena de papel protector por todos lados y con muebles apilados en el centro.
   Manos a la obra, preciosa—dice y espontáneamente me da un beso en la mejilla.
Y como si no hubiera hecho más que quitar el polvo de sus zapatos, coge el rodillo y empieza a teñir de lila las paredes de mi habitación. Sus brazos se mueven de arriba abajo, una y otra vez. Esto se le da muy bien, pero está dejando un tiradero enorme de gotas de pintura sobre el papel que protege por el suelo. Ahora entiendo lo que quería decir su madre, cuando supo que Erick iba a ayudarme a pintar. Pero no me importa el tiradero, él está aquí; se le ve tan concentrado que tengo ganas de hacerle cosquillas para que salga del transe.
Las horas al lado de Erick pasan demasiado deprisa, no importa cómo o porque pero me gusta que el tiempo corra a mi alrededor sin tener que preocuparme por cada paso, de alguna forma, a su lado, me siento libre de ser yo misma.
Cuando por fin terminamos lo peor, voy a la cocina y preparo un par de sándwiches y zumos para la cena. Erick se queda dando los últimos retoques a la habitación.
Para cuando vuelvo ya ha terminado y está sentado en medio de mi habitación, en el suelo. El lugar parece tan pequeño con semejante hombre sentado en el medio.
   A comer—digo.
   Mmm, usted se está convirtiendo en mi cocinera favorita, pero no se lo digas a mi madre o te suspenderá—. Me amenaza en tono burlón.
Le veo comer de buen grado y pierdo el apetito. Cuando dejo más de la mitad de mi sándwich sobre el plato, me mira con mala cara, no sé que está pensando.
   ¿No vas a comer más?
   No. ¿Lo quieres?
   La verdad, pienso obligarte a comerlo todo— me amenaza.
   No te atreverás.
Pero sé que si lo hará y me encuentro corriendo alrededor de la habitación, con Erick persiguiéndome muy de cerca.
Hay que ver lo que me estoy riendo hoy, esto es muy divertido. Por un segundo me imagino pasar mucho tiempo así y la sensación me sobrecoge, podría hacerme feliz tenerle a mi lado.
En ese breve momento de distracción, Erick me agarra por la cintura y ambos caemos al suelo riéndonos como niños tontos. Todo su peso está sobre mi cuerpo.
   No debería retarme, señorita Steven.
   Que miedo, señor Maclaing.
Digo y cojo el pincel que tengo a mano y le pinto la punta de la nariz de lila claro. Rodamos por el piso otra vez y ahora es él quien está debajo, sosteniendo la totalidad de mi peso.
   Es usted muy traviesa.
Dice y pasa una brocha por la parte izquierda me mi rostro. Me lo merezco, yo empecé. Pero no quiero quedarme quieta, volvemos a rodar por el piso y estoy otra vez presionada por el peso del cuerpo de este nuevo hombre, que en unas pocas horas ha dejado de ser un desconocido. Me mira fijamente a los ojos y yo estoy haciendo lo mismo. Ambos dejamos de reírnos casi a la misma vez.
   ¿Sabes? Si fueras una chica lista, correrías lo más rápido que pudieras lejos de mí.
   Digamos, solo por el placer de discutir, que no soy lista. ¿Qué harás entonces?
   Mocosa malcriada— replica, mientras acaricia mi mejilla y posa sus ojos sobre los míos.
En solo un segundo el ambiente de la habitación cambia por completo. Ya no estamos riendo, pero no estamos incómodos. El aire se tiñe expectante y sensual. Mi respiración se agita, el calor del cuerpo de Erick sobre el mío, hace que mis terminaciones nerviosas cobren vida y que un escalofrío recorra cada fracción de mi piel.
Me veo reflejada en sus ojos, y los míos están muy abiertos. Sé que tengo los labios ligeramente abiertos y secos. Me cuesta respirar, pero ahora mismo el aire no es mi prioridad. Sin poder evitarlo, detengo mi vista en los labios semiabiertos del precioso hombre que está sobre mí. Su olor es exquisito, estoy embriagada y exaltada. No pienso con claridad, mi mente está en blanco; y tanto la parte racional de mi cerebro como la desenfrenada, están muy atentas a cada movimiento. Erick toma un mechón travieso de mi pelo y con movimientos muy suaves, lo coloca detrás de mi oreja. Noto que su cabeza baja más y está muy pegada a mí. Su aliento se mezcla con el mío, él también respira con dificultad.
   Kathe… — susurra
   Si—pronuncio y es casi una súplica.
Solo entonces me doy cuenta de lo que acabo de hacer, pero cuando finalmente los suaves y cálidos labios de Erick están sobre los míos, absolutamente nada más importa.

No hay forma de describir un beso perfecto, porque lo mágico no está en el roce casual de los labios, ni en la presión de los labios de Erick sobre los míos. Describir mi beso perfecto, no tiene nada que ver con el vaivén complaciente de su lengua sobre  la mía. Lo que provocó que nuestro primer beso fuera perfecto, fue el mar de sensaciones desconocidas que hizo fluir por mi cuerpo.
El beso perfecto hace que las miles de mariposas que llevan incubando durante veinte años en tu estómago, por fin pueden volar libre por cada hueco de tu cuerpo. Hace que te olvides del tiempo y del momento, que solo sientas. Y el beso de Erick fue perfecto, cautivó cada uno de mis sentimientos y los centró en él. Por solo un segundo respirar no era imprescindible para seguir viva, por unos momentos solo me bastaba con que la sangre fluyera por mi cuerpo como riachuelos locos que desembocan en un río bravo.
Solo ahora entiendo como el corazón puede hincharse en solo unos minutos. No estoy segura de si tiene lógica o explicación, solo sé que el beso de Erick fue como un bálsamo sanador, curó el dolor de la necesidad, un malestar del que ni quiera era consciente.
Muy lentamente, los tiernos labios que hasta hace un segundo estaban sobre los míos, se alejan. Los intensos ojos de Erick vuelven a estar clavados en los míos y mientras escucho su respiración tan exaltada como la mía, vuelve a depositar un casto y rápido beso en mi boca.
Quisiera decir tantas cosas, gritar como me siento y lo que bien que sienta. Tengo ganas desesperadas de reír y llorar, no estoy muy segura de que tipo de sentimientos comparten espacio en mí,  ahora mismo, pero todas las palabras están apresadas en el hueco de mi garganta.
Sus ojos, en ningún momento dejan de mírame cuando vuelve a hablar.
   ¿Lo ves? No beso tan mal después de todo.
   No tengo nada con lo que compararlo— digo al fin.
Sus ojos se ensanchan, y sé que quiere volver a besarme, pero no lo hace y una punzada de decepción me recorre el cuerpo.
   Es raro que Laura aún no haya llegado—dice—. Deberíamos arreglar tu habitación para que puedas dormir aquí esta noche. Vamos. Te ayudaré.
Juntos retiramos todo el papel protector del suelo y reacomodamos los muebles de forma que mi cama, quede justo frente al ventanal, así podre ver los amaneceres desde mi cama. Cuando terminamos, Erick comprueba que la pintura halla secado bien, está contento con su trabajo, o tal vez su sonrisa sea por el beso. ¿Qué? Una chica puede, a veces, soñar.
Ninguno lo ha mencionado, pero no estoy segura de cómo podría hablar sobre eso. Ni siquiera estoy segura de lo que sentí al besarle, solo sé que lo repetiría una y mil veces más.
   Quiero ducharme, ¿Estarás aún aquí cuando salga?—pregunto esperanzada.
   Estaré contigo hasta que me lo permitas.
Y estoy casi segura de que no se refiere al lugar sino al tiempo, la idea me gusta.
Con mi repentina alegría reflejada en el rostro, rebusco en los cajones, la ropa vieja y desaliñada que uso para dormir. Luego me meto en el baño y mientras el agua moja mi cuerpo, no puedo parar de pensar en el tierno rose de la mano de Erick sobre mi mejilla, y menos en el alucinante beso que me ha dejado sin aliento. Definitivamente he encontrado a alguien que hace que me sea muy difícil respirar cuando estoy en su presencia.
Para cuando salgo del baño, Erick no está en la habitación. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo, dijo que se quedaría, ¿verdad?
Salgo inmediatamente de la habitación buscándolo, allí está. Es tan guapo que debería ser un delito.
   Te he preparado un té— anuncia— Y café para mí.
   Si bebes café a esta hora no podrás dormir.
   No pretendo dormir mucho esta noche.
Mierda ¿Qué significa eso?
   No sé a qué hora llegará Laura, no quiero dejarte sola. Además si tengo que conducir hasta mi casa, más me vale estar despierto.
Es cierto, tiene que irse, pero yo no quiero. Pídele que se quede, sugiere la vocecita pero por el momento, la ignoro. No pienso pedirle que se quede a pasar la noche, aquí, conmigo. De repente, la idea empieza a dar sospechosas vueltas en mi cabeza.
Mientras, vamos a mi habitación y nos sentamos sobre la cama, ambos con nuestras respectivas tazas, Erick acaricia distraídamente mis nudillos.
¿Qué se quede? No es mala idea, pero no me atrevo, podría malinterpretarlo o peor aún, podría hacerlo yo. No se me da nada bien esto de tratar con hombres, o tal vez sea solo el efecto de Erick. Sin embargo, es tarde, podría usarlo como pretexto, no quiero que se vaya. Tengo que ser valiente, allá vamos.
   Podrías quedarte esta noche.
Creo que me he puesto tan colorada como un tomate, que vergüenza.
   ¿En serio?— pregunta y parece esperanzado.
Sacudo la cabeza, no soy capaz de pronunciar palabra cuando me mira de ese modo.
   Eso es perfecto—dice y deja su taza de café en la mesilla de noche—. No quiero que te quedes sola. Y bien, ¿qué parte de la cama me vas a dejar?— pregunta divertido.
Oh, yo también puedo jugar a ese juego. Así que le miro con toda la fuerza que soy capaz y señalando al extremo opuesto de la cama, empiezo hablar con una amplia sonrisa.
   El sofá.
   Tenía que intentarlo—dice pero está sonriendo—. Si tu sofá, va a acogerme por esta noche, me gustaría ducharme. El baño de Laura parece un spa—. Agrega cuando abandona la habitación, sacudiéndose el pelo.
No puedo creer que le haya pedido que se quede a pasar la noche aquí. Entonces me lo imagino dormido en ese pequeño sofá, con cara relajada y con esos pantalones de chándal que tan bien le quedan. Se me hace un nudo en la garganta, sé que no voy a dormir nada. Gracias al cielo que mañana no tengo clases, o iría por la universidad como un zombi con cara de idiota, una idiota inmensamente dichosa y feliz.
Cuando Erick vuelve, arrastra una manta y una almohada, vuelve a estar descalzo y solo lleva esos desgastados y seductores pantalones negros. Como me gusta esta imagen. Lo deja todo sobre el sofá, y vuelve a ocupar su lugar a mi lado, en la cama. Me acuna entre sus brazos y me acaricia el pelo, aún húmedo, muy tiernamente.
Siento la piel de mis brazos pegada a su torso desnudo, tengo ganas de acercarme más e inspirar su aroma, pero no lo hago.
   Gracias— dice y no estoy segura de porque—. Ha sido un día maravilloso. Eres fantástica.
   Pero si apenas me conoces—replico.
   ¿Realmente crees eso? Puedo demostrarte que no es así—inspira hondo y empieza otra vez hablar—. Sé que eres buena estudiante y amiga, eres generosa y humilde, sé que te gustan los niños y mis chistes. Sé que adoras como cae el pelo mojado sobre tus ojos, que usas sudaderas y vaqueros anchos para ocultar tus curvas, se que eres buena cocinera y una adicta al té,  no puedes empezar un día sin una taza, aunque sea ocho de agosto y fuera hagan 40 grados. Sé que odias hacer deporte. Sé cuánto te gustan esos pequeños hoyuelos que se forman en la parte baja de tu espalda. Sé también, que hablas más dormida que despierta y que lo que más te gusta en el mundo es leer. ¿Aún crees que no te conozco?
   Bueno, te equivocas en algo, —digo, sorprendida—lo que más me gusta en el mundo, ya no es leer.
   ¿A no?— pregunta sorprendido—. ¿Y eso desde cuándo?
   Desde hace un par de horas.
   Bueno, pues deberá perdonar mi curiosidad, pero quiero saber cuál es ese nuevo pasatiempo.
   Besarte—confieso y me inclino para acercarme a sus labios.
Erick acepta de buen agrado, mi insólita e inesperada caricia, está tan sorprendido como yo misma y para cuando comienza a separar sus labios de los míos, me doy cuenta de que estaba conteniendo la respiración. ¿Siempre que me bese voy a olvidarme de respirar?
   A dormir, preciosa— dice y salta de la cama.
Con extremo cuidado me cubre con la manta y me arropa. Me mira con ojos llenos de infinita ternura y me besa tiernamente en la frente.
   Dulces sueños.
Dice y apaga la luz, entre la oscuridad le veo acomodarse en el sofá y cubrirse con la manta. Mi cama parece grande, solitaria y fría sin él. Es tan tranquilizador tenerle cerca, me hubiera gustado seguir hablando. ¿Por qué habrá saltado tan repentinamente de la cama? Hay tantas cosas que me gustaría saber. Quizá mañana o pasado, ahora tengo que dormir, pero el hecho de que esté en mi sofá, semidesnudo, no ayuda, pero lo que realmente hace que no pueda dormir es el vivo y ardiente recuerdo de nuestro último beso. Aún me late fuerte el corazón cuando recuerdo su rose, podría estarle besando infinitamente y eso me haría la mujer más feliz del planeta. La idea me resulta extraña y a la vez, sorprendentemente agradable.
   Kathe—llama en voz baja y suave—. ¿Estás dormidas?
   Si— digo en tono burlón.
¡Como si yo fuera capaz de dormir con él en mi habitación!
   No me mientas. Tengo frío... —no contesto, ¿a dónde quiere llegar?— Y tu cama es tan grande…
Dios, me estoy derritiendo al oírle hablar así. Dile que sí, lo estas deseando. Suplica la molesta vocecita.
   Vale. —Concedo—Pero ni se te ocurra tocarme, te quedas en el lado izquierdo y si me tocas, te sacare de la cama de una patada en el culo. ¿Entendido?
   Si, señora.
Dice y se acuesta a mi lado, siento como el colchón cede bajo su peso. Su olor y calor se mezclan con mis mantas. Ahora sí que no voy a poder pegar ojo en toda la noche.
   ¿Quieres que te abrace?— el Erick divertido, está aquí.
Por favor…suplica mi subconsciente

   ¡No!— respondo a ambos.