va
a querer matarme.
Anonadado, así es como se ha
quedado Erick. Su rostro es un poema, largo, profundo y de difícil comprensión.
Tenía que haberme quedado callada. ¡Maldita sea, no es mi culpa que nunca me
hayan besado!
Por lo que parece un tiempo muy
largo, los labios de Erick siguen muy cerca de los míos. Él sigue inmerso en sus
pensamientos, finalmente suspira y se aleja de mi rostro. No, grita triste la voz de mi subconsciente, la parte irracional,
desafiante, loca, y adolescente, que no parece querer abandonarme.
—
Ah—
silencio otra vez—. Esto sí que es una novedad. No quería ofenderte.
—
No,
no me ofendes en absoluto. No creo que besarnos sea buena idea— confieso al
final.
No pienso decirle que me
confunde, que desata lo peor y mejor de mí
a la vez. No quiero que sepa que he estado a punto de dejar que me bese.
No puedo permitirme sentir y no voy hacerlo.
No sé porque me avergüenza que
nunca me hayan besado, no es algo que me haya planteado jamás. Nunca había
pensado en novios, relaciones o amor; menos en que quisiera que alguien me
besara, hasta hora. Supongo que mis hormonas han de estar revolucionadas. Nada
importante, ni trascendente, espero.
—
¿Por
qué?
Oh, mierda. No quiero hablar de
esto.
—
No,
no lo sé… nunca he tenido tiempo, ni ganas. Nadie nunca me ha querido…
No soy capaz de terminar la
frase, pero ya tengo otra vez a Erick rodeándome con sus brazos de forma
protectora. No, no quiero su lastima, ni compasión, nunca he necesitado que
nadie me quiera. No puedo permitir que nadie cuide de mí, tengo
responsabilidades. Nadie ha entendido jamás porque soy como soy. Bueno, quizás
Laura, y doy gracias porque no le haya contado la historia de mis padres a él.
Aunque no es que culpe a los demás, nunca, jamás dejo a nadie conocerme lo
suficiente, incluso, en ocasiones, me pregunto si yo misma sé quien soy.
—
No
hagas esto— digo—. No quiero tu compasión.
—
Katherine—dice
pronunciando detenidamente mi nombre completo— No soy el tipo de hombre que
siente compasión por mujeres hermosas como tú. Si te abrazo es porque quiero.
Me gustas, por eso quería besarte.
Como al otro medio millón de
mujeres que hay en esta ciudad. No quiero escuchar esto. ¿Por qué habría de
gustarle? No tiene sentido, lo mires por donde lo mires. Él es guapo, rico,
miembro de una de las familias más importantes del país, dueño de la
universidad en la que estudio y sin mayores compromisos que, quizás, un perro.
¿Y yo? Simplemente soy yo, demasiado joven
para haber acabado la carrera, con un sueldo que apenas si alcanza para pagarme
la universidad y la clínica de mamá. No soy guapa, ni divertida, ni siquiera he
sido simpática con él. ¿Por qué habría de gustarle? Es increíble, o más bien
imposible. Es como intentar juntar al fuego y la lluvia en una misma
habitación. Sencillamente, no funcionaría.
No quiero engañarme, ni
esperanzarme. Sería como intentar juntar a Marte y a Venus. No pienso entrar en
el juego del señor y la vagabunda, no. Los sentimientos entre ricos y pobres
solo salen bien en esas estúpidas historias que leo.
La cabeza me da vueltas, solo quiero salir de
esta habitación. El salón se me ha quedado estúpidamente pequeño, quiero
respirar, quiero estar lejos de Erick. Su sola presencia me abruma de sobremanera y me desconcierta. Necesito
escapar.
—
Es
tarde, debo irme a la cama.
Me mira confundido, sé que
estaba esperando alguna especie de confesión o algún ataque. No estoy segura de
que, pero ahora mismo me importa una mierda. Quiero poder respirar tranquila y
solo lo lograré si dejo de ver esos ojos brillar como luceros.
Me levanto del sofá, desasiendo
su abrazo. No debo mirar atrás pero lo hago, muy a mi pesar.
—
Buenas
noches, Erick.
—
Dulces
sueños, Kathe.
Cuando atravieso la puerta de mi habitación, un
frío me recorre el cuerpo inmediatamente. Me quito la sudadera y los vaqueros,
y me paseo hasta el baño en bragas y sujetador. Voy directa a la ducha.
Dejo que el agua caliente haga su labor, que recorra mi cuerpo y saque el frío de mi piel. El agua arde sobre la piel sensible, pero no me importa, el sonido del agua me relaja y reconforta. Vuelvo a sentirme persona, cuando olvido los confusos sucesos de esta noche.
Dejo que el agua caliente haga su labor, que recorra mi cuerpo y saque el frío de mi piel. El agua arde sobre la piel sensible, pero no me importa, el sonido del agua me relaja y reconforta. Vuelvo a sentirme persona, cuando olvido los confusos sucesos de esta noche.
Mientras me cepillo los
dientes, me miro al espejo, buscando algún cambio circunstancial en mi reflejo.
Pero sigo siendo la misma de esta mañana, nada ha cambiado, sin embargo me
siento diferente. Como si una aplanadora me hubiera recorrido de los pies a la
cabeza y tuviera el cuerpo muy pesado, aunque llevo una carga suave y ligera,
pero que, de igual forma, me presiona el pecho, y me dificulta el respirar.
Salgo del baño envuelta en una
toalla y me pongo unas bragas limpias, la camiseta con la que suelo dormir y me
echo sobre la cama. El techo sigue siendo blanco y aburrido, mientras más lo
miro, mayor se hace el hueco que acabo por descubrir que tengo en el estómago.
¿Qué es? ¿Miedo? ¿Confusión? ¿Esperanza? ¿Ilusión?
Sea lo que sea, no me va a
dejar dormir tranquila, por ahora. Así que me levanto y cojo el portátil
del desordenado escritorio. Me siento
con las piernas cruzadas sobre la cama, abro una nueva página y me pongo a
escribir la historia de Teddy, una chica rubia que acaba de conocer a un sexy y
enigmático hombre al que no le importa que ella siempre lleve sudaras viejas y
vaqueros anchos.
Cuando me despierto el domingo
por la mañana, los rayos del sol me acarician la piel. ¡Me he quedado dormida
con las gafas puestas! Por suerte no las he roto. No me creo que haya escrito
casi treinta páginas. Pienso mientras me desperezo.
Me coloco los pantalones de
chándal y salgo a la cocina. Necesito un té urgentemente o volveré a tirarme en
la cama. Miro el gran reloj del salón, pasan diez minutos de las ocho y antes de
decidir si es o no una buena hora, algo atrae mi atención. Erick. Está en la
cocina, y solo lleva puesto unos viejos y desgastados pantalones de chándal
negros. Quiero arrancárselos con los
dientes, babea la vocecita irritante y por un segundo yo quiero hacer lo
mismo.
Creo que no ha sido una buena
idea salir disparada de la habitación, nunca lo hago, no sin antes tomar una
ducha o cepillarme los dientes. No puedo creer que olvidara por completo que él
estaba aquí. Puede que el look desaliñado a él le vaya de muerte, pero a mí, no
me favorece en absoluto. Aunque claro, el problema real aquí es por qué estoy
interesada en mi aspecto.
—
Buenos
días preciosa— dice aún de espalda— ¿Qué tal has dormido?
¿Cómo
sabe que estoy aquí?
—
Bien,
gracias ¿Y tú?
—
Mejor
que bien. ¿Qué quieres desayunar? He ido a la tienda y he comprado de todo lo
que se me ocurrió. No entiendo como tenéis la nevera tan vacía.
Es entonces cuando veo, que lo
que normalmente usamos como mesa está llena de frutas, algo que parece zumo de
naranja y una amplia variedad de pastelitos y dulces de desayuno. Además huele
a huevos y beicon. Se me hace la boca agua inmediatamente. En el lado donde
comió él ayer hay una taza blanca, que nunca había visto, tiene pinta de tener
café y a su lado está la taza que uso habitualmente, llena de un líquido
humeante, tiene dentro una bolsita de té, es roja. Té rojo con anís y ciruela
¡Mi favorito! ¿Cómo lo habrá sabido? De cualquier forma es un bonito detalle.
—
Lo
único que se cocinar es esto, —dice señalando la sartén de de los huevos
revueltos, su tono parece de disculpa—. Te he preparado también un té. Espero
que ese te guste, es el que imagine que preferirías, te pega.
—
¿Por
qué? — pregunto.
—
Es
exótico, me recuerda a ti.
Y vuelvo a sonrojarme hasta los
pies. Me siento a su lado y empiezo a
comer. Está todo muy bueno. Y el té, justo como me gusta, con sacarina y sin
leche.
—
Gracias.
Está todo delicioso.
Él sonríe complacido, está
comiendo, otra vez, más del doble que yo. Tiene que hacer mucho deporte para
mantener ese cuerpo, si come esa cantidad a diario. O tal vez, solo es de esas
afortunadas personas con un metabolismo mágico.
—
¿Te
puedo preguntar algo?—digo cuando doy un segundo sorbo al zumo de naranjas.
—
Claro,
lo que quieras.
—
¿Por
qué vas descalzo?
—
¿Y
por qué no? Me gusta estar con los pies puesto sobre la tierra, me da libertad,
siempre puedo sentir exactamente lo que hay debajo de mí.
Ya
me gustaría a mí estar debajo de él, dice la vocecita.
Tiene las hormonas agitadas. A veces olvido que ella es parte de mí.
—
Me
gusta que me preguntes cosas, quiero que
me conozcas, que sepas como soy. Y también me gustaría conocerte. Sé que
no eres muy comunicativa en lo que se refiere a ti, pero te juro que intentaré
ganarme tu confianza.
—
Ya
la tienes, no me preguntes porqué, porque no tengo la menor idea, pero sé que
es así—confieso.
Sonríe ampliamente, y sé que
haría, daría o sería cualquier cosa si eso implicara que él va a sonreírme de
esa manera.
—
Tú
preparaste el desayuno, yo recojo todo esto.
—
Gracias,
voy a llamar a mis padres a ver qué tal pasó la noche Emily.
Le escucho marcharse a la
habitación de Laura. Yo aprovecho para terminar el último sorbo de mi zumo y
recoger nuestra improvisada mesa. Coloco todo en el lavavajillas y lo pongo en
marcha. Para cuando termino, Erick vuelve a estar al otro lado de la barra que
divide la cocina y el salón, mirándome.
—
¿Qué
tal Emily?— pregunto y realmente me interesa.
—
Está
perfecta, pero los médicos quieren que pase una noche más en el hospital.
Quería pasar el día contigo, pero tengo que ir a verlas.
Parece preocupado. ¿Pasar el
día junto? ¿En serio ?Yo también había soñado silenciosamente con que ambos pasáramos
el día juntos. ¿Por qué? Ya estoy alucinando otra vez, voy a pedir cita con el
psicólogo, otra vez.
—
¿Qué
planes tienes para hoy?— pregunta entonces.
—
Voy
a llamar a mi madre, es domingo—.digo de forma explicativa pero me doy cuenta
de que eso no significa nada para él—. Después me tiraré en la cama y veré la
tarde pasar en un mar de aburrimiento.
—
¿No
hay nada que te gustaría hacer?
Lo pienso detenidamente, bueno
quizás, hay una cosa, pero no estoy muy segura.
—
Bueno,
desde hace unos días he querido pintar mi habitación.
—
Yo
podría ayudarte— me dice—. ¿Qué te parece si me acompañas a ver qué tal están
mi madre y Emily? Después pintaremos tu habitación. Se dé un lugar que abre los
domingos.
—
Me
parece bien, dame una media hora. Llamaré a mi madre y me ducharé.
Digo sin pensarlo mucho, si lo
analizo, encontraría quinientas razones por las que no ir. En menos de cinco
minutos me ha organizado todo el día. Es todo tan nuevo y excitante.
Mamá, tengo que llamar a mamá,
me recuerdo a mí misma. Rebusco distraída, entre las sábanas el móvil y marco
el número. Me contesta Carol, la enfermera de mamá.
—
¿Qué
tal está? —pregunto con un hilo de voz, tras los saludos habituales.
—
Esta
semana ha estado muy bien, pero pasó mala noche, aún está durmiendo y no he
tenido corazón para despertarla—dice ella— ¿Quieres que lo haga?
—
No—
digo de inmediato—déjala dormir. Dile que volveré a telefonear el miércoles. Y
que la quiero.
—
Lo
haré cariño.
Carol cuelga. Es una señora ya
mayor, desde hace cuatro años que cuida de mi madre, es la única persona a
parte de mí, con la que mamá mantiene algún tipo de relación. Es mejor que esté
allí, lo sé, pero eso no quita que la eche de menos cada día más.
Me meto en la ducha y salgo
renovada. Me seco el pelo un poco pero lo dejo algo húmedo y suelto, me da un
look más natural. Por primera vez rebusco en el armario para vestirme y nada me
parece lo suficientemente adecuado, me decido por una sudadera, más ajustada
que las que suelo usar, me la regaló Laura, así que no está del todo mal, y
unos vaqueros negros. Cojo el bolso, mis llaves y regreso al salón.
Erick ya me está esperando.
Está tan guapo como esta mañana solo que vestido. Lleva los mismos vaqueros de
anoche pero con una camiseta azul, igual de ajustada y sexy que la que llevaba
ayer.
—
¿Lista?—asiento—.
Conduzco yo.
Dice
mientras salimos por la puerta.
—
¿Qué
coche tienes?—pregunto.
Pero no es necesario que me
conteste, cuando veo aparcado delante de nuestra casa y detrás de mi desastroso
mini, un fabuloso audi s5 cabrío, de
color azul. Se me desencaja la mandíbula y así se queda por unos minutos. Su
familia es asquerosamente rica, me recuerdo.
—
Por
aquí, señorita Steven.
Dice mientras abre
caballerosamente la puerta del copiloto para mí. Estoy sonriendo como una
tonta. Nadie me había abierto nunca la puerta del coche. Así que esto es lo que
se siente, es divertido. Voy a salir de paseo, con un autentico caballero
inglés, en un lujoso descapotable, a conocer a su familia, sí, definitivamente,
parece el capítulo de uno de esos libros que suelo leer. No pienses demasiado
ello, me recuerdo.
—
¿Cómo
se llaman tus padres?
—
James
Maclaing y Danna Smith. —sonríe— Mamá se niega a tener el apellido de papa.
Smith, Danna Smith. Mierda, mi
profesora de Psicología general. Sé que me he puesto rígida, voy a visitar a mi
profesora al hospital y he dormido a solas en la misma casa que su hijo.
Suspenso seguro. Debo de estar más pálida que la novia cadáver.
—
Tu
madre es mi profesora—susurro.
—
¿A
sí? Que divertido. Seguro que se alegrará de verte.
Santa
mierda bendita.
Mientras subimos al undécimo
piso del hospital, no estoy segura de que esto haya sido tan buena idea. Su
familia es asquerosamente rica, son gente refinada, sofisticada y las personas
que pagan más de la mitad de mi matricula. Como cometa alguna estupidez, adiós
a todo. Pero Erick está cerca, muy cerca y me digo a mi misma que esto solo es
un pequeño precio a pagar, por estar un rato en su compañía.
—
Vamos,
es por aquí.
Me saca a rastras del ascensor.
Me tiene cogida de la mano y su tacto es tal y como lo imaginaba. Tibio, seguro
y a la vez suave. Me siento protegida a su lado, y eso, me gusta. Más de lo que
debería.
Me arrastra a través de un
pasillo lila claro, hasta la habitación 239. Toca la puerta y seguidamente la
abre sin esperar respuesta. Supongo que esto es lo normal en las familias.
Suelta mi manos y sostiene la puerta abierta para mí, paso y me quedo en el
umbral, mientras Erick se acerca a la segunda puerta, que ya está abierta. Le
sigo en silencio y me quedo justo en la entrada. Veo como Erick se acerca a la
cama donde está su madre, mi profesora y le besa tiernamente la mejilla. Ella
le revuelve el pelo y le dedica una sonrisa embriagadora. No puedo evitar
sentir un poco de envidia, yo quisiera que mi madre pudiera mirarme de esa
forma a diario.
La habitación es también de
color lila muy claro y huele a lavanda y jazmín. Es espaciosa y con grandes
ventanales para que entre la luz del sol. Tiene un aire nostálgico y acogedor,
parece un hogar, no una mera habitación de hospital deprimente. Supongo que
debe de ser carísima.
—
Kathe,
ven— me llama Erick.
Tímidamente
me acerco en silencio.
—
Esta
es mi madre. Mamá, supongo que te acuerdas de Kathe.
—
Felicidades
señora Smith. ¿Qué tal se encuentra?
—
Hola,
Katherine. Ya me encuentro mejor, gracias.
Ella mira a su hijo, está
escudriñándole con la mirada, pero permanece en silencio. Erick vuelve a tomarme
de la mano y me lleva al lado derecho de la cama de su madre.
Allí, al fondo en una pequeña cuna está la
pequeña Emily, con su pelo revuelto.
Está dormida y me doy cuenta de que Erick tiene razón, no hay niña más hermosa
en el mundo. Es solo un pedacito, y a la vez representa tanto, parece tranquila
y feliz, alejada de preocupaciones o problemas del mundo real, hasta parece que
sonríe en sueños.
—
Es
tan bonita— susurro, aunque no estoy segura de si me escuchan.
—
Bueno
chicos, contadme ¿cómo os conocisteis?—pregunta la profesora Smith
—
Oh
no, mamá, no asustes a la pobre Kathe. Ya te lo contaré otro día, confórmate
con saber que es la compañera de piso de Laura, y mi amiga— dice a su madre. Entonces
vuelve su mirada hacia mí—. No está
acostumbrada a conocer a muchas amigas.
—
Ah—
y vuelvo a parecer idiota pero no tengo nada más que decir.
—
¿Necesitas
algo? ¿Dónde está papá?
—
Ha
ido a casa, necesitaba una ducha y ropa limpia, pero volverá pronto— le dedica
una mirada tierna—.Si tienes planes, puedes irte, yo estoy bien y el médico ha
prometido que mañana podremos irnos a casa, por fin.
—
Vale,
estoy deseando teneros a las dos en casa—. Guarda silencio un momento y parece
pensativo—. ¿Sabes mamá? Creo que no voy a regresar a Londres, por un tiempo.
A su madre se le ilumina el
rostro, y estoy casi segura que a mí también. Entiendo que Emily es un buen
motivo. Yo me iría a vivir a Alaska si eso significara que volveré a tener una
familia.
—
Oh
cariño, estoy tan feliz. Tendrás que contarme porque has cambiado de
opinión—.Ella vuelve a besar su mejilla—. Ahora vete, tu padre no tardará en
venir.
—
Voy
a ayudar a Kathe a pintar su habitación
—
¿Tú
vas a pintar?— pregunta encarnando una ceja—. Pues te deseo suerte, Katherine.
No entiendo lo que pretende
decir pero está sonriendo, no debe de ser nada malo.
—
Cuida
de mi pequeño—me dice.
—
Mamá—
dice Erick haciendo un mohín.
A leguas se nota que adora a su
madre. Y con un leve movimiento de manos me despido de ella; salgo por la puerta
disparada, con Erick siguiéndome muy de cerca.
Cuando volvemos al coche, Erick
está más que feliz. Me estoy muriendo de ganas por saber si es cierto que va a
quedarse, pero me muerdo la lengua y dejo que salga del aparcamiento.
—
Vamos
a por esa pintura—dice cuando aparca de nuevo el coche frente a una ferretería
del centro.
La tienda es enorme, hay todo
tipo de pinturas, colores y adornos dedicados expresamente a la decoración del
hogar. ¿Cómo sabe Erick de este lugar?
—
¿En
qué color habías pensado?
—
Cualquiera
menos blanco, ¿alguna sugerencia?
—
Teniendo
en cuenta lo que conozco de ti, el rosa es demasiado cursi, el azul demasiado
masculino y el verde demasiado alegre, pero si tenemos en cuenta como admirabas
la habitación en la que está mi madre, yo diría que lila. Lo suficientemente
femenino para la habitación de una mujer y lo suficientemente exótico para ti.
Es la segunda vez que utiliza
la palabra exótico para referirse a mí, empieza a gustarme.
—
Lila
es perfecto—digo al fin.
Compramos varios botes de
pintura y algunos utensilios de rigor. Los pasillos, llenos de aquellas cosas
que no tenía ni idea que existían, resultaron lo suficientemente divertidos,
para que no quisiera salir huyendo de la tienda en unos pocos minutos aunque
creo que era por Erick, o al menos por su compañía.
—
¿Me
dejas patrocinar esta pequeña aventura?— me pregunta
—
Ni
de broma, es mi habitación, o pago yo o no me ayudas.
—
Vale,
señorita temperamental.
De camino a casa, hemos
almorzado comida china, en un restaurante tailandés, es la mayor estupidez
culinaria que he cometido nunca, pero me he reído como nunca y he comido algo
delicioso. Reír cuando estoy con Erick cada vez es más fácil. Aunque he tenido
que dejar que pague el almuerzo, no es algo que me guste particularmente.
Ya en casa, estamos vestidos
con ridículos overoles azules de obrero, con gafas y guantes. Parecemos monos
de feria, estamos tan ridículos como una araña con patines.
Si nos centramos en la zona con
peligro de demolición, solo puedo decir que mi habitación está hecha un
desastre, más de lo habitual, y eso ya es mucho decir. Está llena de papel
protector por todos lados y con muebles apilados en el centro.
—
Manos
a la obra, preciosa—dice y espontáneamente me da un beso en la mejilla.
Y como si no hubiera hecho más que
quitar el polvo de sus zapatos, coge el rodillo y empieza a teñir de lila las
paredes de mi habitación. Sus brazos se mueven de arriba abajo, una y otra vez.
Esto se le da muy bien, pero está dejando un tiradero enorme de gotas de
pintura sobre el papel que protege por el suelo. Ahora entiendo lo que quería
decir su madre, cuando supo que Erick iba a ayudarme a pintar. Pero no me
importa el tiradero, él está aquí; se le ve tan concentrado que tengo ganas de
hacerle cosquillas para que salga del transe.
Las horas al lado de Erick
pasan demasiado deprisa, no importa cómo o porque pero me gusta que el tiempo
corra a mi alrededor sin tener que preocuparme por cada paso, de alguna forma,
a su lado, me siento libre de ser yo misma.
Cuando por fin terminamos lo
peor, voy a la cocina y preparo un par de sándwiches y zumos para la cena.
Erick se queda dando los últimos retoques a la habitación.
Para cuando vuelvo ya ha
terminado y está sentado en medio de mi habitación, en el suelo. El lugar
parece tan pequeño con semejante hombre sentado en el medio.
—
A
comer—digo.
—
Mmm,
usted se está convirtiendo en mi cocinera favorita, pero no se lo digas a mi
madre o te suspenderá—. Me amenaza en tono burlón.
Le veo comer de buen grado y
pierdo el apetito. Cuando dejo más de la mitad de mi sándwich sobre el plato, me
mira con mala cara, no sé que está pensando.
—
¿No
vas a comer más?
—
No.
¿Lo quieres?
—
La
verdad, pienso obligarte a comerlo todo— me amenaza.
—
No
te atreverás.
Pero sé que si lo hará y me
encuentro corriendo alrededor de la habitación, con Erick persiguiéndome muy de
cerca.
Hay que ver lo que me estoy
riendo hoy, esto es muy divertido. Por un segundo me imagino pasar mucho tiempo
así y la sensación me sobrecoge, podría hacerme feliz tenerle a mi lado.
En ese breve momento de
distracción, Erick me agarra por la cintura y ambos caemos al suelo riéndonos
como niños tontos. Todo su peso está sobre mi cuerpo.
—
No
debería retarme, señorita Steven.
—
Que
miedo, señor Maclaing.
Digo y cojo el pincel que tengo
a mano y le pinto la punta de la nariz de lila claro. Rodamos por el piso otra
vez y ahora es él quien está debajo, sosteniendo la totalidad de mi peso.
—
Es
usted muy traviesa.
Dice y pasa una brocha por la
parte izquierda me mi rostro. Me lo merezco, yo empecé. Pero no quiero quedarme
quieta, volvemos a rodar por el piso y estoy otra vez presionada por el peso
del cuerpo de este nuevo hombre, que en unas pocas horas ha dejado de ser un
desconocido. Me mira fijamente a los ojos y yo estoy haciendo lo mismo. Ambos
dejamos de reírnos casi a la misma vez.
—
¿Sabes?
Si fueras una chica lista, correrías lo más rápido que pudieras lejos de mí.
—
Digamos,
solo por el placer de discutir, que no soy lista. ¿Qué harás entonces?
—
Mocosa
malcriada— replica, mientras acaricia mi mejilla y posa sus ojos sobre los
míos.
En solo un segundo el ambiente
de la habitación cambia por completo. Ya no estamos riendo, pero no estamos incómodos.
El aire se tiñe expectante y sensual. Mi respiración se agita, el calor del
cuerpo de Erick sobre el mío, hace que mis terminaciones nerviosas cobren vida
y que un escalofrío recorra cada fracción de mi piel.
Me veo reflejada en sus ojos, y
los míos están muy abiertos. Sé que tengo los labios ligeramente abiertos y
secos. Me cuesta respirar, pero ahora mismo el aire no es mi prioridad. Sin
poder evitarlo, detengo mi vista en los labios semiabiertos del precioso hombre
que está sobre mí. Su olor es exquisito, estoy embriagada y exaltada. No pienso
con claridad, mi mente está en blanco; y tanto la parte racional de mi cerebro
como la desenfrenada, están muy atentas a cada movimiento. Erick toma un mechón
travieso de mi pelo y con movimientos muy suaves, lo coloca detrás de mi oreja.
Noto que su cabeza baja más y está muy pegada a mí. Su aliento se mezcla con el
mío, él también respira con dificultad.
—
Kathe…
— susurra
—
Si—pronuncio
y es casi una súplica.
Solo entonces me doy cuenta de
lo que acabo de hacer, pero cuando finalmente los suaves y cálidos labios de
Erick están sobre los míos, absolutamente nada más importa.
No hay forma de describir un
beso perfecto, porque lo mágico no está en el roce casual de los labios, ni en
la presión de los labios de Erick sobre los míos. Describir mi beso perfecto,
no tiene nada que ver con el vaivén complaciente de su lengua sobre la mía. Lo que provocó que nuestro primer beso
fuera perfecto, fue el mar de sensaciones desconocidas que hizo fluir por mi
cuerpo.
El beso perfecto hace que las
miles de mariposas que llevan incubando durante veinte años en tu estómago, por
fin pueden volar libre por cada hueco de tu cuerpo. Hace que te olvides del
tiempo y del momento, que solo sientas. Y el beso de Erick fue perfecto,
cautivó cada uno de mis sentimientos y los centró en él. Por solo un segundo respirar
no era imprescindible para seguir viva, por unos momentos solo me bastaba con
que la sangre fluyera por mi cuerpo como riachuelos locos que desembocan en un
río bravo.
Solo ahora entiendo como el
corazón puede hincharse en solo unos minutos. No estoy segura de si tiene
lógica o explicación, solo sé que el beso de Erick fue como un bálsamo sanador,
curó el dolor de la necesidad, un malestar del que ni quiera era consciente.
Muy lentamente, los tiernos
labios que hasta hace un segundo estaban sobre los míos, se alejan. Los
intensos ojos de Erick vuelven a estar clavados en los míos y mientras escucho
su respiración tan exaltada como la mía, vuelve a depositar un casto y rápido
beso en mi boca.
Quisiera decir tantas cosas,
gritar como me siento y lo que bien que sienta. Tengo ganas desesperadas de
reír y llorar, no estoy muy segura de que tipo de sentimientos comparten
espacio en mí, ahora mismo, pero todas
las palabras están apresadas en el hueco de mi garganta.
Sus ojos, en ningún momento dejan
de mírame cuando vuelve a hablar.
—
¿Lo
ves? No beso tan mal después de todo.
—
No
tengo nada con lo que compararlo— digo al fin.
Sus ojos se ensanchan, y sé que
quiere volver a besarme, pero no lo hace y una punzada de decepción me recorre
el cuerpo.
—
Es
raro que Laura aún no haya llegado—dice—. Deberíamos arreglar tu habitación
para que puedas dormir aquí esta noche. Vamos. Te ayudaré.
Juntos retiramos todo el papel
protector del suelo y reacomodamos los muebles de forma que mi cama, quede
justo frente al ventanal, así podre ver los amaneceres desde mi cama. Cuando
terminamos, Erick comprueba que la pintura halla secado bien, está contento con
su trabajo, o tal vez su sonrisa sea por el beso. ¿Qué? Una chica puede, a
veces, soñar.
Ninguno lo ha mencionado, pero no estoy segura
de cómo podría hablar sobre eso. Ni siquiera estoy segura de lo que sentí al
besarle, solo sé que lo repetiría una y mil veces más.
—
Quiero
ducharme, ¿Estarás aún aquí cuando salga?—pregunto esperanzada.
—
Estaré
contigo hasta que me lo permitas.
Y estoy casi segura de que no
se refiere al lugar sino al tiempo, la idea me gusta.
Con mi repentina alegría
reflejada en el rostro, rebusco en los cajones, la ropa vieja y desaliñada que
uso para dormir. Luego me meto en el baño y mientras el agua moja mi cuerpo, no
puedo parar de pensar en el tierno rose de la mano de Erick sobre mi mejilla, y
menos en el alucinante beso que me ha dejado sin aliento. Definitivamente he
encontrado a alguien que hace que me sea muy difícil respirar cuando estoy en
su presencia.
Para cuando salgo del baño, Erick
no está en la habitación. Un escalofrío me recorre todo el cuerpo, dijo que se
quedaría, ¿verdad?
Salgo inmediatamente de la
habitación buscándolo, allí está. Es tan guapo que debería ser un delito.
—
Te
he preparado un té— anuncia— Y café para mí.
—
Si
bebes café a esta hora no podrás dormir.
—
No
pretendo dormir mucho esta noche.
Mierda ¿Qué significa eso?
—
No
sé a qué hora llegará Laura, no quiero dejarte sola. Además si tengo que
conducir hasta mi casa, más me vale estar despierto.
Es cierto, tiene que irse, pero
yo no quiero. Pídele que se quede,
sugiere la vocecita pero por el momento, la ignoro. No pienso pedirle que se
quede a pasar la noche, aquí, conmigo. De repente, la idea empieza a dar
sospechosas vueltas en mi cabeza.
Mientras, vamos a mi habitación y nos sentamos
sobre la cama, ambos con nuestras respectivas tazas, Erick acaricia distraídamente
mis nudillos.
¿Qué se quede? No es mala idea,
pero no me atrevo, podría malinterpretarlo o peor aún, podría hacerlo yo. No se
me da nada bien esto de tratar con hombres, o tal vez sea solo el efecto de
Erick. Sin embargo, es tarde, podría usarlo como pretexto, no quiero que se
vaya. Tengo que ser valiente, allá vamos.
—
Podrías
quedarte esta noche.
Creo
que me he puesto tan colorada como un tomate, que vergüenza.
—
¿En
serio?— pregunta y parece esperanzado.
Sacudo la cabeza, no soy capaz
de pronunciar palabra cuando me mira de ese modo.
—
Eso
es perfecto—dice y deja su taza de café en la mesilla de noche—. No quiero que
te quedes sola. Y bien, ¿qué parte de la cama me vas a dejar?— pregunta
divertido.
Oh, yo también puedo jugar a
ese juego. Así que le miro con toda la fuerza que soy capaz y señalando al
extremo opuesto de la cama, empiezo hablar con una amplia sonrisa.
—
El
sofá.
—
Tenía
que intentarlo—dice pero está sonriendo—. Si tu sofá, va a acogerme por esta
noche, me gustaría ducharme. El baño de Laura parece un spa—. Agrega cuando
abandona la habitación, sacudiéndose el pelo.
No puedo creer que le haya pedido que se quede a
pasar la noche aquí. Entonces me lo imagino dormido en ese pequeño sofá, con
cara relajada y con esos pantalones de chándal que tan bien le quedan. Se me
hace un nudo en la garganta, sé que no voy a dormir nada. Gracias al cielo que
mañana no tengo clases, o iría por la universidad como un zombi con cara de
idiota, una idiota inmensamente dichosa y feliz.
Cuando Erick vuelve, arrastra
una manta y una almohada, vuelve a estar descalzo y solo lleva esos desgastados
y seductores pantalones negros. Como me gusta esta imagen. Lo deja todo sobre
el sofá, y vuelve a ocupar su lugar a mi lado, en la cama. Me acuna entre sus
brazos y me acaricia el pelo, aún húmedo, muy tiernamente.
Siento la piel de mis brazos
pegada a su torso desnudo, tengo ganas de acercarme más e inspirar su aroma,
pero no lo hago.
—
Gracias—
dice y no estoy segura de porque—. Ha sido un día maravilloso. Eres fantástica.
—
Pero
si apenas me conoces—replico.
—
¿Realmente
crees eso? Puedo demostrarte que no es así—inspira hondo y empieza otra vez
hablar—. Sé que eres buena estudiante y amiga, eres generosa y humilde, sé que
te gustan los niños y mis chistes. Sé que adoras como cae el pelo mojado sobre
tus ojos, que usas sudaderas y vaqueros anchos para ocultar tus curvas, se que
eres buena cocinera y una adicta al té,
no puedes empezar un día sin una taza, aunque sea ocho de agosto y fuera
hagan 40 grados. Sé que odias hacer deporte. Sé cuánto te gustan esos pequeños
hoyuelos que se forman en la parte baja de tu espalda. Sé también, que hablas
más dormida que despierta y que lo que más te gusta en el mundo es leer. ¿Aún
crees que no te conozco?
—
Bueno,
te equivocas en algo, —digo, sorprendida—lo que más me gusta en el mundo, ya no
es leer.
—
¿A
no?— pregunta sorprendido—. ¿Y eso desde cuándo?
—
Desde
hace un par de horas.
—
Bueno,
pues deberá perdonar mi curiosidad, pero quiero saber cuál es ese nuevo
pasatiempo.
—
Besarte—confieso
y me inclino para acercarme a sus labios.
Erick acepta de buen agrado, mi
insólita e inesperada caricia, está tan sorprendido como yo misma y para cuando
comienza a separar sus labios de los míos, me doy cuenta de que estaba
conteniendo la respiración. ¿Siempre que me bese voy a olvidarme de respirar?
—
A
dormir, preciosa— dice y salta de la cama.
Con extremo cuidado me cubre
con la manta y me arropa. Me mira con ojos llenos de infinita ternura y me besa
tiernamente en la frente.
—
Dulces
sueños.
Dice y apaga la luz, entre la
oscuridad le veo acomodarse en el sofá y cubrirse con la manta. Mi cama parece
grande, solitaria y fría sin él. Es tan tranquilizador tenerle cerca, me
hubiera gustado seguir hablando. ¿Por qué habrá saltado tan repentinamente de
la cama? Hay tantas cosas que me gustaría saber. Quizá mañana o pasado, ahora
tengo que dormir, pero el hecho de que esté en mi sofá, semidesnudo, no ayuda,
pero lo que realmente hace que no pueda dormir es el vivo y ardiente recuerdo
de nuestro último beso. Aún me late fuerte el corazón cuando recuerdo su rose,
podría estarle besando infinitamente y eso me haría la mujer más feliz del
planeta. La idea me resulta extraña y a la vez, sorprendentemente agradable.
—
Kathe—llama en voz baja y suave—. ¿Estás dormidas?
—
Si— digo en tono burlón.
¡Como si yo fuera capaz de dormir con él en mi
habitación!
—
No me mientas. Tengo frío... —no contesto, ¿a dónde
quiere llegar?— Y tu cama es tan grande…
Dios, me estoy
derritiendo al oírle hablar así. Dile que
sí, lo estas deseando. Suplica la molesta vocecita.
—
Vale. —Concedo—Pero ni se te ocurra tocarme, te
quedas en el lado izquierdo y si me tocas, te sacare de la cama de una patada en
el culo. ¿Entendido?
—
Si, señora.
Dice y se acuesta a mi
lado, siento como el colchón cede bajo su peso. Su olor y calor se mezclan con
mis mantas. Ahora sí que no voy a poder pegar ojo en toda la noche.
—
¿Quieres que te abrace?— el Erick divertido, está
aquí.
Por favor…suplica mi subconsciente
—
¡No!— respondo a ambos.