lunes, 21 de julio de 2014

Ascenso Capítulo 1

 Ascenso Capítulo 1


A él, por hacerme dudar, siempre.




El aire caliente que se cuela por la ventanilla del coche me avisa que estoy en casa. No importa la hora, aquí siempre habrá calor, el calor de mi hogar. Sacramento es el mejor lugar para vivir, incluso aunque quieras odiarlo. Las luces fundiéndose en el horizonte, el olor a pizza y café recién hecho, hacen que me sienta como cuando tenía diez años y me escapaba para ir a jugar con las sombras que se formaban bajo las farolas.
El aire hace que el pelo bloquee parcialmente mi vista, aunque después de estar horas con los ojos anegados en lágrimas, qué importa que mi escurridizo cabello adorne mi rostro. La luna esta noche no se ve, o es tal vez que esta tan desolada como yo, la diferencia es que a ella realmente nadie la ha visto llorar, nunca.
Cuando descubrí a Erick con otra, las fuerzas se esfumaron de mí como el aire de un globo que pinchan con una aguja. Fue como caer en picado desde una altura en la que no sabía que estaba. Mi coche fue el único agujero que sentí lo suficientemente mío como para soportarlo. Así que conduje sin apenas maletas, sin preocuparme de nada, ni de nadie.
La velocidad ayudó, y el aire secó las lágrimas saladas que salieron descontroladas de mis ojos. No puedo creer que la traición duela tanto. No es solo que el frío consuma todo mi cuerpo, es como si mi corazón tuviera un hueco hondo a donde va toda la furia y la decepción.
Pienso en la casa vacía llena de tantos recuerdos felices como triste, no quería estar aquí sin mamá pero no me queda más opción. No creo que la una de la madrugada sea una hora apropiada para ir a por mamá. Siempre me sentido insegura en estas horas, nunca me ha quedado claro si se consideran demasiado tarde o temprano, la verdad es que son horas tan perdidas, como yo.
Conduzco inconscientemente por las calles secundarias que me llevan a casa. Él el único hogar que había conocido, el mismo que se desmoronó cuando yo era demasiado joven para entender el porqué.
Apago el motor del coche frente a casa, no he estado aquí desde hace más de cuatro meses. Los mismos colores tierra adornan la fachada, las mismas ventanas grandes, muestran las cortinas. He echado de menos este lugar. Con paso firme me encamino hacia la puerta, ni siquiera pienso sacar las maletas, solo necesito una ducha y mi cama.
Frente a la puerta, me quedo pensativa, ni siquiera sé donde están mis llaves, rebusco bajo la puerta en el enorme bolso. Nada, no consigo ver nada. Me dejo caer de rodillas sobre el piso frío, y desparramo todas mis cosas sobre la escurra entrada. ¿Es que nada va a salirme bien hoy?
   ¿Necesita ayuda?
La pregunta me sobresalta. Un agente de policía uniformado habla desde mi coche. Entre la oscuridad apenas puedo verlo.
   No, gracias, agente. — Me limito a decir.
   Señorita… aquí no vive nadie.
   Esta es mi casa. — Replico.
   No sabía que la señora Avrner, hubiera vendido. ¿Le importaría enseñarme sus documentos, por favor?
Pregunta el agente mientras se acercaba a mí. ¿Es que ni siquiera puede uno llegar a su casa sin un comité de bienvenida de la policía? No es que tenga ningún problema especial con la ley, es más bien con la policía de aquí, ese uniforme pálido, no hace más que recordarme a mi padre, y bueno, no son todos buenos recuerdos, precisamente.
A veces, no sé si estoy dolida o simplemente enfada, con mi padre por dejarnos, por hacernos daño, con los vecinos por su compasión o incluso con mamá y conmigo misma por dejarle que nos hiriera. La linterna ilumina mi cara mientras busco mi cartera, quizás es la única forma de que me pueda ir a dormir.
La verdad es que cuando menos lo necesitas hasta el aire te agobia, todos los recuerdos se agolpan y lo único que consiguen es agrandar el hueco oscuro en el fondo de mi alma, que se despedaza, sin que pueda hacer nada para detenerlo.
   ¿Katherine? ¿Eres tú?
   ¿Me conoce?
Miró directamente al policía, hombros anchos y definidos, moreno hasta los huesos, un pelo corto y perfectamente despeinado. Grandes ojeras que ocultan el brillo de unos ojos verdes que se me hacen familiares. No debe de tener más de treinta, así que no puede ser amigo de mi padre. Hace años que ninguno de sus amigos se pasa por aquí. Hace ya demasiado tiempo…Pero de alguna forma sus ojos se me hacen conocidos, ¿dónde he visto yo esos ojos verdes?
   Oh, lo siento si te asusté, soy el agente Daniel.
Parece tan seguro… ¿Dónde lo he visto antes? No tengo ningún tipo de aprecio significativo por los responsables de la seguridad de esta ciudad. Todos los agentes que fueron a mis cumpleaños, a los aniversarios de mis padres, fueron los mismos que sabían que él se iba a escapar con la otra. Pero este policía parece demasiado joven, no puede ser de la época de mi padre… Además nunca olvidaría una voz así de segura y autoritaria.
   Lo lamento pero no lo recuerdo, agente.
   Por favor, llámame Dereck, después de todo, solíamos ser vecinos.
La sonrisa que me muestra es sencillamente reluciente, incluso en la oscuridad. Los Daniel han sido mis vecinos desde que yo iba al colegio, recuerdo a una pequeña rubia, con uñas rosas y un cabello largo, con lagrimas en sus ojos porque le habían destrozado sus muñecas favoritas. Y recuerdo a su hermano, un niño largo y flacucho que disfrutaba de tirar de mis trenzas y romper las muñecas de su hermana.
   Oh, dios. ¿Tú eres él?
   Sí, el mismo que destrozaba las muñecas de Ash y quería arrancarte el pelo.
Ambos nos reímos. Hay algo extraño en volver a casa, es como si todo el mundo te conociera, como si realmente no pudieras ocultar quien eres. Y por alguna extraña razón eso es del todo liberador.
   Creo que no te veía desde que tenías diecisiete, has cambiado mucho. Casi te confundo con un ladrón. — dice sonriendo.
   Y tú, no sabía quién eras. Te vez genial… al menos ahora tu estatura concuerda con el resto de tu cuerpo.
   Es una pena que no pueda decir lo mismo, Katty. Siempre fuiste hermosa, pero estas echa un desastre.
   Gracias— replico.
   O vamos, ¿hace cuanto no duermes? ¿Has venido conduciendo?
   Sí… estoy algo cansada.
¿Qué tan horrible debo de estar? Después de casi ocho horas de conducir, y no es que anoche halla dormido mucho. Los recuerdos sobre mi última noche con Erick me golpean. No puedo evitar pensar en lo diferente que sería todo si…
   ¿Oye, estas bien?— parece realmente preocupado.
   Oh, nada, es solo que quiero dormir unas horas, mañana voy a traer a mamá a casa y quiero limpiar y todo eso…
 ¿Y por qué le estoy contando todo a esto a alguien que no veo hace años?
   Si claro, entra en casa. Si necesitas algo, llámame, dice entregándome una tarjeta. Ya no vivo con mi padre, pero siempre ando por aquí. Le diré a Ash que has vuelto, vendrá a verte.
Dice mientras sube a su auto. Fantástico, para visitas estoy yo… pero bueno, tampoco puedo pretender que he desaparecido del mundo. Espero, pero su auto no arranca.
   Me iré cuando entres en casa…
   Vale— digo cuando logro abrir la puerta—. Buenas noches, Dereck.
   Buenas noches, Katty.
Cierro la puerta y enciendo las luces. Las paredes tienen el mismo color azul cielo que tanto le gusta a mamá. Todos los muebles están tapados por sabanas blancas. Hace meses que nadie viene aquí. Desde navidad no vengo a pasar días aquí, cuando vengo a ver a mamá algún fin de semana a puente, no me molesto en arreglar la casa, me limito a limpiar mi habitación o a quedarme en algún motel. Pero realmente no he dormido en esta casa desde hace casi cinco meses.
Echo de menos el calor que se respiraba cuando estamos mamá y yo en el sofá viendo películas absurdas o bebiendo té en el porche. Solo espero que  cuando vuelva definitivamente aquí, dentro de un año, pueda traer a mamá a casa conmigo.
Subo las escaleras hasta mi habitación, el mismo verde alegre en las paredes, mis estanterías abarrotadas de libros y polvo. Y mi enorme cama. Hace años fue mi regalo de cumpleaños, el lo último que me hicieron mamá y papá juntos…
Rebusco entre los cajones y coloco sabanas limpias, abro las ventanas y voy camino al baño. Tomo una ducha fresca y me coloco un pijama de Disney que tengo hace demasiado años, sí, definitivamente, ha visto mejores tiempos.
Miro mi móvil, cuando me acuesto en la cama, hay veintitrés llamadas perdidas, casi todas de Erick pero también hay de Laura. Ni siquiera miro los mensajes. Borro todo en apenas dos segundos y mando un mensaje de texto a Laura para que sepa que estoy bien pero no le sigo que he vuelto a casa o cuáles son mis planes.
No importa que no sea su culpa, pero no hay forma en la que pueda hablar con nadie ahora mismo, solo quiero intentar dormir, ir a buscar a mamá y traerla a casa. Quiero olvidar, pero no es fácil. La cama es fría y me siento sola, más sola de lo que nunca me he sentido, sin rumbo, sin guía, ni siquiera encuentro fuerzas para mantener los ojos abierto.
Pero estoy en casa, a pesar de todo este es el único lugar en el mundo al que siempre voy a volver. No hay forma de que todos mis recuerdos sean buenos, sobre todo por papá, pero no puedo negar que nunca me he sentido tan protegida como cuando he vivido en esta casa.

Son apenas las ocho de la mañana cuando me despierto, alguien está aporreando mi puerta. Me toma unos segundos reconocer donde estoy, la cabeza me está estallando. Los golpes se detienen y considero tirarme otra vez sobre las almohadas y quedarme dormida cuando el ruido vuelve a empezar.
   ¡Voy!— grito mientras bajo los escalones de dos en dos.
Abro la puerta con intención de mandar a quien sea de vuelta por donde vino, pero cuando abro la puerta un torbellino de risos oscuros se me tira a los brazos.
   Hola, Katty. No puedo creer que estés aquí. —Me conoce, eso ya es algo—. No te he despertado, ¿cierto?
Cuando la chica me suelta, me mira, tiene los mismo ojos oscuros que cuando teníamos seis años. Solo que ahora parece más frágil que una muñeca de porcelana.
   Hola, Ashlee, ¿qué tal?
   Muy bien, ¿puedo pasar? He traído el desayuno.
   Sí, claro.
La veo moverse con naturalidad hasta la cocina, claro, la conoce. Esto es bastante extraño, no hemos sido amigas desde que teníamos dieciséis años, desde que papá nos dejo. Pero cuando mamá enfermo, a penas si nos saludábamos cuando la veía por el instituto. Vale, puede que fuera yo, su madre y ella siempre ofrecieron su ayuda, pero ya hemos acordado que yo no soy de las que acepta ayuda. Al menos no fácilmente.
   No me podía creer que estabas aquí. He venido a pasar las vacaciones y me estoy quedando con Dereck. Él dijo que ibas a limpiar, así que pensé que necesitabas ayuda.
   Eh… gracias Ashlee… no tenías que molestarte…. Puedo hacerlo yo sola.
Es tan guapa como la recordaba, lleva un chándal rojo, que bien podría ser de marca, lleva las uñas con manicura francesa y el pelo recogido en una coleta. No veo rastros de la niña llorona que adoraba a las barbies y estaba perdidamente enamorada de Brad Pitt.
   Vamos a comer, después limpiaremos todo, esto. Tienes que contarme como te va todo. Ya sé que hace mucho tiempo que no hablamos, pero alguna vez fuimos amigas y eso tiene que contar, ¿no?— pregunta.
   Sí, claro que cuenta, Ash.
La charla es mucho más cómoda de lo que esperaba, resulta que está estudiando magisterio en la universidad de Nueva York, la verdad es que nunca pensé en Ashlee encargándose de enseñarle a alguien matemática. Según me ha dicho el siguiente semestre se traslada a San Diego a terminar sus estudios.
Los pasteles que ha a traído están deliciosos pero realmente aprecio el zumo de naranja. Echo de menos mi té rojo de desayuno, pero aquí no tengo. Le cuento a Ashlee sobre mi especialidad en psicología. Le cuento de mis planes de pasar aquí el verano y de que mamá estará en casa.
 Es entretenido poder hablar como si realmente nunca me hubiera ido, papá no estuviera muerto y yo aún siguiera siendo la misma de cuando tenía cinco años menos. Y lo mejor de todo es que casi consigue que me olvide de Erick, pero casi no es todo.
   Cámbiate de ropa, que iré recogiendo aquí— dice cuando terminamos de comer.
   No es necesario, en serio, puedes irte a casa. Yo puedo encargarme de todo.
   ¿Estás echando de aquí?— pregunta y parece molesta.
   Por supuesto que no, es que no quiero molestar.
   Vamos a dejar claro algo, Katty. Siempre consigo lo que quiero, y ahora mismo vas a subir a cambiarte de ropa para que podamos dejar esta casa reluciente.
   Vale…— digo mientras subo las escaleras…— ¿Ash?— La llamo a mitad de camino.
   ¿Sí?
   Gracias… realmente te lo agradezco.
   No hay de que, Katty.
   Ah, por cierto, es Kathe.
   ¿Cómo?— pregunta confundida.
   Ya nadie me llama Katty, exacto mamá.
   Kathe será—dice sonriente y vuelve a lavar los vasos.


Son las tres de la tarde cuando me subo a mi coche. Estoy ansiosa por ver a mamá, la he llamado hace apenas unos minutos y está tan emocionada como yo. No he podido contarle nada sobre Erick, ella no sabe que estoy aquí desde ayer. No podré ocultárselo demasiado tiempo, pero sonaba tan feliz cuando hablé con ella que apenas tengo corazón para sentirme mal estando con ella. Insiste en que tiene sorpresas para mí, aunque ella sabe que mi mejor sorpresa es ella, estando sana y feliz.
Mientras conduzco por las abarrotadas calles empieza a sonar mi móvil, y lo ignoro. Sé que tengo que llamar a Laura, pero no quiero, si lo hago ella podría decirle a él. No estoy segura de si ella realmente sabía que Erick estaba jugando conmigo, sinceramente, no lo creo, pero soy demasiado cobarde para comprobarlo. Cualquier cosa que me recuerde lo feliz que era hace 24 horas provoca un estremecimiento en todo mi cuerpo.
Estaciono el coche justo frente a la puerta, así podré traer la maleta de mamá, ella nunca se lleva más que ropa, y ni siquiera toda porque sabe que tendrá que volver, lo que la enloquece tanto a ella como a mí, pero sabe que esto lo hago por las dos.
Paso el control de identificación y a cada segundo estoy más ansiosa por verla. Son muchos meses desde que la vi por última vez, recuerdo su ojos húmedos, tratando de aparentar que todo está bien.
Camino de forma automática por los pasillos vacios y silenciosos, mirando los números de las puertas, tratando de llegar a la habitación 27. Toco silenciosamente la puerta y espero a que alguien me abra la puerta, pero en su lugar, escucho las claras indicaciones de que me adentre.
Mi primer impulso es mirar a la cama, en la que siempre está mamá cuando vengo a verla. Pero esta vez está vacía y totalmente blanca. No hay nadie en ella, ni siquiera parece la habitación de mi madre. No hay marcos de fotos, ni un jarrón con flores frescas, es del todo impersonal, casi como cuando la traje hace tres años.  Por un segundo pienso que me he equivocado de habitación cuando una muy sonriente Taylor Avrner me mira desde el extremo derecho de la habitación.
Luce extraordinariamente guapa, más joven de lo que realmente es, no hay sombras oscuras bajos sus ojos, su piel está sonrosada y morena, no parece cansada ni medicada, ni siquiera luce triste o deprimida. Me recuerda a la joven dicharachera que me arropaba por las noches y veía la televisión conmigo.
   Hola, cariño.
   Mamá.
Un grito ahogado se escapa de mi garganta cuando mamá envuelve sus brazos a mí alrededor. Huele a limpio y dulce, esa clase de olor que te hace sentir tranquila y a salvo. Trato de ahogar mis lagrimas, pero se escapan unas pocas silenciosa, no solo por la emoción de volver a ver a mi madre, sino porque ella luce bien y la voy a tener conmigo por un tiempo.
   Oh, Katty, estás preciosa. ¿Dónde están tus sudaderas y vaqueros? No recuerdo haberte visto nunca así.
   Oh, mamá te echado tanto de menos. — Digo. Es imposible que esta mujer no se diera cuenta del más mínimo detalle. Pese a que este discreto vestido veraniego me lo regalo ella.
A pesar de estar enferma y deprimida hasta el punto de destrozarnos a las dos, hay dos cosas que nunca han cambiado de mi madre, la primera es ese horrible apodo que por el que me llama desde que tengo uso de razón. ¿La segunda? No necesita siquiera verme para saber exactamente lo que me pasa, no importa la distancia, pero claro, son cosas de madres.
Mi madre siempre ha sido una persona especial, nadie que la conozca, no la ama, ella es esa clase que mujer que ayudaría hasta a su peor enemigo, sin capacidad de odiar o guardar rencor, y esa es precisamente la razón por la que está en este lugar.  Lo que nos trae a la cuestión principal.
   Mamá, ¿qué diablos ha pasado aquí?
   Esa boca, niña. Ven.
Me guía al horriblemente incomodo sofá azul de su habitación, y veo junto a su cama dos maletas perfectamente echas y cerradas, además de cajas de cartón, del tipo que usas en una mudanza.  Es mucho más de lo que llevaría para pasar el verano conmigo.
Empiezo a preguntarme si la han echado de aquí, si he olvidado pagar algún plazo y ahora ella no tiene donde quedarse, los nervios y el temor me inundan.
   Mamá, me estoy asustando.
   No pasa nada malo cariño, al contario, todo es perfecto ahora. — toma un profundo suspiro y continúa hablando—. Me han dado el alta. De hecho, podría haberme ido hace una semana, pero hemos decidido esperar a que regresaras a casa y tú misma pudieras hablar con el doctor.
   Perro mamá, no pueden echarte de aquí. — le digo, casi indignada.
   Claro que pueden, ya estoy bien, no necesito ni supervisión ni estar medicada…
   Pero…— la interrumpo aunque mis palabras se atasquen.
Aun puedo recordad sus ataques depresivos, no quiero volver a verla así. Odio verla encerrada, pero no quiero que ella intente hacerse daño o deje de comer, no puedo estar tranquila si siento que ella corre peligro.
   Veras, hace meses que los médicos han ido reduciendo mis medicamentos, ya no tengo ataques, no necesito ayuda, estoy bien, y recuperada.
Mamá me abraza contra su pecho y no puedo dejar de llorar, lloro porque son las palabras que he querido oír desde hace años, porque ella luce realmente bien y porque la emoción es más poderosa que cualquier otra cosa que haya sentido antes.


Las siguientes horas pasan como un borrón, hablo con los médicos que me explican la situación de mi madre, como ella está perfectamente y que quería darme la sorpresa, por eso me lo ocultaron.  Me aseguran que puede estar sola incluso cuando yo vuelva a la universidad, que podría conseguir un empleo o crear un negocio, es lo que al parecer, ella quiere. Mamá está sana, realmente bien y lista para empezar de nuevo.
 Es triste verla despedirse Carol y de su espacio, lo que ha sido su hogar los últimos años pero parece realmente feliz de volver a casa conmigo. Y si ella está bien, nada puede salir mal.
Cuando finalmente sus cosas están apretujadas en la parte trasera del auto, le pregunto si quiere ir a algún lugar antes de llegar a casa pero ella niega con la cabeza sonriente. Mira hacia todos lados con ojos de quinceañera, como si el lugar en el que a vivido toda su vida fuera nuevo.
Le pregunto si quiere ayuda para desempacar pero ella declina la oferta. La dejo sola para preparar algo de comida y porque estoy segura de que necesita algo de tiempo a solas.
Estoy preparando el glaseado de chocolate para el pastel favorito de mamá cuando mi teléfono suena y lo cojo sin siquiera mirar quien me llama.
   Kathe, por fin— dice Laura con un suspiro de alivio—. Eres una terrible amiga, ¿Sabes lo preocupada que estoy por ti? ¿Cómo y dónde estás?— exige tan rápido que soy incapaz de contestar.
   Estoy en casa— digo por fin. Tratando de omitir sus otras preguntas.
   ¿Estás bien? Erick me conto lo que paso.
La sola mansión de su nombre hace que la misma cantidad de alegría y odio corra por mis venas. Nada puede trae tantos recuerdos confusos como él.
   Estoy tan bien como se puede estar, pero realmente no quiero hablar de él. Prométeme que no vas a hacerlo o cuelgo ahora mismo.
   Vale, Kathe lo prometo. Tú también eres mi amiga. Pero deberías escucharlo… tiene una explica…
   Laura…— le interrumpo con la voz a punto de quebrarse, realmente no puedo ori hablar de Erick no lo podría soportar.
   Vale. Cuéntame sobre tu madre. ¿Qué tal esta?
Le digo las buenas noticias, y sé que se alegra  sinceramente. Me habla de sus planes de verano con Carlos y que echa de menos que cocine. Lo que es totalmente comprensible porque se le quema hasta el agua y una persona no puede vivir a cereales y comida china.
Le prometo cogerle el teléfono cuando llame, bajo la amenaza de aparecerse por aquí y cuelgo justo unos minutos antes de llamar a mamá para cenar.
Cenamos en la pequeña mesa de la cocina, la del comedor es demasiado grande para nosotras dos. Mamá me cuenta sobre su idea de abrir una tienda en la ciudad, con el dinero de sus bolsos y bufandas hechos a manos que vende por internet. Tiene dinero ahorrado y quiere dármelo, niego inmediatamente, no puedo aceptar ni un centavo de ese dinero.
Si no he tocado el dinero que dejo el seguro y la pensión de mi padre tras su muerte, no pienso usar el de ella. Siempre he conseguido las cosas por mi misma y eso no tiene por qué cambiar ahora.
Me retiro a mi habitación porque realmente ya no puedo seguir mas con esto, la llamada de Laura me descoloco bastante. Pensar en Erick es doloroso y arrebatador. Mi cuerpo extraña sus manos y mis labios su sabor, hecho demasiado en falta poder tener algo profundo aunque no tuviera sentido, Erick es parte mi, sin que pueda hacer nada para evitarlo.
Mi cama está demasiado fría y solitaria, mi vida está demasiado vacía sin él. Pero me engañó, no logro sacar de mi cabeza a la hermosa mujer colgada de su cuello, besándolo. Ella lo llamo su prometido.

Y entonces las lágrimas vuelven y me consumen, las noches son el único momento en el que me permito sentir realmente el dolor que controla mi corazón. Y sigo llorando hasta que me duermo.