A él, porque cuando lo lea,
va ha querer matarme.
Es lo que hay, digo
mientras me miro al espejo, son apenas las siete de la mañana y mi rostro está
bañado más por la frustración que por el sueño. Resoplo distraída mientras me
hecho otro vistazo y arrojo la toalla contra el espejo como si con eso pudiera
desaparecer mi rostro.
El pelo me cae en cascada sobre el
pecho, me gusta. Siempre me ha gustado
cómo cae sobre mis ojos oscuros, el cabello mojado pero cuando vuelvo a mirar
mi reflejo ya no me gusta tanto como
pensaba. Esto es absurdo, me doy por
vencida y salgo del baño.
Me arrojo sobre en la cama sin
importarme mucho que acabo de hacerla y miro al techo. A veces, me pregunto por
qué no escuché a Laura y le deje que mandara a pintar mi habitación, este color
blanco hace que me sienta totalmente deprimida, pero esa no es la razón por la
que me siento fuera de lugar aquí.
Tampoco tengo una habitación
demasiado grande, es el típico cuarto de estudiante universitaria, se queda
pequeño para la mesa de estudio, la cama doble, el pequeño sofá azul y mis
estanterías de libros. Esa es mi pasión, los libros, creo que podría vivir en
una biblioteca, sin ver a nadie durante meses, y aún así, sería feliz. Me
gustaría tener más libros pero no puedo permitírmelos. Sueño con una habitación
llena de ellos, con ese olor tan particular a nuevo o a viejo, esa sí sería mi
habitación perfecta.
Tengo ganas de meterme
otra vez bajo las sábanas y abrazarme a la pequeña almohada azul con la que suelo
dormir. Quiero dejarme envolver por el sueño y no levantarme jamás. Eres una niña, grita mi subconsciente.
Todas las mañanas hago lo mismo,
me despierto antes de que suene el despertador, solo para quedarme tirada en la
cama y mirar como se refleja la luz del sol en el techo, pero después de mi
ducha matinal no logro encontrar las fuerzas para salir camino a la
universidad.
Vamos, me
digo a mi misma, tengo que levantarme, y lo hago muy a mi pesar. Saco, como
siempre, lo primero que encuentro en el armario, vaqueros anchos y sudadera,
verde esta vez. Soy esa clase de chica que siempre viste sudadera y vaqueros
anchos, intentando inútilmente disimular mis anchas caderas. Me vuelvo nuevamente al baño y me seco el
pelo, cosa que, de hecho, detesto. Me hago una coleta sin volver a mirarme al
espejo, tampoco hay mucho que pueda hacer por mí misma.
Devuelta a la habitación cojo el
bolso y miro mi horario en la agenda. Puedo saberme el título de cientos de
libros y recordar cada historia a la perfección pero me es imposible aprenderme
el horario de la universidad. Pongo dentro del bolso lo que necesito y cogiendo
la carpeta con mis apuntes, abandono la habitación sin volver a echar un
vistazo a la cama, porque sé que de lo contrario volvería a ella.
Entro al espacioso
salón y enciendo la tele, veo las
noticias de la cinco, otra vez, le he dicho a Laura cientos de veces que
prefiero las del canal tres.
—
Kathe, ¿Quieres un té?— grita ella desde la cocina.
—
Por favor.
Voy hasta la concina y
me acerco a la isla de mármol negro, que se supone, es nuestra mesa, y coloco
los manteles individuales que solemos
usar, son de Hello Kitty, pero claro,
los compró Laura y no pude decir nada al respecto.
—
¿Qué cereales te tocan hoy, Lau?
—
Fibra, es jueves— dice ella, como si fuera algo
obvio pero la verdad es que nunca he podido seguir sus estrictas normas de
alimentación.
Desayunar con mi
compañera de piso, después de casi tres años no es la gran cosa, así que en
cuanto terminamos la charla sobre cómo me fue ayer en el trabajo recojo la
mesa. Laura es bastante simpática y me soporta, que es lo mejor de todo. No
tenemos absolutamente nada en común, ella es una chica de fiestas, yo de
bibliotecas, ella usa tacones de infarto y yo zapatillas de deporte, ella es
muy sociable y yo también, me lo paso de miedo con los libros de mi habitación,
ella es muy espectacular y yo, bueno, solo soy yo.
—
Voy a cenar fuera— dice mientras salimos por la
puerta.
—
¿Otra vez Carlos?— pregunto, con algo de curiosidad.
Ella no suele salir
más de tres veces con un mismo chico sin traerlo a su cama, no es que sea una
chica fácil pero sí que tiene una vida sexual activa. Eso no lo sé pero me lo
imagino, no creo que se lleve a chicos con los que sale, a su habitación por
las noches a jugar a las damas precisamente. Pero este es diferente, ha salido
con él por más de tres meses, y nunca se ha quedado a dormir aquí, supongo que
tendrá su propia casa, o es experto en entrar y salir de casa, sin que yo le
vea.
—
Sí, creo que es este, este realmente vale la pena.
¿Cuántas veces habré
escuchado eso yo de sus labios? Pero no se lo digo a ella, no la quiero
ofender.
Nos subimos a mi
coche, un viejo y descolorido ford
verde. Por alguna extraña razón Laura no tiene coche, odia conducir o eso dice
ella, pero estoy casi segura que es miedo a que sea ella quien lleve todo el control. Y como
se negó rotundamente a que su padre le pagara un chofer, soy su única opción.
Ella pone la música inmediatamente, siempre la misma emisora de radio, y
mientras Taylor Swift canta algo llamado Red,
Laura la corea.
Intento concentrarme
en la carretera, pero realmente me encuentro pensando en mi examen del lunes,
solo quedan tres semanas y por fin podré tomarme un descanso. No es que vaya a
irme a una isla del Caribe a pasar el verano, pero podré ir a ver a mamá. Y no
hay nada que yo pueda querer más que eso.
Puede que incluso dedique algo de
tiempo a escribir, una de las pocas pasiones que tengo, aunque claro,
últimamente mi inspiración ha salido a volar, y mientras ella busca nuevas
fronteras, yo intento pelearme con mis ganas de devorar libros para dejar paso
a todo lo que tengo que estudiar.
Pasadas las ocho, dejo
el coche en la facultad de medicina, aunque yo estoy en la de psicología, para que
Laura no se caiga de sus tacones de quince centímetros caminando de mi facultad
a la suya. Se ha hecho costumbre que yo baje, son solo diez minutos de camino, tampoco
es mucho, además me gusta caminar.
¿Sí soy una chica
deportista? En absoluto, todo lo que no sea camina, para mi es dañino, no me
gustan los deportes, ni en la televisión. Si alguien busca una chica atlética,
nunca me encontrará a mí.
No soy una mala
estudiante, por el contrario, puedo parecerle a muchos un ratón de biblioteca,
me gustan las buenas notas, sobre todo porque de ellas dependen mi beca y de mi
beca, mi futuro. Tampoco es que sea la alumna perfecta, pero realmente lo
intento.
Paso las horas intentado ponerme
al día con las supuestas preguntas que entrarán el examen pero conociendo a la
sustituta de mi profesora de psicología general, va a entrar lo único que no
dice en clase. Es una pena que la
profesora Smith haya tenido que dejar las clases pero estaba enorme, a punto de
dar a luz cualquier día en clase. Llegue a imaginármela rompiendo aguas
mientras nos explicaba la importancia de las intervenciones con comunidades.
Pasadas las once salgo
de clase, ya tengo aprobada antropología, así que subo a esperar a Laura, debe
terminar en una hora. De camino a la facultad de medicina, paso por la
cafetería central del campus y me pido un té helado de frutos del bosque. Hace
demasiado calor para subirme al coche por lo que me siento en la parada de
autobús y me pongo a leer en el móvil. Mi médico dice que no debo malgastar mi,
ya de por sí, escasa vista de esta manera, pero no puedo evitarlo, realmente me
gusta leer en cualquier lugar y no voy a pasarme todo el rato con un libro de
quinientas páginas en el bolso, de cualquier forma no me molestan las gafas.
Por enésima vez en los últimos
tres años, estoy leyendo Cumbres Borrascosas, amo este libro, es tan
extravagante y a la vez seductor que simplemente no puedo dejar de leerlo, una
y otra vez.
—
¿Jugando al tetris? — me pregunta una voz masculina
y desconocida, doy un salto en mi lugar.
—
No, yo no juego, estoy leyendo— digo sin mirarlo y
me siento observada cuando vuelvo los ojos a las letras.
—
Oh — no puedo creer que quiera hablar—. ¿Has visto
pasar la 50?
—
No, lo siento— digo muy cortante, no me gusta hablar
con desconocidos.
—
Oye tu eres una chica— que perspicaz el muchacho— ¿Crees
qué estas flores son bonitas?
Levanto la mirada y me
quedo sin habla, es un hombre, y que hombre, como diría Laura. Es realmente guapo, yo no soy muy observadora
pero me quedo mirándole fijamente a los ojos, son negros como la más tenebrosa
de las noches, pero hay un brillo muy especial en ellos. Vestido con vaqueros ajustados,
lleva desabrochados los dos primeros botones de la camisa de lino blanca, y muestra
una uve perfecta de piel. Balancea un ramo de rosas rojas y blancas frente a
mis ojos. ¡Vamos contesta! Me grito
pero no reacciono, oh… suspiro y pruebo a contar mentalmente buscando con todas
mis fuerzas las palabras, por dios parezco idiota.
—
S…si…— tartamudeo—. Son muy bonitas.
—
Gracias. Por cierto, soy Erick— dice y me extiende
la mano, hago lo propio.
—
Katherine— digo sin atisbo de emoción en mi voz,
¿por qué diablos quisiera tener un nombre más especial? Ya estoy flipando otra
vez.
—
Encantado. ¿Crees que son un buen regalo para una
mujer? Ya sabes, en un día muy especial— dice otra vez mostrándome otra vez las
flores.
Me quedo mirándolo
confundida, realmente no sé qué decirle, ¿le suelen gustar a las chicas las
flores? Sí, pero si no son alérgicas, en ese caso las odiarían. No sé por qué
me pregunta eso a mí. Después Laura se
ríe cuando le digo que me pasan cosas muy raras, o que exagero.
—
Bueno ¿Qué piensas?— dice y parece nervioso.
¿Y si le están persiguiendo e
intenta mandarme alguna señal para que llame a la policía, y si me quieren
secuestrar? Oh vamos, dice otra vez
mi subconsciente, no tienes dinero, nadie
va a pagar un rescate por ti, deja de alucinar. Lo peor es que tiene razón,
así que sacudo la cabeza y vuelvo a mirar a mi lado.
—
Si, puede ser un bonito regalo.
—
¿Si te las regalaran te parecería bien?— Indaga. Hay
que ver que insistente, empiezo a ponerme nerviosa también.
—
Su…Supongo—digo mientras me encojo de hombros y me pongo roja. Tengo que parar de tartamudear o
va a pensar que soy idiota. Sus ojos inquisidores me miran fijamente.
— Nunca me
han regalado flores— confieso al fin.
—
Oh— pronuncia y forma una perfecta o con sus labios, parecen tan suaves…
—
Kathe— gritan desde lejos, interrumpiendo mi
reflexión interior, levanto la vista y veo a Laura que hace señales con las
manos, otra vez lleva prisa.
—
Me tengo que ir— digo y me alejo.
—
Espera—grita. ¿Cómo dijo que se llamaba?—Toma,
gracias— dice y me entrega una rosa blanca, me sonríe y se vuelve a su sitio.
—
Gra…Gracias— tartamudeo de nuevo, pero aunque no
estoy segura de si me escucho, me alejo en busca de Laura.
Subo rápidamente hasta
donde Laura espera en la puerta del copiloto de mi coche. Me ladea la cabeza a
forma de saludo, pero no dice nada. Mientras conduzco en busca de la salida del
campus. Ella parece estar enfrascada en algo muy profundo, está sonrojada, ¡y ni
siquiera ha puesto la radio! Dudo en si preguntar o no, no quiero inmiscuirme
en su vida, pero quisiera poder ayudarla.
—
Lo siento— dice finalmente, desvió mis ojos de la
carretera un segundo para mirarla y sigue con la vista sobre sus rodillas.
—
¿Por qué? ¿Qué has hecho?—realmente quiero saberlo,
pero ella se calla-
—
Yo no… no sabía que era él. ¿Pero que estabas
haciendo con él? Es que no supe quien era hasta que hemos pasado frente a él. —
¿Pero de que me está hablando? No tengo la más mínima idea.
—
Laura, ¿podrías explicármelo? De veras, estoy arando
en un mar de profundo desconocimiento— digo mientras aparco el coche frente a
casa.
—
¿No sabes quién es él? Oh my God, esto es muy fuerte.
Me da una mirada de ¿cómo
no sabes que el cielo es azul? La ignoro, no va a decirme nada, por ahora. Estará
un par de minutos divagando mentalmente, siempre que está en ese plan es igual.
Apago el coche, cojo mis cosas y me dirijo a la puerta de casa, abro y me
siento en el sillón, le doy exactamente cinco minutos y empezará a hablar. La
veo revolotear por casa y pone el té sobre el fuego mientras va a su
habitación. Yo fijo echar un vistazo a mi móvil y la veo acercarse revoloteando
aún con sus tacones de infarto, coloca las tazas de té sobre la mesilla de centro
y me mira fijamente. Respira profundo me digo, pero esa parte de mi
subconsciente que tiene vida propia dice, ¡Por
dios que hable ya!
—
Vamos, habla. — Le digo.
—
Es… es Erick Maclaing— dice como si eso aclarara
todo esto.
Me tapo la nariz y
finjo que me sumerjo en agua, a ver si le queda claro que para mí no es tan
obvio. Soy lista pero si me sacas de los libros y me preguntas por programas de
televisión o el mundillo del cotilleo, olvídalo, misión imposible.
—
¡Vamos Kathe!, el dueño de nuestra universidad
¿Qué?
—
No me puedo creer que no sepas quien es. — Murmura
de nuevo ella consternada. —Todo el mundo sabe quién es él, bueno es obvio que
no todo el mundo.
Yo permanezco callada,
Laura tiene que estar equivocada, los dueños de universidades no tienen veinte
pocos años, ni cogen guaguas, ni andan preguntando si a las chicas les gustan
las rosas.
—
Laura, creo que te equivocas, es demasiado joven y…
—
No—me interrumpe—. Le conozco, he cenado con su
familia algunas navidades, claro que sé quien es Erick Maclaing.
Y así aparece la
terriblemente rica Laura. Por si no bastara con que fuera guapa y lista, es
asquerosamente rica, bueno su padre lo es, pero ella va en el pack. Aún
recuerdo cuando la conocí, pensé que el anuncio de alquiler de piso era una
broma para atraer a chicas con poco presupuesto, como yo, a cuartos diminutos y
con un solo baño “Casa enorme, con 3 baños y dos habitaciones. Solo busco una
compañera de habitación temporal, sin contratos, cuando quiera te echo a la
calle. Ni limpio, ni cocino, ni tengo coche. ¡Alquiler penoso!”. Era mi primera semana del curso de preparación
en la universidad, y no tenía intenciones de seguir pagando un hotel, por mucho
más tiempo. Para mi suerte, saliendo de la cafetería encontré aquel enorme
cartel rosa, que olía a jazmín. Yo también me pregunto a veces que fue lo que
me atrajo de él, solo sé que tenía razón, llevo más de dos años aquí, sin
contrato de alquiler, y por supuesto, pago una cantidad penosa. Laura no
buscaba dinero, no lo necesita, necesitaba una compañera, una cocinera, un chofer y me encontró. Según me contó
quería vivir toda la experiencia universitaria, fuera de casa. Así que su padre
le compró la casa más lujosa que encontró en los alrededores de la universidad.
Pero Laura no quería vivir sola, necesitaba compañeros de piso, como su padre
fue lo suficientemente listo para que la casa tuviera solo dos habitaciones,
empezó a buscar una compañera, y nunca he tenido claro porque terminé siendo
yo. Normalmente echaba a las otras a los
pocos días. Claro que sí sé porqué me quedé yo, le he tomado cariño, es la
única amiga que he tenido nunca. Involuntariamente sonrío.
—
¿Qué pasa?—pregunta.
—
Estaba recordando tu anuncio, de “alquilo
habitación”.
Ambas sonreímos. Yo
tomo la taza de té que está a punto de enfriarse y bebo un sorbo, mmm… té rojo,
mi favorito.
—
Espera, espera, espera— dice como si estuviera
teniendo una revelación divina en ese momento—. Si no sabías quien es Erick,
¿Qué diablos hacías hablando con él?
—
Me preguntó si a las mujeres le gustan las flores y
le dije que sí. Fin de la historia—. Más o menos.
—
Pero te dio una rosa, ¿por qué te dio una rosa?—sigo
callada, no sé qué contestarle—.Vamos, Kathe, no me dejes con la intriga, sabes
que me podrían salir arrugas.
—
Creo, que fue en agradecimiento, o por pena—digo
encogiéndome de hombros.
—
Esto es tan frustrante, es como hablar con un niño,
sabes el significado de la palabra detalles, ¿no? Él no es de los que regalara
flores a desconocidas, créeme.
—
No hay nada que contar, estaba esperándote, llegó,
me preguntó por la flores, le dije que eran bonitas, entonces me preguntó si me
gustaría como regalos, le dije que nunca me habían regalados flores, me
llamaste, me dio la rosa y me fui. Fin de la historia Lau.
—
Wau—ambas guardamos silencio—Tienes razón— concede
al fin. Pero no estoy segura de a que se refiere— Te pasan cosas muy raras. Me
voy a duchar, ¿vas a salir con Carlos y conmigo?
—
No— ¿Para qué pregunta si sabe la respuesta? Voy a
ir a la biblioteca, tengo que estudiar.
—
Lo suponía, no hay mejor plan que estudiar un
viernes por la noche—pone los ojos en blanco y se va a su habitación.
La veo marcar un número y cerrar la puerta tras ella, cuando nombra a
su mejor amigo, Mike.
Recojo las tazas de la
mesilla de centro y las meto en el lavavajillas. Me preparo un sándwich y me lo
como de pie en la cocina. Laura está cantando, o sea que está en la ducha. Entonces
me voy a mi habitación, cojo el libro de Cumbres
Borrascosas y busco la página en la que me quedé leyendo en el móvil.
La noche se cierne
sobre la ciudad, yo sigo perdida entre apuntes de terapias experimentales
cuando suena el timbre de la puerta. Laura ya no está en casa, y he pedido
comida china, y me toca comer sola.
Mientras tomo rollitos
primaveras, veo la rosa que descansa encima de mis libros apilados. La imagen
de quien me la regalo viene a mi mente. Rasgos jóvenes y masculinos, brazos
fuertes, espalda ancha y piel color caramelo… Definitivamente es muy guapo…
Yo nunca he pensado
demasiado en hombres, siempre he tenido cosas que hacer y de las que
preocuparme. Primero el instituto, más tarde la muerte de papá, la enfermedad
de mamá y ahora mantener mi media para poder seguir estudiando. Nunca he tenido
demasiada vida social se reduce a mi única amiga, Laura. Y el amor, bueno eso
nunca ha estado en el tope de la lista. ¿Por qué habría de preocuparme por algo
que nunca dura?
Me encantan los
viernes, no es por nada especial, no tengo grandes planes más allá de estudiar toda
la noche pero significa que he conseguido una semana más. Solo unos días más y
podré volver a casa, con mamá.
El día se ha pasado
demasiado rápido, cuando acaba el curso apenas y nos dan clases, menos van a
dejarnos trabajos o investigaciones. Creo que los profesores están tan hartos
de la universidad como nosotros.
No estoy segura de qué
hora es cuando Laura entra por la puerta, sin tocar. Va a salir a cenar otra
vez con muscules, definitivamente esto se está poniendo serio, se han visto
casi todos los días de esta semana.
—
Me voy, ya llegaron por mí. ¿Segura que no quieres
venir?
—
No, Laura, Gracias. Pásalo bien —digo y le regalo mi
más optimista sonrisa.
—
Ah, casi lo olvido, tus bragas de abuela ya
terminaron de lavarse.
Sacude la cabeza y se
va. No entiendo por qué me dice eso, mis bragas no tiene nada de malo. Claro
que no son esos pequeños pedazos de tela descaradamente caros, que no cubren
más que un cuarto de la piel que debería. Además, a nadie más aparte de mí las ve. Miro
el móvil. ¡Mierda son casi las ocho! De un salto salgo de la cama y me voy a la
ducha.
Ya a las nueve voy
camino a la sala de estudio abierta 24 horas de la Universidad. Esta noche dejo
el coche justo a la entrada de mi facultad, que está prácticamente desierta,
somos poco los que estudiamos los viernes por las noches. Aunque tiene lógica,
hay una fiesta para universitarios, en alguna hermandad. Una vez dentro de la
sala, me coloco en la primera fila, abro mis apuntes y me pierdo entre la
terapia sistemática breve y la psicoanalítica.
Cuando vuelvo a mirar
mi reloj faltan 10 minutos para las once y la sala está completamente vacía,
parece que soy la única loca que estudia hasta tan tarde. Voy a la máquina a
por un té. Sí, no son el mejor té del mundo, pero es eso o yo dormida sobre Pido un té blanco con sacarina y espero. Cuando la máquina me entrega mi
vaso, está demasiado caliente, acto reflejo, lo suelto y se me cae sobre los
vaqueros. Mierda era café, otra vez debe estar rota.
Odio el café, su olor,
su sabor, todo y encima me estoy quemando, me meto en el primer baño que
encuentro y en cuanto estoy dentro me quitó los vaqueros. Los coloco sobre el
lavamanos y empiezo a quitar la mancha bajo el agua. ¿Es que no va a salir?
Realmente me gustan estos vaqueros. Y este olor, sobre mí, mataría ahora mismo
por una ducha.
Cuando estoy lo
suficientemente satisfecha, con mis vaqueros, los dejo en la esquina, bajo el
secador de manos a ver si secan un poco.
Cojo papel y lo paso sobre mi piel para quitar cualquier resto de café. Lau se
va a reír mucho cuando le cuente esto, entonces recuerdo algo que dijo acerca
de mis bragas y me miro en el espejo. Vale, puede que Laura tenga razón.
—
Llevo bragas de abuela—me digo a mi misma frustrada.
—
Uhm, si coincido, son bragas de abuela—dice una voz conocida, pero que no
logro identificar.
—
¿Pero qué haces aquí pervertido?— le grito y me
intento cubrir con las manos pero es misión imposible.
Erick como si solo le
hubiera preguntado por el color de sus zapatos, mira con toda tranquilidad hacia
la puerta y levanta la mano hacia el monigote masculino.
—
Mierda, otra vez —grito y me meto dentro de una de
las puertas, sé que me he puesto de un rojo escarlata pese a que ahora él no me
está viendo
—
¿Otra vez?—pregunta y parece divertido— ¿Te metes
mucho en los lavabos de chicos? ¿En bragas? Eso dice mucho de ti.
—
Yo no lo encuentro gracioso—digo ¿Es que esto podría
ser más humillante? No, mejor ni me lo pregunto.
—
Yo sí, — asegura, en tono desafiante. ¿Quieres que
te alcance los vaqueros?
—
No, solo quiero que salgas del baño para poder
vestirme—. Le gritó, con más hostilidad en mi voz de la que pretendía.
Escucho como se cierra
la puerta tras él, abro entonces la puerta saco la cabeza y miro, no está.
Salgo entonces y a toda prisa me pongo los vaqueros, aún mojados y apestando a
café. Me miro en el espejo central y me
veo como una completa perdedora.
Hecho agua fresca
sobre mi rostro y con papel higiénico me la seco. ¡Y yo que pensaba que no había
nadie en la Universidad, resulta que no solo me he metido en el baño de chicos
sino que el que se supone que es dueño de la universidad me ha visto en bragas,
bragas de abuela según su opinión! ¡Me siento tan humillada! Respiro y repaso
mentalmente mi plan, salir disparada por la puerta hasta mi coche y no volver a
la Universidad en los próximos quince o dieciséis siglos.
—
Bú—me asustan— ¿Escapándote?
—
¿Pero tú cuántos años tienes?—Pregunto y le miro
perpleja, esto no es algo normal, ¿y si está drogado? ¿Enserio? Me regaña mi voz interior poniendo los ojos en blanco.
—
¿Por qué?
—
¿Por qué? — le replico— ¿Es que acaso no te das
cuenta de que actúas como un adolescente?— le reclamo.
—
Oye, eres tú la que está a las doce de la noche en
el baño de caballeros, en bragas—. Me sonrojo, tiene razón.
—
Ya me voy— digo en voz muy baja—. Buenas noches
Por favor, por favor déjame ir, no digas nada más.
—
Espera— Mierda—. ¿No vas a decirme que haces aquí?
—
Estudiar, tengo exámenes ¿Sabes lo que es eso?—Creo
que me estoy pasando con él.
Alzo la vista y lo
encuentro mirándome fijamente, Dios que guapo es, va todo vestido negro,
vaqueros, camisa y chaqueta de cuero. ¡Oh, va descalzo! No puedo evitarlo y
comienzo a reír.
—
¿Ahora si qué te parece gracioso?
—
¿Por qué vas descalzo?—pregunto.
—
Algún idiota tiró café en el suelo—dice acercándose
a mí, me vuelvo a sonrojar—Oh, fuiste tú.
—
¿Cómo lo sabes?
—
Desde luego no por tus vaqueros mojados y ese
delicioso olor a café que llevas por todo el cuerpo.
—
Tal vez, quieras tomarme con galletitas—. Me mira
perplejo. No puedo creer que haya dicho eso en voz alta.
Me he pasado de la
raya, nunca había pasado tanta vergüenza en toda mi vida, no puedo resistirlo
más, así que salgo corriendo hasta la sala de estudio a por mis cosas, en menos
de dos minutos estoy en mi coche y escapando de la Universidad, no sé cómo voy
hacer para volver aquí el lunes. Ya sé, tengo una mejor idea, no pienso volver.
Mientras conduzco me pongo a pensar en este
último día tan extraño y sobre todo humillante. ¿Dónde estaba él hasta hoy? ¿Es
legal ser tan guapo? ¿Y por qué soy yo la que tiene que pasar por esto? Ya la
he fastidiado, seguro que no me conceden la beca para seguir estudiando el
próximo semestre, sin la beca no puedo estudiar, voy a tener que ir a rogarle,
no, no quiero volver a verlo otra vez.
Cuando por fin llego a
casa miro la hora en el reloj del coche, pasan cuatro minutos de la una de la
madrugada, si que he pasado rato dando vueltas en el coche. Miro hacia la casa,
demasiado pronto para que Laura haya vuelto, seguro me deje la luz encendida al
salir.
—
Oh, dios, estás bien— dice Laura con un suspiro,
cuando entro a casa.
¿Qué hace ella aquí no
debería estar con Carlos, alias míster muscules, en alguna discoteca del
centro? Luce preocupada y divertida a la vez. ¿Es que este día no va a acabar
de una maldita vez?
—
¿Dónde diablos te metes, te he llamado por lo menos
diez veces? Estaba preocupada—. Se sienta en el sillón y me mira—. Es la
primera vez que llegas a casa después que yo.
—
Estaba estudiando, Laura. Tengo sueño y apesto a
café quiero ducharme y dormir. Adiós.
Y me voy a mi
habitación, no sé si es correcto dejar a Laura sola en el salón, ella estaba
preocupada por mí, pero yo no estoy de humor para tratar bien a nadie ahora
mismo. Me desnudo y por tercera vez en el día me dispongo a meterme en la
ducha. Entonces me doy cuenta de que lo que me apetece es un baño, un largo e
interminable baño. Me envuelvo en la toalla y abro el grifo de la bañera. Y
mientras dejo que se llene, voy a la cocina a por un té. Laura está ahora allí y
todo huele a café.
—
No quería entrometerme en tu vida—dice preocupada.
Creo que me he pasado
Si, sin duda lo he hecho, voy a tener que explicárselo. Sin decir nada vuelvo a
la habitación y cierro el grifo. Me pongo la bata de dormir y regreso a donde
Laura. La tomo de la mano y la llevo al sillón junto conmigo.
—
Lo siento, pero es que no estoy de humor, ha sido un
día largo y estoy cansada, solo quiero un té—. Le miro a los ojos, necesito que
lo entienda a la primera porque
realmente estoy exhausta—. Te aseguro que nada tiene que ver contigo.
Me abraza, Laura nunca
me abraza, sabe que no soy la persona más afectiva del mundo, precisamente.
¿Habrá peleado con Carlos? No creo, estaría como loca.
—
Vale—dice cuando me suelta—. Solo me preocupo por
ti, eres mi mejor amiga y no quiero que te pase nada— eso es nuevo, nunca me
lo había dicho—.Bueno solo quiero
decirte que ya te he hecho un té, que está en la cocina y que mañana antes del
medio día me voy con Carlos de fin de semana volveré el domingo en la noche.
—
Vale cielo, no te preocupes por mí. Me voy a dormir—
digo, mientras le acaricio el hombro.
Cojo mi taza de té y
vuelvo a la habitación, vuelvo abrir el grifo y esta vez sí dejo que se llene la bañera hasta la mitad de
espuma y agua. Me meto en ella y por unos pocos minutos intento dejar la mente
en blanco. Pero no puedo, pienso en los exámenes que me quedan para acabar este
semestre, en que tengo que mantener la media para mi beca. Mierda, mi beca. No
me acordaba que puedo estar a punto de perderla. Tengo que hablar con Laura y
preguntarle que tanto conoce a ese Maclaing.
Y me encuentro
pensando en él otra vez, en sus ojos
oscuros y lo bien que le queda el pelo largo. Hasta hoy yo pensaba que un hombre
con el pelo largo era lo más espantoso del siglo, pero resulta que me gusta,
pero es difícil que ese hombre, en concreto, no le guste a todo el mundo. Sacudo
la cabeza, no quiero pensar en él, no quiero acordarme de su voz, ni de su mano
apretando la mía, no puedo pensar en su sonrisa, ni en la uve de piel que
siempre sobresale de su camisa.
Sigue
así, se queja mi subconsciente. Y aunque estoy de acuerdo con él, le ignoro
y salgo de la bañera. Mientras me froto la piel con mi desgastada toalla, me
permito pensar en un mundo en el que no importa si tengo o no beca para
estudiar o si por fin me voy a decidir o no a escribir esa historia que tantas
ganas tengo. Soñar, aún, es gratis Me paso la toalla por el pelo hasta dejarlo
casi seco y me pongo los desgastados pantalones de chándal y la camiseta azul
cielo que suelo usar para dormir. Voy hasta el ordenador y decido revisar mi
correo antes de irme a dormir, por alguna extraña razón he perdido el sueño.
Nada interesante,
tengo un descuento 2x1 para el cine, como si tuviera alguien con quien ir; un
correo sobre algo que se llama “Conejitas Playera” y solo por el título, sé que
no me interesa; y finalmente un correo del centro de salud de mamá. Me dicen
que ya han recibido mi transferencia y adjuntan una factura.
De repente me
encuentro pensando en mamá. Tengo que ir a verla, hace casi tres semanas que no
voy, pero realmente no he tenido tiempo, son más de ocho horas en coche, y no
puedo permitirme pagar un pasaje de avión. Tengo que ir en cuanto pase este
examen. Le prometí que pasaría el verano con ella, siempre lo hago.
Pensar en mamá siempre
me entristece y no quiero llorar, no voy a llorar, no hoy, no a esta hora. Así
que me meto en la cama apago la luz y dejo que me venza el sueño.
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