A él,
por hacerme dudar, siempre.
El aire caliente que se cuela por la
ventanilla del coche me avisa que estoy en casa. No importa la hora, aquí
siempre habrá calor, el calor de mi hogar. Sacramento es el mejor lugar para
vivir, incluso aunque quieras odiarlo. Las luces fundiéndose en el horizonte,
el olor a pizza y café recién hecho, hacen que me sienta como cuando tenía diez
años y me escapaba para ir a jugar con las sombras que se formaban bajo las
farolas.
El aire hace que el pelo bloquee
parcialmente mi vista, aunque después de estar horas con los ojos anegados en
lágrimas, qué importa que mi escurridizo cabello adorne mi rostro. La luna esta
noche no se ve, o es tal vez que esta tan desolada como yo, la diferencia es
que a ella realmente nadie la ha visto llorar, nunca.
Cuando descubrí a Erick con otra, las
fuerzas se esfumaron de mí como el aire de un globo que pinchan con una aguja.
Fue como caer en picado desde una altura en la que no sabía que estaba. Mi
coche fue el único agujero que sentí lo suficientemente mío como para
soportarlo. Así que conduje sin apenas maletas, sin preocuparme de nada, ni de
nadie.
La velocidad ayudó, y el aire secó
las lágrimas saladas que salieron descontroladas de mis ojos. No puedo creer
que la traición duela tanto. No es solo que el frío consuma todo mi cuerpo, es
como si mi corazón tuviera un hueco hondo a donde va toda la furia y la
decepción.
Pienso en la casa vacía llena de
tantos recuerdos felices como triste, no quería estar aquí sin mamá pero no me
queda más opción. No creo que la una de la madrugada sea una hora apropiada
para ir a por mamá. Siempre me sentido insegura en estas horas, nunca me ha
quedado claro si se consideran demasiado tarde o temprano, la verdad es que son
horas tan perdidas, como yo.
Conduzco inconscientemente por las
calles secundarias que me llevan a casa. Él el único hogar que había conocido,
el mismo que se desmoronó cuando yo era demasiado joven para entender el porqué.
Apago el motor del coche frente a
casa, no he estado aquí desde hace más de cuatro meses. Los mismos colores
tierra adornan la fachada, las mismas ventanas grandes, muestran las cortinas.
He echado de menos este lugar. Con paso firme me encamino hacia la puerta, ni
siquiera pienso sacar las maletas, solo necesito una ducha y mi cama.
Frente a la puerta, me quedo
pensativa, ni siquiera sé donde están mis llaves, rebusco bajo la puerta en el
enorme bolso. Nada, no consigo ver nada. Me dejo caer de rodillas sobre el piso
frío, y desparramo todas mis cosas sobre la escurra entrada. ¿Es que nada va a
salirme bien hoy?
—
¿Necesita ayuda?
La pregunta me sobresalta. Un agente
de policía uniformado habla desde mi coche. Entre la oscuridad apenas puedo
verlo.
—
No, gracias, agente.
— Me limito a decir.
—
Señorita… aquí no
vive nadie.
—
Esta es mi casa. —
Replico.
—
No sabía que la
señora Avrner, hubiera vendido. ¿Le importaría enseñarme sus documentos, por
favor?
Pregunta el agente mientras se
acercaba a mí. ¿Es que ni siquiera puede uno llegar a su casa sin un comité de
bienvenida de la policía? No es que tenga ningún problema especial con la ley,
es más bien con la policía de aquí, ese uniforme pálido, no hace más que recordarme
a mi padre, y bueno, no son todos buenos recuerdos, precisamente.
A veces, no sé si estoy dolida o
simplemente enfada, con mi padre por dejarnos, por hacernos daño, con los
vecinos por su compasión o incluso con mamá y conmigo misma por dejarle que nos
hiriera. La linterna ilumina mi cara mientras busco mi cartera, quizás es la
única forma de que me pueda ir a dormir.
La verdad es que cuando menos lo
necesitas hasta el aire te agobia, todos los recuerdos se agolpan y lo único
que consiguen es agrandar el hueco oscuro en el fondo de mi alma, que se
despedaza, sin que pueda hacer nada para detenerlo.
—
¿Katherine? ¿Eres
tú?
—
¿Me conoce?
Miró directamente al policía, hombros
anchos y definidos, moreno hasta los huesos, un pelo corto y perfectamente despeinado.
Grandes ojeras que ocultan el brillo de unos ojos verdes que se me hacen
familiares. No debe de tener más de treinta, así que no puede ser amigo de mi
padre. Hace años que ninguno de sus amigos se pasa por aquí. Hace ya demasiado
tiempo…Pero de alguna forma sus ojos se me hacen conocidos, ¿dónde he visto yo
esos ojos verdes?
—
Oh, lo siento si te
asusté, soy el agente Daniel.
Parece tan seguro… ¿Dónde lo he visto
antes? No tengo ningún tipo de aprecio significativo por los responsables de la
seguridad de esta ciudad. Todos los agentes que fueron a mis cumpleaños, a los
aniversarios de mis padres, fueron los mismos que sabían que él se iba a
escapar con la otra. Pero este policía parece demasiado joven, no puede ser de
la época de mi padre… Además nunca olvidaría una voz así de segura y autoritaria.
—
Lo lamento pero no
lo recuerdo, agente.
—
Por favor, llámame
Dereck, después de todo, solíamos ser vecinos.
La sonrisa que me muestra es
sencillamente reluciente, incluso en la oscuridad. Los Daniel han sido mis
vecinos desde que yo iba al colegio, recuerdo a una pequeña rubia, con uñas
rosas y un cabello largo, con lagrimas en sus ojos porque le habían destrozado
sus muñecas favoritas. Y recuerdo a su hermano, un niño largo y flacucho que
disfrutaba de tirar de mis trenzas y romper las muñecas de su hermana.
—
Oh, dios. ¿Tú eres
él?
—
Sí, el mismo que
destrozaba las muñecas de Ash y quería arrancarte el pelo.
Ambos nos reímos. Hay algo extraño en
volver a casa, es como si todo el mundo te conociera, como si realmente no
pudieras ocultar quien eres. Y por alguna extraña razón eso es del todo
liberador.
—
Creo que no te veía
desde que tenías diecisiete, has cambiado mucho. Casi te confundo con un
ladrón. — dice sonriendo.
—
Y tú, no sabía quién
eras. Te vez genial… al menos ahora tu estatura concuerda con el resto de tu
cuerpo.
—
Es una pena que no
pueda decir lo mismo, Katty. Siempre fuiste hermosa, pero estas echa un
desastre.
—
Gracias— replico.
—
O vamos, ¿hace
cuanto no duermes? ¿Has venido conduciendo?
—
Sí… estoy algo
cansada.
¿Qué tan horrible debo de estar?
Después de casi ocho horas de conducir, y no es que anoche halla dormido mucho.
Los recuerdos sobre mi última noche con Erick me golpean. No puedo evitar
pensar en lo diferente que sería todo si…
—
¿Oye, estas bien?—
parece realmente preocupado.
—
Oh, nada, es solo
que quiero dormir unas horas, mañana voy a traer a mamá a casa y quiero limpiar
y todo eso…
¿Y por qué le estoy contando todo a esto a
alguien que no veo hace años?
—
Si claro, entra en
casa. Si necesitas algo, llámame, dice entregándome una tarjeta. Ya no vivo con
mi padre, pero siempre ando por aquí. Le diré a Ash que has vuelto, vendrá a
verte.
Dice mientras sube a su auto. Fantástico,
para visitas estoy yo… pero bueno, tampoco puedo pretender que he desaparecido
del mundo. Espero, pero su auto no arranca.
—
Me iré cuando entres
en casa…
—
Vale— digo cuando
logro abrir la puerta—. Buenas noches, Dereck.
—
Buenas noches,
Katty.
Cierro la puerta y enciendo las
luces. Las paredes tienen el mismo color azul cielo que tanto le gusta a mamá.
Todos los muebles están tapados por sabanas blancas. Hace meses que nadie viene
aquí. Desde navidad no vengo a pasar días aquí, cuando vengo a ver a mamá algún
fin de semana a puente, no me molesto en arreglar la casa, me limito a limpiar
mi habitación o a quedarme en algún motel. Pero realmente no he dormido en esta
casa desde hace casi cinco meses.
Echo de menos el calor que se respiraba
cuando estamos mamá y yo en el sofá viendo películas absurdas o bebiendo té en
el porche. Solo espero que cuando vuelva
definitivamente aquí, dentro de un año, pueda traer a mamá a casa conmigo.
Subo las escaleras hasta mi
habitación, el mismo verde alegre en las paredes, mis estanterías abarrotadas
de libros y polvo. Y mi enorme cama. Hace años fue mi regalo de cumpleaños, el
lo último que me hicieron mamá y papá juntos…
Rebusco entre los cajones y coloco
sabanas limpias, abro las ventanas y voy camino al baño. Tomo una ducha fresca
y me coloco un pijama de Disney que tengo hace demasiado años, sí,
definitivamente, ha visto mejores tiempos.
Miro mi móvil, cuando me acuesto en
la cama, hay veintitrés llamadas perdidas, casi todas de Erick pero también hay
de Laura. Ni siquiera miro los mensajes. Borro todo en apenas dos segundos y
mando un mensaje de texto a Laura para que sepa que estoy bien pero no le sigo
que he vuelto a casa o cuáles son mis planes.
No importa que no sea su culpa, pero
no hay forma en la que pueda hablar con nadie ahora mismo, solo quiero intentar
dormir, ir a buscar a mamá y traerla a casa. Quiero olvidar, pero no es fácil.
La cama es fría y me siento sola, más sola de lo que nunca me he sentido, sin
rumbo, sin guía, ni siquiera encuentro fuerzas para mantener los ojos abierto.
Pero estoy en casa, a pesar de todo
este es el único lugar en el mundo al que siempre voy a volver. No hay forma de
que todos mis recuerdos sean buenos, sobre todo por papá, pero no puedo negar
que nunca me he sentido tan protegida como cuando he vivido en esta casa.
Son apenas las ocho de la mañana
cuando me despierto, alguien está aporreando mi puerta. Me toma unos segundos
reconocer donde estoy, la cabeza me está estallando. Los golpes se detienen y
considero tirarme otra vez sobre las almohadas y quedarme dormida cuando el
ruido vuelve a empezar.
—
¡Voy!— grito
mientras bajo los escalones de dos en dos.
Abro la puerta con intención de
mandar a quien sea de vuelta por donde vino, pero cuando abro la puerta un
torbellino de risos oscuros se me tira a los brazos.
—
Hola, Katty. No
puedo creer que estés aquí. —Me conoce, eso ya es algo—. No te he despertado,
¿cierto?
Cuando la chica me suelta, me mira,
tiene los mismo ojos oscuros que cuando teníamos seis años. Solo que ahora parece
más frágil que una muñeca de porcelana.
—
Hola, Ashlee, ¿qué
tal?
—
Muy bien, ¿puedo
pasar? He traído el desayuno.
—
Sí, claro.
La veo moverse con naturalidad hasta
la cocina, claro, la conoce. Esto es bastante extraño, no hemos sido amigas
desde que teníamos dieciséis años, desde que papá nos dejo. Pero cuando mamá
enfermo, a penas si nos saludábamos cuando la veía por el instituto. Vale,
puede que fuera yo, su madre y ella siempre ofrecieron su ayuda, pero ya hemos
acordado que yo no soy de las que acepta ayuda. Al menos no fácilmente.
—
No me podía creer
que estabas aquí. He venido a pasar las vacaciones y me estoy quedando con
Dereck. Él dijo que ibas a limpiar, así que pensé que necesitabas ayuda.
—
Eh… gracias Ashlee…
no tenías que molestarte…. Puedo hacerlo yo sola.
Es tan guapa como la recordaba, lleva
un chándal rojo, que bien podría ser de marca, lleva las uñas con manicura
francesa y el pelo recogido en una coleta. No veo rastros de la niña llorona
que adoraba a las barbies y estaba perdidamente enamorada de Brad Pitt.
—
Vamos a comer,
después limpiaremos todo, esto. Tienes que contarme como te va todo. Ya sé que
hace mucho tiempo que no hablamos, pero alguna vez fuimos amigas y eso tiene
que contar, ¿no?— pregunta.
—
Sí, claro que
cuenta, Ash.
La charla es mucho más cómoda de lo
que esperaba, resulta que está estudiando magisterio en la universidad de Nueva
York, la verdad es que nunca pensé en Ashlee encargándose de enseñarle a
alguien matemática. Según me ha dicho el siguiente semestre se traslada a San
Diego a terminar sus estudios.
Los pasteles que ha a traído están
deliciosos pero realmente aprecio el zumo de naranja. Echo de menos mi té rojo
de desayuno, pero aquí no tengo. Le cuento a Ashlee sobre mi especialidad en
psicología. Le cuento de mis planes de pasar aquí el verano y de que mamá
estará en casa.
Es entretenido poder hablar como si realmente
nunca me hubiera ido, papá no estuviera muerto y yo aún siguiera siendo la
misma de cuando tenía cinco años menos. Y lo mejor de todo es que casi consigue
que me olvide de Erick, pero casi no es todo.
—
Cámbiate de ropa,
que iré recogiendo aquí— dice cuando terminamos de comer.
—
No es necesario, en
serio, puedes irte a casa. Yo puedo encargarme de todo.
—
¿Estás echando de
aquí?— pregunta y parece molesta.
—
Por supuesto que no,
es que no quiero molestar.
—
Vamos a dejar claro
algo, Katty. Siempre consigo lo que quiero, y ahora mismo vas a subir a
cambiarte de ropa para que podamos dejar esta casa reluciente.
—
Vale…— digo mientras
subo las escaleras…— ¿Ash?— La llamo a mitad de camino.
—
¿Sí?
—
Gracias… realmente
te lo agradezco.
—
No hay de que,
Katty.
—
Ah, por cierto, es
Kathe.
—
¿Cómo?— pregunta
confundida.
—
Ya nadie me llama
Katty, exacto mamá.
—
Kathe será—dice
sonriente y vuelve a lavar los vasos.
Son las tres de la tarde cuando me
subo a mi coche. Estoy ansiosa por ver a mamá, la he llamado hace apenas unos
minutos y está tan emocionada como yo. No he podido contarle nada sobre Erick,
ella no sabe que estoy aquí desde ayer. No podré ocultárselo demasiado tiempo,
pero sonaba tan feliz cuando hablé con ella que apenas tengo corazón para
sentirme mal estando con ella. Insiste en que tiene sorpresas para mí, aunque
ella sabe que mi mejor sorpresa es ella, estando sana y feliz.
Mientras conduzco por las abarrotadas
calles empieza a sonar mi móvil, y lo ignoro. Sé que tengo que llamar a Laura,
pero no quiero, si lo hago ella podría decirle a él. No estoy segura de si ella
realmente sabía que Erick estaba jugando conmigo, sinceramente, no lo creo,
pero soy demasiado cobarde para comprobarlo. Cualquier cosa que me recuerde lo
feliz que era hace 24 horas provoca un estremecimiento en todo mi cuerpo.
Estaciono el coche justo frente a la
puerta, así podré traer la maleta de mamá, ella nunca se lleva más que ropa, y
ni siquiera toda porque sabe que tendrá que volver, lo que la enloquece tanto a
ella como a mí, pero sabe que esto lo hago por las dos.
Paso el control de identificación y a
cada segundo estoy más ansiosa por verla. Son muchos meses desde que la vi por
última vez, recuerdo su ojos húmedos, tratando de aparentar que todo está bien.
Camino de forma automática por los pasillos
vacios y silenciosos, mirando los números de las puertas, tratando de llegar a
la habitación 27. Toco silenciosamente la puerta y espero a que alguien me abra
la puerta, pero en su lugar, escucho las claras indicaciones de que me adentre.
Mi primer impulso es mirar a la cama,
en la que siempre está mamá cuando vengo a verla. Pero esta vez está vacía y
totalmente blanca. No hay nadie en ella, ni siquiera parece la habitación de mi
madre. No hay marcos de fotos, ni un jarrón con flores frescas, es del todo
impersonal, casi como cuando la traje hace tres años. Por un segundo pienso que me he equivocado de
habitación cuando una muy sonriente Taylor Avrner me mira desde el extremo
derecho de la habitación.
Luce extraordinariamente guapa, más
joven de lo que realmente es, no hay sombras oscuras bajos sus ojos, su piel
está sonrosada y morena, no parece cansada ni medicada, ni siquiera luce triste
o deprimida. Me recuerda a la joven dicharachera que me arropaba por las noches
y veía la televisión conmigo.
—
Hola, cariño.
—
Mamá.
Un grito ahogado se escapa de mi garganta
cuando mamá envuelve sus brazos a mí alrededor. Huele a limpio y dulce, esa
clase de olor que te hace sentir tranquila y a salvo. Trato de ahogar mis
lagrimas, pero se escapan unas pocas silenciosa, no solo por la emoción de
volver a ver a mi madre, sino porque ella luce bien y la voy a tener conmigo
por un tiempo.
—
Oh, Katty, estás
preciosa. ¿Dónde están tus sudaderas y vaqueros? No recuerdo haberte visto
nunca así.
—
Oh, mamá te echado
tanto de menos. — Digo. Es imposible que esta mujer no se diera cuenta del más
mínimo detalle. Pese a que este discreto vestido veraniego me lo regalo ella.
A pesar de estar enferma y deprimida
hasta el punto de destrozarnos a las dos, hay dos cosas que nunca han cambiado
de mi madre, la primera es ese horrible apodo que por el que me llama desde que
tengo uso de razón. ¿La segunda? No necesita siquiera verme para saber
exactamente lo que me pasa, no importa la distancia, pero claro, son cosas de
madres.
Mi madre siempre ha sido una persona
especial, nadie que la conozca, no la ama, ella es esa clase que mujer que
ayudaría hasta a su peor enemigo, sin capacidad de odiar o guardar rencor, y
esa es precisamente la razón por la que está en este lugar. Lo que nos trae a la cuestión principal.
—
Mamá, ¿qué diablos
ha pasado aquí?
—
Esa boca, niña. Ven.
Me guía al horriblemente incomodo
sofá azul de su habitación, y veo junto a su cama dos maletas perfectamente
echas y cerradas, además de cajas de cartón, del tipo que usas en una
mudanza. Es mucho más de lo que llevaría
para pasar el verano conmigo.
Empiezo a preguntarme si la han
echado de aquí, si he olvidado pagar algún plazo y ahora ella no tiene donde
quedarse, los nervios y el temor me inundan.
—
Mamá, me estoy
asustando.
—
No pasa nada malo
cariño, al contario, todo es perfecto ahora. — toma un profundo suspiro y
continúa hablando—. Me han dado el alta. De hecho, podría haberme ido hace una
semana, pero hemos decidido esperar a que regresaras a casa y tú misma pudieras
hablar con el doctor.
—
Perro mamá, no
pueden echarte de aquí. — le digo, casi indignada.
—
Claro que pueden, ya
estoy bien, no necesito ni supervisión ni estar medicada…
—
Pero…— la interrumpo
aunque mis palabras se atasquen.
Aun puedo recordad sus ataques
depresivos, no quiero volver a verla así. Odio verla encerrada, pero no quiero
que ella intente hacerse daño o deje de comer, no puedo estar tranquila si
siento que ella corre peligro.
—
Veras, hace meses
que los médicos han ido reduciendo mis medicamentos, ya no tengo ataques, no
necesito ayuda, estoy bien, y recuperada.
Mamá me abraza contra su pecho y no
puedo dejar de llorar, lloro porque son las palabras que he querido oír desde
hace años, porque ella luce realmente bien y porque la emoción es más poderosa
que cualquier otra cosa que haya sentido antes.
Las siguientes horas pasan como un
borrón, hablo con los médicos que me explican la situación de mi madre, como
ella está perfectamente y que quería darme la sorpresa, por eso me lo
ocultaron. Me aseguran que puede estar
sola incluso cuando yo vuelva a la universidad, que podría conseguir un empleo
o crear un negocio, es lo que al parecer, ella quiere. Mamá está sana,
realmente bien y lista para empezar de nuevo.
Es triste verla despedirse Carol y de su
espacio, lo que ha sido su hogar los últimos años pero parece realmente feliz
de volver a casa conmigo. Y si ella está bien, nada puede salir mal.
Cuando finalmente sus cosas están
apretujadas en la parte trasera del auto, le pregunto si quiere ir a algún
lugar antes de llegar a casa pero ella niega con la cabeza sonriente. Mira
hacia todos lados con ojos de quinceañera, como si el lugar en el que a vivido
toda su vida fuera nuevo.
Le pregunto si quiere ayuda para
desempacar pero ella declina la oferta. La dejo sola para preparar algo de
comida y porque estoy segura de que necesita algo de tiempo a solas.
Estoy preparando el glaseado de
chocolate para el pastel favorito de mamá cuando mi teléfono suena y lo cojo sin
siquiera mirar quien me llama.
—
Kathe, por fin— dice
Laura con un suspiro de alivio—. Eres una terrible amiga, ¿Sabes lo preocupada
que estoy por ti? ¿Cómo y dónde estás?— exige tan rápido que soy incapaz de
contestar.
—
Estoy en casa— digo
por fin. Tratando de omitir sus otras preguntas.
—
¿Estás bien? Erick
me conto lo que paso.
La
sola mansión de su nombre hace que la misma cantidad de alegría y odio corra
por mis venas. Nada puede trae tantos recuerdos confusos como él.
—
Estoy tan bien como
se puede estar, pero realmente no quiero hablar de él. Prométeme que no vas a
hacerlo o cuelgo ahora mismo.
—
Vale, Kathe lo
prometo. Tú también eres mi amiga. Pero deberías escucharlo… tiene una explica…
—
Laura…— le
interrumpo con la voz a punto de quebrarse, realmente no puedo ori hablar de
Erick no lo podría soportar.
—
Vale. Cuéntame sobre
tu madre. ¿Qué tal esta?
Le digo las buenas noticias, y sé que
se alegra sinceramente. Me habla de sus
planes de verano con Carlos y que echa de menos que cocine. Lo que es
totalmente comprensible porque se le quema hasta el agua y una persona no puede
vivir a cereales y comida china.
Le prometo cogerle el teléfono cuando
llame, bajo la amenaza de aparecerse por aquí y cuelgo justo unos minutos antes
de llamar a mamá para cenar.
Cenamos en la pequeña mesa de la
cocina, la del comedor es demasiado grande para nosotras dos. Mamá me cuenta
sobre su idea de abrir una tienda en la ciudad, con el dinero de sus bolsos y
bufandas hechos a manos que vende por internet. Tiene dinero ahorrado y quiere
dármelo, niego inmediatamente, no puedo aceptar ni un centavo de ese dinero.
Si no he tocado el dinero que dejo el
seguro y la pensión de mi padre tras su muerte, no pienso usar el de ella.
Siempre he conseguido las cosas por mi misma y eso no tiene por qué cambiar
ahora.
Me retiro a mi habitación porque
realmente ya no puedo seguir mas con esto, la llamada de Laura me descoloco
bastante. Pensar en Erick es doloroso y arrebatador. Mi cuerpo extraña sus
manos y mis labios su sabor, hecho demasiado en falta poder tener algo profundo
aunque no tuviera sentido, Erick es parte mi, sin que pueda hacer nada para
evitarlo.
Mi cama está demasiado fría y
solitaria, mi vida está demasiado vacía sin él. Pero me engañó, no logro sacar
de mi cabeza a la hermosa mujer colgada de su cuello, besándolo. Ella lo llamo
su prometido.
Y entonces las lágrimas vuelven y me
consumen, las noches son el único momento en el que me permito sentir realmente
el dolor que controla mi corazón. Y sigo llorando hasta que me duermo.

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