A él, porque cuando lo lea,
va a querer matarme.
va a querer matarme.
Sublime, es la única
palabra que se me ocurre para describir el lugar en el que estoy, todo tan
verde, lleno de flores. Estoy en un campo en plena primavera. Puedo oler la
tierra mojada, escuchar el trinar de los pájaros, incluso puedo sentir el calor
del sol sobre mi rostro. El cielo está tan despejado que no puedo creer que
tanta paz exista en un pedacito de tierra. Puedo escuchar un río cerca y ver
como fluyen las aguas claras. Es como si de repente me hubiera transportado a
un pedazo de paraíso perdido.
De repente un hermoso
perro blanco, se acerca corriendo, su pelaje esta mojado y menea la cola con
rapidez. No puedo evitar acariciarlo. Tiene los ojos muy oscuros y un collar
marrón que le cuelga del cuello, lleva un nombre, Erick. ¡Qué nombre tan
extraño para un perro!
—
¿Quién dejaría solo a un perro tan guapo? ¿Te has
perdido?
La pregunta
es, por supuesto, retorica, pero para mi sorpresa una voz me contesta.
—
No,
Kathe. No me he perdido, te estaba buscando, así que despierta, despierta de
una vez. Despierta….
Abro de pronto los ojos. Miro
hacia todos lados agitada, estoy en mi habitación y Laura está a la derecha de
mi cama.
—
Despierta
Kathe, pasan de las nueve, tu nunca duermes hasta tan tarde.
Cuando por fin me centro y la
miro a los ojos, me sonríe, lleva puesto el chándal y los auriculares
colgándole del cuello. ¿Habrá ido al
gimnasio? Es extraño verla vestida así, es como si de alguna forma, fuera más
normal. ¿Ha dicho que son más de las nueves? Siempre me levanto antes de las
siete de la mañana, tal vez es porque me acosté tarde anoche. Todos los
recuerdos del día anterior vienen a mi mente. Erick, la flor, la máquina de
café, mis bragas de abuela. Mierda, mierda, mierda. No quiero acordarme de nada
más.
—
Vamos
levanta. Voy a prepararte un té mientras te duchas. No tardes.
Hago lo que me dice, me doy una
ducha rápida y me pongo, unos vaqueros negros y una sudadera azul. Hace frío,
más del que pensaba. No entiendo cómo puede hacer tanto a principios de junio. Es
del todo absurdo.
Mi mente divaga por los
recuerdos de la noche anterior, he soñado con un perro llamado Erick, que
gracioso, ahora sí que tengo clara la especie de la que es. Ya, algo guapo, adorable e imposible.
Dice entornando los ojos mi subconsciente, maldita sea, llegará un punto en que
me odie a mi misma por su culpa. Lo peor es que tiene razón y me fastidia.
—
Kathe,
te ha llegado un paquete— dice Laura cuando me siento junto a ella en la
cocina—. He tenido que firmar.
—
¿Qué
es?—Pregunto con la boca llena de cereales. Me estoy volviendo una mal educada.
—
No
lo sé—dice encogiéndose de hombros, pero tiene los ojos saltones, algo se trae
entre manos.
- Tal vez es por lo de su fin de semana con
Carlos, tengo que preguntarle a donde la va a llevar.
—
¿Dónde
está?— pregunto
—
Encima
de la mesilla de centro.
Me encamino hacia el salón
cuando termino de comer y Laura me sigue dando pequeños saltitos eufórica.
¿Será alguna broma? ¿Tal vez es un regalo de ella para mí? Nadie me manda
regalos, nunca.
La cajita azul tiene un enorme
lazo rojo, totalmente inapropiado para alguien como yo, pero estoy segura que
si fuera de Laura, sería rosa, de eso no hay duda. Lo muevo un poco, no suena
nada y no pesa en absoluto. ¿Qué será?
Ábrelo de una maldita vez, dice mi subconsciente. Y eso hago
Desgarro el papel casi con
miedo de que estalle una bomba. Cuando la abro, estoy a punto de jurar que no
es para mí. O que, definitivamente, es alguna broma, de esas desagradables y
humillantes. Sobre papel de seda dorado encuentro
una cosa diminuta de encaje negro, creo
que la gente lo llama ropa interior.
Esto tiene que ser una broma,
me repito a mí misma. Me dejo caer en el sillón con la pequeña pieza de ropa
dentro de la caja. No doy crédito a lo que estoy viendo, ¿Qué se supone que
significa esto?
—
Y
bien, ¿qué es?—pregunta ella, parece curiosa, realmente ella no tiene nada que
ver con esto.
Levanto con la mano derecha y
sin mirar el trozo de encaje y se lo muestro. Es muy suave y tiene pinta de ser
caro, debe de ser algo promocional. Claro, esa sería del todo una respuesta
lógica. Sus ojos están abiertos como platos. Lo examina con sorpresa.
—
¿Quién
te ha enviado esto? Es lencería—la miro con cara de ¿enserio? Como si yo no lo
supiera. Niega con la cabeza. — No es eso lo que quería decir, me refiero que
esto es exclusivo de Victoria Secret´s, es lencería fina y muy cara.
—
Pues
no sé quien pudo enviármela.
—
Oh
¿has mirado en la caja? Tal vez traiga remitente o una nota.
La verdad es que no había
pensado en eso, rebusco bajo el papel de seda de la caja y nada, es entonces
cuando miro en la tapa, allí hay un sobre negro. Que mal rollo me da todo esto.
Lo retiro y saco la nota que hay dentro, cuando abro el papel doblado, cae a
mis pies una tarjeta. Laura la recoge y la mira brevemente, luego me la
extiende, pero niego con la cabeza y la miro de forma interrogante.
—
Es
un número de teléfono—me dice—. Vamos lee, me está matando la curiosidad— me
anima.
Señorita Steven:
Estas sí que no son bragas de
abuela, ni huelen a café. Espero que la próxima vez que te vea, las lleves
puestas. Llámame.
Erick Maclaing
Me quedo un segundo perdida, y
vuelvo a leer la nota, una y otra y otra vez más. Ni mi cerebro, ni mis ojos
dan crédito a lo que están leyendo. Esto es una broma de muy mal gusto.
—
Pero
como se atreve ese, hijo de…Dios mío, yo no soy juguete de nadie, pero me va a
oír, aunque me saquen de la Universidad, ese maldito pervertido me va a oír.
—
¿De
quién hablas?— pregunta en tono inocente.
—
¡Cómo
si no lo supieras!— la acuso—. Dime ¿qué tan amiga eres de ese... de esa cosa?
Dímelo Laura. —Exijo—.¿Tu le diste nuestra dirección?— ella asiente con la
cabeza
Esto es lo que único que me
faltaba, ha sido él, ese... ese maldito… Y
delicioso hombre, agrega mi subconsciente, Cállate, le grito. Y ahora me estoy peleando conmigo misma. Definitivamente
me estoy volviendo loca. Tendré que ir hacerle compañía a mamá al hospital. No
estoy segura de si es o no legal pero ahora mismo tengo ganas de agarrar a
alguien por el cuello y no soltarlo hasta que lo vea morado, como una uva. Lo
peor es que no es solo es él, sino ella, mi compañera de piso se ha vuelto una
completa lunática. La fulmino con la mirada.
—
No
me has respondido, Laura—creo que nunca había estado tan enfadada en toda mi
vida— ¿Qué tan amiga eres de él?
—
Es
mi mejor amigo— dice y parece avergonzada.
—
Creía
que tu mejor amigo se llamaba Mike y que vivía en Londres— le reclamo.
—
Es
él, cuando era pequeña no me gustaba Erick ni sabía decir Maclaing— ¿pequeña?—
Así que siempre le he dicho Mike, y sí, vivió en Londres hasta hace dos semanas.
Acaba de llegar. Por favor, Kathe, relájate, nunca te había visto así—ignoro su
suplica y sigo con mi interrogatorio.
—
¿Y
la dirección? ¿Cómo sabe que vivo contigo?
Le hago una señal con la mano,
para que pare, realmente no quiero saber la respuesta. Esto no me puede estar
pasando a mí. Ahora, no solo me tengo que ir de la Universidad, sino también de
la casa de Laura. Por Dios, ¿A dónde voy a ir? ¿Dónde voy a conseguir un
alquiler barato y un nuevo trabajo? ¡Qué mala suerte!
Pero esto que está haciendo se
llama acoso. No importa que tan dueño sea de la universidad, no puede burlase
así de una persona. ¡Maldito niño rico! Tengo que hablar con él, tengo que
sacarme toda esta furia de dentro o voy a estallar. Si él logra convencer a su
familia de que me deniegue la beca, sin duda convencerá a Laura de que me eche
de aquí. Pero bajo ningún concepto voy a permitirle que me trate como a una
maldita muñeca de trapo. ¡Nadie va a jugar conmigo!
—
Dame
es maldito teléfono, voy a llamarlo.
—
Genial—
dice ella emocionada, ¿es que le causa gracia?
Marco el número con dedos
temblorosos, tengo tanta rabia, hacia Erick, hacia Laura….
—
Maclaing—dice
con voz dulce.
—
Tu,
tu…perro ¿cómo te atreves hacer esto?— grito sin importarme con quien estoy
hablando o quien me este mirando.
—
Buenos
días, Kathe. Qué bien que recibieras mi regalo. Por lo de perro deduzco que no
te gusto mucho.
¡Pero qué cinismo!
—
Si
en algo valoras tu vida, más te vale tener una buena explicación para saber mi
dirección, nombre completo, etcétera.
Mientras hablo suena el timbre de la puerta y lo
ignoro, Laura está de pie junto a la mesa, mirándome perpleja, pero aún así
parece divertida. Vuelve a sonar el timbre.
—
Vamos
abre la puerta y podemos hablarlo cara a cara.
¿Qué?
Pero para entonces ya Laura
abrió la puerta y la veo abrazarlo. Mierda, está aquí. Laura lo hace pasar. Él
cuelga el teléfono y me mira a los ojos. ¿Cómo
puede ser tan guapo? Pregunta mi subconsciente y me auto fulmino con la
mirada. Se calla, por fin.
Y aquí estamos, él mirándome
fijamente y yo manteniéndole la mirada. Tiene a Laura cogida de la cintura, y
ella le dice algo al oído, pero Erick sigue sosteniéndome la mirada, y la rabia
corre por mis venas. Veo que Laura le entrega algo, aunque no muevo los ojos
para saber que es. Ella camina hacia la puerta. ¡Traidora!
—
Bueno,
yo me voy a correr —ambos le fulminamos con la mirada ¿Es que no se da cuenta
de lo que dice?— Ups, eso ha sonado fatal ¿A qué si? —Ninguno contestamos— Y
pasáis de mí, bueno, divertíos chicos. Hay condones en el baño.
—
Lau…—
le advierte él.
Ella niega con la cabeza y sale por la puerta,
colocándose los auriculares. Y nos deja aquí, solos.
—
Soy
todo oídos, insúltame todo lo que quieras—dice levantando las manos hacia
adelante.
—
¿Quién
eres?— es lo único que puedo preguntar.
—
Creo
que eso ya lo sabes— dice y me regala una sonría embriagadora, pero me da
igual, o eso creo.
Niego con la cabeza, está
jugando conmigo y yo cada vez, estoy más cargada de frustración y cuando me
frustro lloro, hace mucho tiempo que no lloro y no quiero empezar ahora.
Vuelvo a mirarle y sus ojos son
una perdición, la rabia deja de fluir por mi cuerpo, ahora ya no me siento
enfadada. Me siento frágil y débil como un orquídea bajo una tormenta en medio
de la noche. Y estúpida, me siento la más estúpida del mundo. ¿Por qué empezó
todo esto? No quiero recordarlo, solo quiero cerrar los ojos y dormir.
Quiero hablar pero no sale ni
una sola sílaba de mis labios. Me dejo caer sobre el sofá y me abrazo las
piernas mirando al suelo. Puedo escuchar sus pasos a través del salón y se
sienta a mi lado. Se acomoda en el lado opuesto, guardando distancias. Mejor
porque ahora mismos estoy tan temperamental que no sé que sería capaz de hacer.
Ambos guardamos silencio durante un rato largo, mucho rato.
—
Oye,
¿Estás bien?—pregunta.
—
Lo
siento, no sé… no sé que me pasó. Yo, yo no soy así. —vuelvo a guardar
silencio—. No estoy acostumbrada a que jueguen conmigo. Nunca me había pasado
algo así.
No estoy cien por ciento segura de que haya
dicho esa última frase en voz alta.
—
Solo
era una broma—se queja—. No sabía como más acercarme a ti. Laura siempre ha
dicho que eres tan seria y reservada— ¿Qué Laura qué?—. Pero después me dijiste
aquello en el baño y…
Se queda en silencio y niega
con la cabeza. Yo no entiendo. Realmente habré dicho alguna estupidez, intento
hacer memoria, y viajo en un segundo a la noche más humillante de mi vida.
¿Qué fue lo que dije? Ah sí,
algo de que me comiera con galletitas, inmediatamente me sonrojo. No puedo
creer que haya dicho eso en voz alta. Definitivamente tengo que dejar de beber
té por la noche, porque el exceso de teína empieza a afectar gravemente tanto a
mi sentido común como a mi sistema nervioso.
Escucho como la puerta se abre,
es Laura, que entra sudada y con cara de agotamiento.
—
Bueno,
al menos no habéis prendido fuego a la casa.
—
Laura,
por favor— le suplico, ella levanta las manos indicando son de paz y nos sonríe
a ambos.
—
Vale
ya paro, me voy a duchar que Carlos viene por mí en media hora.
Y como mismo viene, desaparece
dando saltitos de pura euforia, tengo que preguntarle como hace para estar todo
el día tan feliz.
—
Bueno
creo que debería irme— No, grita mi
subconsciente—Es obvio que mi presencia te molesta. Prometo no molestarte más.
Espero verte algún día por ahí.
—
Sí,
claro— digo irónica e involuntariamente.
—
¿Pero
por qué haces esto? Vale, me pasé. Pero no voy a decir que lo siento porque no
es así. — será cínico—. Explícame por qué has dicho eso, ¿por qué el tonito
irónico? No lo entiendo
—
“Espero
verte algún día”— digo haciendo una pobre imitación de su voz—. Como si eso
fuera a pasar, alguna vez. Por tu culpa me quedaré sin estudios y sin casa.
Me mira como si realmente no supiera de
que estoy hablando. Parece confundido, y muy concentrado, como si intentara
bajo cualquier forma seguir el hilo de mis pensamientos, lo que es todo un
mérito, porque ni yo misma consigue entenderme muchas veces.
—
Oh vamos, no me pongas esa cara. En cuanto salgas
por esa puerta, se acabo el juego ¿no? Y yo me quedo sin beca, señor dueño de
universidad y sin casa, míster mejor amigo de mi casera. Deja de mirarme como
si estuviera demente—le grito.
Ahora que lo pienso es la primera
vez que hablo con un hombre sobre mí, sobre cómo me siento o soy, así que
vuelvo a mirarlo fijamente. Su mandíbula está desencajada y tiene los ojos muy
abiertos, parece ofendido. Te pasaste, y
mucho, grita mi vocecita interior. ¡Pero si no he dicho más que la verdad!
Me defiendo.
—
¿Es
eso lo que piensas que voy hacer? Pero si no me conoces. Qué mal concepto
tienes de mí.
Me está mirando fijamente y yo
intento no sostenerle la mirada, sus ojos antes brillantes parecen más
decepcionados y yo me siento mal por hacerlo sentirse así. Que desastre, mi
cabeza da vueltas y vueltas. Me siento mareada. No sé que sería capaz de dar por despertarme
otra vez ayer por la mañana y que nada de esto volviera a suceder. Bajo la
cabeza, no puedo mirarle y me abrazo más a mis piernas, miro el suelo, no
quiero escucharlo quiero que se vaya y a la vez que se quede.
—
Yo…—
empieza a hablar pero se detiene, toma un suspiro y solo entonces, continua—.
Yo solo quería conocerte, Laura me había hablado mucho de ti y cuando me dijo
que eras la de las flores— sacude la cabeza— no podía creérmelo. Soy muy
bromista, me gustan las bromas y lo de las bragas… es que no se me ocurría otro
pretexto para volver a verte—. ¿Quería volver
a verme? ¿A mí? ¿Por qué?—.Yo nunca haría eso de lo que me acusas, supongo que
si me conocieras lo sabrías. Yo solo quiero conocerte. —Agrega al fin.
Repito ¿Por qué? Yo tenía razón,
sabía que era mejor no hablar, tenía que haberle dejado ir. El viernes tenía
que haber vuelto a la cama. Concéntrate Katherine, ha dicho que te quería ver, ¡qué te
quiere conocer! ¿Cuántos hombres te han preguntado eso alguna vez? Grita la
molesta vocecita de mi interior
—
Ah—
le respondo tanto a ella como él.
La habitación de repente gira a
mí alrededor, se vuelve más pequeña y cálida, pero entonces recuerdo la tarde
del viernes. Él llevaba flores, para una mujer, sigue jugando conmigo. O, tal
vez, solo quería conocer a la compañera de piso de su amiga. Y eso tiene menos
sentido aún. No entiendo nada. Sigo pensando que esto no es más que el juego de
un niño rico, para pasar el rato mientras su novia se ha ido en su jet privado,
de compras a Paris.
Veo entonces, como Laura sale
de su habitación con una pequeña maleta rosa, lleva un vestido rojo, sin
espalda anudado a al cuello y corto, demasiado corto, con tacones y bolso a
juego. Esta deslumbrante pero eso no es algo nuevo. Ella siempre va impecable.
Tanto Erick como yo la seguimos con la vista, él se levanta y como todo un
caballero inglés, recoge la maleta y la lleva hasta la puerta.
—
Gracias
Mike— dice ella con dulzura y le deposita un tierno beso en la mejilla.
Ambos se están sonriendo,
parecen dos hermanos que hace mucho tiempo que no se ven. Hay tanta ternura y
complicidad en su mirada, todo tan limpio y puro. Yo siempre he querido tener
hermanos, no uno sino dos o tres, incluso cuatro, pero siempre he estado yo
sola y nunca encontré a alguien en quien confiar lo suficiente, bueno hasta que
conocí a Laura, pero aún así, nunca nuestra relación fue tan estrecha, en gran
parte por culpa mía. Como ha dicho él, soy demasiado reservada. Vuelvo entonces
a la realidad cuando Laura se sienta en el sillón entre Erick y yo. Ella pone
su mano sobre las mías y me mira a los ojos.
—
¿Estás
bien?— pregunta inquieta—. Si quieres me puedo quedar contigo—. Sé que lo dice
sinceramente pero también se cuanto desea este viaje, así que niego con la
cabeza. Ahora fija sus ojos en Erick—. ¿Qué tal está Emily? Solo la he visto en
fotos.
En cuanto Laura la nombra, a
Erick se le iluminan la mirada, como si acabaran de hablar de las estrellas.
—
Es
preciosa, tienes que conocerla. No me puedo creer que por fin esté aquí, me
cuesta mucho estar lejos de ella.
Lo sabía, sabía que tenía
novia, y es obvio que la quiere, solo el escuchar su nombre hace que brillen
sus ojos y habla de ella como quien habla de una diosa. Y siento envidia, nunca
nadie ha hablado así de mí y creo que nunca nadie lo hará.
—
¿Le
has mostrado las fotos a Kathe?— le pregunta Laura—. Seguro que le encanta
Emily.
—
No,
gracias— digo con pesantes—.No necesito ver
fotos de su novia, no es necesario.
Ambos comienzan a reírse, a
pierna suelta. Les parezco graciosa. Genial, me alegra divertirles. Lo que pasa es que estas celosa. No te
escucho, me digo a mi misma.
—
Emily
es mi hermana— dice Erick de forma explicativa—. Nació ayer; las flores eran
para mi madre. Es mi única hermana, y estaba muy nervioso. Regresé de Londres
solo para conocerla.
Me siento estúpida. Bueno, más
que eso. Aunque si ha dicho que regresó de Londres solo para conocerla, ya la
conoció, significa que volverá a irse. Eso no me gusta, aunque no tengo claro
el porqué.
—
Felicidades—
digo al fin.
Con un leve asentimiento de
cabeza me agradece y por un momento me siento incomoda, como si yo no
perteneciera a este cuadro y tuviera que irme, pero la mano de Laura sigue
sobre mi pierna, ella quiere que me quede. Algo está tramando, hay algo que
ella sabe y que yo no y creo que no me va a gustar en absoluto.
—
No
te preocupes Kathe, Erick no tiene novia —dice ella. ¡Como si me importara! Mi
subconsciente pone los ojos en blanco y yo la ignoro—Carlos llegará por mí en
cinco minutos. ¿Te quedas al final?— pregunta a su mejor amigo.
Pero yo no estoy segura de a que se
refiere. Él asiente pasivamente con la cabeza y sé que algo está pasando y que
yo no lo sé.
—
Puedes
quedarte mi habitación. No volveré hasta mañana en la noche y para esa hora, ya
estarán todo en casa.
—
Gracias.
Esto quiere decir que él se va
a quedar aquí. ¿Y yo donde voy a dormir? Pensé que si ella iba a echarme, me
avisaría unos días antes al menos. Laura no me haría eso, maldita sea, no
debería estar divagando aquí. Tengo que preguntárselo.
—
Laura
¿Me estas echando?— pregunto con voz muy baja.
—
Claro
que no—dice perpleja— ¿Por qué habría de echarte?
—
Le
estás diciendo que puede quedarse, supuse que yo…—dejo la frase inconclusa y me
encojo de hombros.
—
No,
cielo. Como Emily nació, los padres de Erick pasarán la noche en el hospital y
él no quería quedarse solo en esa casa tan grande, así que le ofrecí nuestro
sofá por una noche, pero ya que yo me voy, puede usar mi habitación.
—
Si
te molesta puedo volver a casa— dice inmediatamente Erick—. Si tenías planes o
habías invitado a alguien, no molestaré.
—
Tranquilo,
Mike. En los casi tres años en los que he vivido con Kathe, nunca ha traído a
un chico a casa.
—
Laura—la
regaño mientras me sonrojo.
—
Perdón,
no pensé que tu vida sexual fuera un secreto—. ¿Pero qué vida sexual? Grita mi subconsciente.
Si sigo sonrojándome de esta
forma, para las ocho de la noche seré una manzana madura. Mientras pienso en
eso, el teléfono de Laura suena. Y habla durante unos segundos, supongo que
será Carlos, porque finaliza diciendo <<Ya salgo>>
Besa mi mejilla derecha, abraza
a Erick y con su contoneo habitual abandona la habitación y su casa, hasta
mañana por la noche. Dejándome a sola con Erick Maclaing.
Esto es terriblemente incomodo,
y a la vez fascinante. No sé muy bien cómo actuar, e involuntariamente me
encuentro buscando los botones desabrochados de su camisa. No lo están, y un
leve aire de decepción se cruza por mis ojos. Me revuelvo incomoda en el sofá,
pero continuo en silencio y él hace lo mismo, no soy capaz de recordar de que
hablábamos antes de que Laura llegara.
Me levanto silenciosamente y me
voy a mi habitación, sin mirar atrás. Después de todo él no es más que el
invitado de mi casera, o algo así, no le debo ninguna atención especial. Además,
sigo enfadada porque me regalara lencería, fina y cara.
No sé cuantas horas paso tirada
en la cama, haciendo solo eso, no puedo leer, ni estudiar, no puedo
concentrarme en nada que no sean los ojos celestiales de Erick mirándome
fijamente, que por algún error divino, ahora estas grabados en mi cerebro. Creo
que de tanto mirar el techo blanco, ya aparece su cara en él.
Las noticias se hacen eco en mi
cabeza, no es que les esté prestando atención alguna, pero de alguna forma,
escuchar a alguien hablando hace que me sienta menos sola.
Estas
actuando como una niña, dice mi subconsciente y por una
vez, estoy de acuerdo con él. Lo extraño es que normalmente me acusa de ser
demasiado seria. Como cambian las cosas, pienso y la vocecita está de pleno
acuerdo, otra vez.
El sonido de unos dedos sobre
la puerta, me sacan de ese mundo extraño en el que me gusta estar últimamente y
me hacen volver a la tierra. ¡Mierda es él! No quiero que entre aquí, pero me
encuentro diciéndole que pase, involuntariamente. ¡Malditos modales!
Y aquí está, parado frente a la
puerta de mi habitación. El lugar donde ningún otro hombre ha estado jamás. Ha
sido lo suficientemente listo como para dejarla abierta. Buen chico. ¿Qué hace
aquí? Lleva vaqueros verdes ajustados y una camiseta blanca que se le pega al
cuerpo, de una forma tan sexy. Oh dios, estoy usando la palabra sexy cuando
hablo de un hombre. ¡Y vuelve a estar desclaso!
No hay forma en la que
voluntariamente, aleje mis ojos de Erick. Él también me está mirando fijamente,
solo que yo no sé lo que él está pensando y que me gustaría saberlo.
—
Hola.
—
Hola—contesto.
—
Voy
a pedir una pizza para cenar ¿Quieres algo?
¿Cena?
¿Cuánto tiempo llevo aquí? Ya debe de ser de noche.
—
¿Qué
hora es?
—
Casi
la siete— me responde cuando mira el reloj.
Llevo aquí encerrada más de ocho horas,
definitivamente, yo soy un caso perdido, me he saltado el almuerzo, y ni
siquiera me había planteado comer algo. Pero tengo hambre, de hecho estoy
famélica, así que no me queda otra que salir de aquí.
—
No
como pizza pero gracias—.Sus ojos son curiosos—. Engorda.
Es lo primero que se me ocurre, no voy
a explicarle que no me gusta particularmente la comida basura y menos la pizza.
Estoy casi segura que si a eso le agrego que odio el café y el helado de
vainilla, me tomara por loca.
—
¡Cómo
si eso fuera un problema para ti!
Niego con la cabeza, no pienso
discutir preferencias alimenticias con él, punto.
—
Yo
voy a cocinar algo para mí, si quieres puedo hacer algo para ti también. —Él
asiente lentamente con la cabezas y se le ve feliz— ¿Qué te apetece?
—
Comida.
Tengo que reír, me recuerda a
papá. Mi padre solía decir lo mismo cuando mamá preguntaba que quería comer. Yo
era apenas una niña, pero esos son unos de mis mejores recuerdos. Pero no
quiero pensar en eso ahora, no quiero pensar en mis padres o no podré comer.
Voy a la cocina seguida muy de
cerca por Erick, no tengo muy claro que hacer. Nada demasiado elaborado, pero
por cómo le brillaban los ojos, cuando dije que iba a cocinar, tiene que tener
hambre.
Miro primero a la nevera y lo
único que hay es vino, ¡todo está congelado! ¿Qué diablos puedo hacer?
Revueltos ni de broma, el pollo tardaría horas en descongelarse y la verdad, el
cuerpo de Erick no parece haberse conseguido solo con vegetales, así que
descartamos las ensaladas. ¡Espaguetis! Se me ocurre de pronto, puedo
improvisar con eso.
—
¿Te
gustan los Espaguetis?— sonríe abiertamente.
—
Prefiero
los macarrones pero sí, me encanta la comida italiana.
Y por la forma en que lo dice,
tiene algún tipo de anécdota graciosa sobre Italia, su comida o sus mujeres, y
la verdad, no quiero saber absolutamente nada de sus aventuras amorosas. ¡Vuelves a estar celosa! La vocecita
molesta me informa eufórica, estoy molesta con ella pero le contesto. No soy
celosa, es la segunda vez que me dices eso hoy, o te callas o te callo. ¡Atrévete! Me desafía. ¡Maldito
subconsciente!
Debatiendo el tema conmigo
misma, vuelvo a concentrarme en la cocina. Pongo a hervir el agua mientras
busco la pasta que tenemos en la despensa. Aprovecho y miro que solo tenemos
tomate light. Cojo también una lata de mini salchichas y queso de la nevera.
Mientras el agua se calienta,
vuelvo a mirar a Erick, está muy atento a todos mis movimientos, me encantaría
saber que está pensando. Tiene el seño fruncido, parece tener una piel tan
suave, tengo que tragarme las ganas de tocarlo.
—
He
ido a la bodega y he puesto a enfriar vino. Espero que no te moleste— dice en
tono de disculpa.
—
Para
nada, es el único tipo de alcohol que puedo tolerar.
Le veo
sonreír, y me muerdo las ganas de preguntarle el por qué.
—
No
logro imaginarte borracha, debe ser algo divertido
—
Lo
sea o no, no es algo que tus ojos vayan a
ver, nunca— agrego y mi tono es más rudo de lo que pretendía.
—
¿Es
eso un reto?
—
No—
digo y le saco la lengua.
Hace tanto tiempo que no hacía
un gesto tan infantil. Mi subconsciente sonríe abiertamente, le gusta verme
así, fuera de mi papel, actuando por intuición, sin planes ni expectativas.
Vuelvo entonces a preparar la
salsa para los espaguetis bajo la atenta mirada del señor Maclaing, que por una
extraña razón sigue sonriendo como un niño tonto.
Cuando la cena está por fin, veo
que la mesa está puesta. No estoy segura de en qué momento lo ha hecho, pero
sobre la barra de la cocina hay colocados dos manteles individuales dos copas
de vino y los cubiertos al lado derecho del plato. Así que vamos a comer
juntos…. Curioso. Mi subconsciente da botes de alegría.
—
¿Cuánto
quieres comer?
—
Lo
mismo que comas tú, multiplicado por diez.
Coloco dos platos sobre sus
respectivos manteles y comenzamos a comer en un silencio sepulcral.
—
Esto
está realmente bueno— susurra.
Le miro entonces y tiene la comisura
del labio lleno de salsa de tomate, y me encuentro pensando en que una pequeña
marca no hace daño ante tanta perfección. Inconscientemente extiendo mi
servilleta y le limpio. Me mira curioso y yo me encojo de hombro inocentemente.
—
Mi
madre solía hacer esto, cuando tenía seis años— agrega en tono burlón.
Le recuerdo a su madre, ¿es que esto podría ir
aún peor? Aunque no estoy segura si se refiere a los espaguetis o el hecho de
que le limpiara con mi servilleta.
Sirve
entonces, la segunda copa de vino de la noche. Es dulce y joven, me gusta el
vino tinto. Termino la mitad de mi plato y quedo más que satisfecha. Erick no
solo ha terminado su plato sino que engulle alegremente todo el pan que hay
frente a él, ¡rebañando el plato! Y yo que pensaba que los ricos no hacían esas
cosas. Jamás he visto a Laura comer así.
Me quedo quieta mirándole, es
divertido verle comer como un niño pequeño y recuerdo algo que me dijo “…supongo
que si me conocieras lo sabrías” y creo que tiene razón, no le conozco en
absoluto, pero sí que me gustaría. ¡Por
fin! Grita la vocecita histérica.
—
¿Quieres
que friegue la loza?
Aunque su ofrecimiento es
sincero, puedo ver el miedo en sus ojos. No creo que haya fregado un plato en
su vida. Me lo imagino con guantes, delantal y un paño fregando platos. La idea
me resulta graciosa.
—
Déjalo,
ya lo hago yo. Laura tiene un lavavajillas muy bueno y muy caro.
Y eso hago, coloco todos los
platos en el lavavajillas mientras Erick recoge la mesa, al menos no es un vago
en potencia.
¿Y ahora qué? Me encuentro
deseando pasar más rato con él, pero no es como si pudiera sentarme en el
sillón y tener la certeza de que él va a ir a colocarse a mi lado. Vale, estoy
siendo del todo absurda, no le conozco, no me conoce, no tengo que cumplir con
él de ninguna forma, pero cuando recuerdo sus palabras, “quiero conocerte”, no
puedo controlar lo que sucede dentro de mí.
—
¿Te
apetece ver la tele un rato?— dice esperanzado.
No sé porque de repente me he
vuelto observadora, pero me gusta mirarle, su pelo largo y revuelto. La
redondez perfecta de su brazos, e indiscutiblemente, el brillo deslumbrante de
sus ojos negros, que vuelven a estar posados en mi. Ah, sí, su propuesta.
—
Vale.
Normalmente no veo la televisión pero hoy no creo que vaya a poder concentrarme
en estudiar o leer.
Me coloco en la zona central
del sillón de tres lugares. No sé cómo explicarlo, pero una parte de mí, no
quiere darle la oportunidad de dejar más espacio entre nosotros que el
estrictamente necesario. Erick se sienta a mi izquierda y empieza hacer
zapping.
Tengo que quejarme, los sábados
por la noche no hay nada decente en la televisión, aunque claro, a las once de
la noche, la gente normal, de mi edad, anda fuera de casa, es lógico que no
haya nada demasiado divertido.
—
Para—
digo—. Me encanta Mentes Criminales
—
¿La
serie o Derek Morgan?
Siento como todo mi ser se
sonroja. ¡Laura ha de habérselo dicho! Va a tener que escucharme cuando vuelva.
¿Dónde estará? Y por apenas unos segundos solo puedo pensar en ella. Recuerdo
que Erick sigue esperando y cuando le miro veo que aún está sonriendo.
—
Algo
hay de eso—confieso al fin.
Y deja la repetición de
capítulos de la segunda temporada. No pasan ni quince minutos cuando comienzan
los interminables anuncios. Ni tiempo de acomodarme en el sillón me ha dado. Erick
baja un poco el volumen y me mira. Tengo ganas de preguntarle más sobre él,
pero temo ser demasiado indiscreta. Además, no se me ocurriría por dónde
empezar.
—
¿Tienes
alguna foto de Emily? Me encantan los niños.
—
¿En
serio?— pregunta, mientras saca el móvil y me lo pasa.
No me creo que solo tenga dos
días y él ya tiene unas doscientas fotos de ella. Es una niña preciosa, ojos
verdes y pelo muy oscuro. Luce fuerte, vivas y feliz. Se parece a Erick, a los
dos se les forma esa uve en el medio de la cara cuando se enfadan, entiendo
porque ha venido de Londres solo para conocerla.
—
Es
preciosa— digo.
—
¿A
qué si? Es la niña más hermosa del planeta.
El tono de su voz es suave,
vuelve a ser celestial, como quien habla de una divinidad.
—
¿Ya
me has perdonado?
Oh, la
bromita sobre mis bragas.
—
Puede
—digo finalmente justo cuando acaban los anuncios.
No lo mires, no lo mires, me
digo a mi misma cuando siento su mirada sobre mí. No tiene sentido que te
pongas hablar del tema. En el fondo ya no me molesta tanto. Aunque para ser
sincera, dudo que pueda estar enfada mucho tiempo con alguien como Erick. Alejo
cualquier otro pensamiento y me concentro con todas las fuerzas que encuentro
en cada palabra que sale de la televisión.
Me revuelvo en el sofá, estoy
tan cómoda y calentita. Todo está en silencio, solo escucho el repicoteo loco
de un corazón, pero no es el mío. Entonces empiezo a ser consciente que estoy
sobre el pecho de alguien, que me abraza tiernamente y me acaricia el pelo con
movimientos muy lentos. Escucho su respiración relajada y mi rostro está pegado
a una tela fina y delicada que sube y baja al compás.
Sé, en lo más profundo de mí
ser, que tengo que abrir los ojos, pero no quiero. Me gusta esta sensación, mi
cuerpo está relajado y a la vez, se siente protegido. Hace mucho tiempo que no
me sentía así, en casa, solo por un segundo más. No quiero pensar e intento con
todas mis fuerza aferrarme a esa sensación, pero la molesta vocecita solo
necesita un nombre para que yo abra los ojos como si me hubieran nombrado a
dios y al diablo en una misma frase, Erick
Maclaing.
Abro los ojos de pronto y la
realidad supera al subconsciente. Estoy realmente abrazada a él. Me acaricia
muy despacio el pelo, y me mira, fija y tiernamente. Me gusta lo que se siente, nadie me ha mirado nunca de
esa manera.
—
Perdón—me
disculpo de inmediato.
Nunca me había quedado dormida
sobre ningún hombre, a excepción de mi padre, pero eso no cuenta.
—
No
pasa nada—. Está sonriéndome—. Te veías tan relajada durmiendo.
¡Me está acariciando la
mejilla! La sensación es cálida y reconfortante, para nada incómoda. Cuando su
dedo índice recorre de arriba abajo mi mejilla derecha, veo reflejado mi rostro
en sus ojos negros.
Hipnotizada, esa es la palabra
que describe exactamente como me siento. Carezco de total voluntad cuando me
mira de esa forma. Y por un segundo, muy breve, acaricio la idea absurda de que
están tan abiertos y relucientes porque me ven a mí.
Su mano derecha no deja de
recorrer mi mejilla en ningún momento, y el contacto hace que se estremezcan
todas y cada una de mis terminaciones nerviosas. No me importaría permanecer
así para siempre, siento que no necesito nada en absoluto.
—
Eres
tan hermosa, Kathe.
Dice con su rostro muy cerca
del mío, demasiado. Su voz es suave, atractiva y seductora como el canto de las
sirenas. Nunca había sentido esto, estoy confundida y a la vez encantada. Todo
es tan distinto.
Estoy temblando, siento todo mi
cuerpo contraído y expectante, me cuesta hasta respirar. Veo en sus ojos lo que
quiere hacer, sé lo que pretende: Erick Maclaing va a besarme.
Y sé que quiero, una parte de
mi ser quiere que lo haga, y ahora mismo es lo que más desea; pero la otra parte,
la más racional, dice que después de esto, para mí, no habrá marcha atrás. No
estoy segura de querer jugar a este juego, podría convertirse en un juego muy
peligroso. Podría hacerme mucho daño, si he evitado cualquier tipo de contacto
emocional con hombres hasta ahora no es por mero capricho. No lo arruines, por favor, dice la vocecita en tono suplicante.
—
No—
la palabra sale sola de entre mis labios—. Por favor—. Suplico mientras sus
labios están cada vez más cerca de los mío.
—
¿Por
qué?— inquiere suplicante.
—
Porque
nadie lo ha hecho antes.
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