sábado, 28 de junio de 2014

Descenso Capítulo 10 (Final)

Descenso Capítulo 10 
A él, porque cuando lo lea, 
va a querer matarme.

Cuando me despierto, me revuelvo entre los brazos del único hombre que alguna vez haya amado. Aspiro su olor y me envuelve toda en una nube de tranquilidad y deseo. El conocido dolor en lugares concretos me recuerda que todo lo que pasó anoche no fue solo un sueño, fue la más perfecta de mis realidades.
Miro al reloj de la mesita de noche y veo que son apenas las cinco, pero ya no tengo sueño, quiero salir corriendo, ponerme a bailar, incluso me atrevería a cantar. Pero entonces descubro la mejor forma de canalizar el flujo de mi felicidad.
Voy a hurtadillas hasta el armario, saco unas bragas limpias y la camisa negra que Erick dejó la primera noche que se quedó a dormir y me cubro con ella. Camino descalza hacia el lado opuesto de la habitación, hasta el escritorio, enciendo el portátil y me pongo las gafas.
Las letras fluyen una tras otra mientras la historia que llevo escribiendo desde hace semanas empieza a tomar forma. Una de las cosas de escribir es que puedo realmente elegirlo todo yo, se exactamente que puedo solucionarlo todo, y si realmente meto la pata puedo borrarlo y empezar de nuevo. En el mundo real nada es así y sé que con Erick estoy jugándomelo todo al quizás. Es como la diferencia entre escribir en ordenador o en una de esas antiguas maquinas de escritura. En el primero tienes la opción de borrarlo con una sola tecla, en la otra tienes que empezar de cero, llena da frustración o resinación. Pero no tengo miedo, bueno sí, un poco, pero no tanto como para abandonar.
—Hola —dice Erick y besa mi hombro desnudo.
—Hola, guapo y desnudo desconocido —digo intentando parecer divertida.
Me inclino para besarle en los labios, y envuelvo mis brazos alrededor de su cuello.
—Estas muy feliz esta mañana….
Cuando lo dice miro por la ventana y veo que ya empieza a salir el sol. Sé que tengo que prepararme para mi último día de universidad, al menos por este curso, pero no quiero ir, prefiero quedarme aquí, justo donde estoy ahora.
—Será por todo ese sexo —confieso y me sonrojo.
—Ah, ¿quieres repetir?— pregunta juguetón.
—Mmm… puede… —digo mientras acerco mis caderas a las suyas.
—Creo que he creado un monstruo.
Mientras me besa puedo sentir como la erección en sus pantalones comienza a volver al terreno de combate. Arqueo las cejas para que le quede claro que me he dado cuenta.
—Supongo que nunca voy a tener suficiente de ti.
Y eso es exactamente lo que quiero.
Mientras rebusco en la cocina por algo comestible solo encuentro las variedades múltiples de cereales integrales que consume Laura. Tengo mucha hambre, y eso no me apetece para nada. Voy hasta la nevera y saco toda la fruta que encuentro y las voy cortando en dados, las coloco en un bol, luego vierto en él sirope de chocolate.
Devoro el desayuno a solas y en silencio, pero estoy pensado en Erick, que se está duchando en mi baño, estoy realmente tentada a volver a dentro y suplicarle que me deje lavarle la espalda…
—Hola —dice Laura.
Está perfectamente vestida y arreglada, lleva unos vaqueros oscuros que se le ajustan como un guante y una camiseta verde. Está tan guapa que duele verla, pero claro, Laura siempre va perfecta.
—¿Tienes ideas de cuantas calorías tiene eso?
—Me importa una mierda… Tengo hambre.
Yo no suelo decir palabrotas, pero ella me mira y sonríe.
—¿Me das un poco? —pregunta mientras se sirve el café.
—Claro —digo al fin— ¿Qué tal estas?
—Genial… Carlos se quedó a dormir... —Así que ella también…— Se ha ido muy temprano, tenía que ir a trabajar.
—¿Cómo fue el fin de semana con tus padres? Siento que te hayas tenido que ir antes de lo planeado…
Tengo que disculparme, por mi necedad al no escuchar a Erick y la escenita de celos patética que monté, él la llamó y Laura tuvo que interrumpir su momento.
—No te disculpes, fue una suerte salir antes. A mi padre le encantó Carlos, aunque claro no creo que pensara lo mismo si no supiera la cuantiosa fortuna que tiene su padre. Tuve que soportar todo esos absurdos comentarios de mamá sobre ser una buena esposa, ¿te lo puedes creer? ¡No estuvimos solos ni un segundo!
—Lo siento. Pero es tu relación, tu vida… Ya lo entenderán…
—¿Hay café? —pregunta Erick.
Solo lleva el pantalón de chándal, nada de camisa o zapatos… y se ve tan sexy, me cuesta no tirármele encima. Contrólate, me digo. Le veo sentarse al lado de Laura y besarle en la mejilla.
—Mike, cada día te pones más bueno. —Doy fe de ello pero no hago ningún comentario—. Kathe.
—¿Qué? —pregunto mientras termino la taza de té.
—¿Cuándo me vas a contar que tal es acostarse con este semental?
—¡Laura! —Le recrimino.
—Venga —dice divertida—. Anoche estabas muy comunicativa
—¿Nos escuchaste? —pregunto.
—Yo y todo el vecindario, cariño.
Me sonrojo, y la vergüenza recorre todo mi cuerpo. Erick no parece inmutarse cuando busco su mirada, él sacude la cabeza de un lado al otro. Y ese simple hecho, me da tranquilidad.
—Es imposible que nos hayas escuchado… Ya sabes, por eso de que tú estabas haciendo lo mismo… —Laura parece sorprendida—. He visto a Carlos irse esta mañana.
Laura simplemente se encoje de hombros y me mira. Para mi suerte, cambiamos radicalmente de tema, la verdad es que hablar de mi vida sexual, ahora que tengo una, no me gusta demasiado, al menos no si tengo a Erick y Laura haciendo bromas sobre ella; para eso aún no estoy lista.
—Tenemos que irnos —dice Laura.
Pero ya estoy cogiendo mis llaves y camino hacia la puerta. No puedo creer que al fin hoy vaya a ser mi último día de trabajo y en la universidad. Tendré dos meses solo para descansar…. El único problema es que no voy a verle en todo ese tiempo. Había planificado el verano para estar con mamá pero cuando Erick irrumpió en mi vida, sin permiso previo, cambió todo, demasiado rápido para que haya tenido tiempo siguiera de incluirlo en mis planes. Pese a eso, no hay una sola cosa que quiera hacer lejos de él.
Las horas en Imagination doors, como siempre pasan como en un suspiro. El señor Martin me asegura que tendré mi puesto de trabajo cuando regrese aquí en septiembre, pero sé que le echaré de menos, como hago cada verano.
El olor familiar a libros nuevos, es como un bálsamo que me ha estado llenado todos estos años, no hay día que no le agradezca por haberme aceptado aquí.
Cuando dan las siete, recojo mis cosas y le prometo a mi jefe que le traeré esa botella de vino joven que tanto le gusta. Este lugar me trae tanta paz como mi propia habitación, siempre echo de menos las tardes. Supongo que disfruto de mi trabajo porque no vivo para trabajar, simplemente trabajo para vivir.
Las puertas se cierran tras de mí y me quedo como una estatua justo enfrente de un maravilloso hombre vestido de azul que me mira solo a mí. Erick reposa contra las brillantes puertas de su coche, luce relajado y enloquecedoramente guapo. Trato de dar un paso pero mi cerebro tiene efecto retardado. No me había dado cuenta de la falta que me hace, a su lado el sol brilla un poco más y el mundo gira un segundo más lento y aunque estoy segura de que es lo más cursi que he pensado nunca, es exactamente lo que siento.
Me acerco a él y sin decir nada le abrazo, Erick me sostiene entre sus brazos como a un pájaro herido, con sumo cuidado. Entierro mi rostro en su cuello y aspiro ese olor tan característico, que me hace sentir frágil y vulnerable. No puede ser que no me haya dado cuenta antes de cuanto le había echado de menos, es absurdo y abrumador porque solo hace unas horas que no le veo.
De cualquier forma, me siento mejor que en todo el día, acaricio la sensación y la guardo en lo más profundo de mi alma. No quiero olvidarlo, por más que me empeñe en negarlo, sé que estoy enamorada, justo ahora.
—Hola —murmuro lentamente.
—Te he echado de menos —dice besando mi pelo—. ¿Te apetece pasar la noche haciendo de niñera?
—¿De qué hablas?
—Es tu última noche en la ciudad, por dos largos meses… Y no quiero pasarla sin ti. —Erick definitivamente sabe decir las palabras correctas para hacer que me derrita—. Pero prometí a mis padres cuidar de Emily esta noche, es su aniversario y querían ir a cenar fuera.
—Claro.
Pasar toda la noche con Erick era como el chocolate, algo lo que nunca he podido resistirme, además agrega a ello, ver esos ojos de ternura cuando mira a su hermana como un pedazo de cristal, no puede pagarse con nada. A veces pienso que si las cosas hubieran sido de otra forma yo ahora también tendría un hermano, pero eso nunca va a pasar.
Erick conduce con la vista fija en la carretera, pero cada pocos minutos aprieta su mano sobre la mía, como si quisiera comprobar que sigo allí, y el saber que de alguna forma también piensa que es demasiado perfecto para ser verdad, me reconforta de sobremanera.
Mi perfecto caballero inglés, abre la puerta de su casa para mí, justo como hace siempre con el coche, y aunque está totalmente pasado de moda, adoro el gesto.
Danna y James están sentados en el sillón del salón. Nunca les había visto tan elegantes y sonrientes, hasta un ciego vería que el amor que se profesan tiene dotes de devoción. Danna lleva un vestido rojo con tres pequeñas flores justo debajo del pecho, no hay ningún símbolo de su reciente embarazo, a penas y lo puedo creer.
Emily descansa en una pequeña cesta para bebés a su lado en el sofá. Sus padres se levantan justo cuando Erick y yo nos acercamos a ellos.
—Buenas noches —murmuro.
—Hola querida —murmura Danna, atentamente.
—Felicidades, están estupendos.
—Gracias —murmuran ambos a la vez.
Erick toma mi mano y me arrastra para que me siente a su lado. Me siento un poco extraña entre ellos. Erick es la persona que paga mis estudios y sus padres mis profesores, seguiré sin acostumbrarme a esto, estoy segura.
—Le acabo de dar de comer a Em, volveremos antes de las once —comenta Danna.
—Tranquila mamá, cuidaremos de ella.
—Lo sé, cariño.
El profesor Maclaing coloca un abrigo oscuro sobre los hombros de su esposa y ambos besan la pequeña cabecita de Emily, que tiene los ojos completamente cerrados. Erick y yo les vemos subir al coche negro que les espera frente a casa, la imagen se me antoja, quiero tener algo así. Erick tiene absolutamente todo para ser feliz y sin embargo permite que forme parte de esa felicidad, no hay forma de que yo encaje aquí, pero, ahora mismo, no tengo intención de renunciar a ello.
—¿Desean algo de cenar, señor? —pregunta la misma señora que vi en la cocina, la otra noche. Debe de ser la cocinera.
—No, Silvia, gracias, nosotros mismos haremos la cena. Se puede retirar. Buenas noches.
La señora se aleja con un suave, buenas noches, y se aleja hacia la cocina. Miro cuidadosamente a Erick, ¿quiere que yo cocine? No es que me importe, solo que no tengo ni idea de cómo cocinar aquí.
—¿Qué?
—¿Me quieres de cocinera? —pregunto.
Él niega lentamente con la cabeza y coloca sus manos alrededor de mi cintura, me besa en la punta de la nariz y no puedo evitar sonreírle.
—Esta noche voy a prepararte, mi platillo estrella de cenas…
—¿En serio? ¿Y en qué consiste?
—Es algo, muy difícil y por supuesto toda una exquisitez, algo a lo que llamo sándwich de queso.
No puedo evitar sonreírle, mientras me arrastra a la cocina. Coloco a Emily justo a mi lado y le veo preparar la cena, se le ve relajado y hogareño. Sinceramente, no sé qué va a pasar en los próximos dos meses, sé que Erick y yo tenemos que habar de ello. No quiero perderle, pero solamente nos conocemos hace pocas semanas…
—Puede que no sea un gran cocinero, pero para nuestra suerte, mi padre tiene la mejor reserva de vino de la ciudad, así que puedo ir por una de esas botellas especiales.
—No —pido—. Necesito todos mis sentidos esta noche. Una coca-cola estaría bien.
Hago mi mejor esfuerzo por sonreír ampliamente, pero sé que él nota que no estoy bien del todo. Me besa en la mejilla castamente y recuerdo como se sienten sus labios por todo mi cuerpo y un escalofrío me recorre el cuerpo.
A pesar de lo típico del pensamiento Erick ha cambiado mi vida en cuestión de días, y sigo sin encontrar la forma de conciliarlo con la antigua yo.
Mi vida nunca ha tenido muchos sobresaltos, no ha habido un para siempre, casi siempre fue nunca y algún que otro tal vez. Puede que mucha de la responsabilidad haya sido mía, pero ahora me doy cuenta de que se podía haber, de alguna forma, evitado.
De cualquier forma, es muy extraña la forma en la que Erick me hace sentir, como una súper estrella, la reina de los sesenta. Es increíble como mi nombre suele brillar cuando lo pronuncian sus labios o mis manos tiemblan tanto si lo tengo demasiado cerca como lejos. ¿Le pasará a todo el mundo lo mismo? No lo sé. De repente estoy sintiendo compasión de mi misma, no sé porque no pude conseguir a nadie antes…
—¿Pasa algo, cielo?
—Nada importante, solo me preguntaba, si había algo de malo en mí.
Erick inmediatamente aparta la sartén del fuego y me mira confundido, como si de repente yo anduviera sobre el fuego ardiendo.
—Nunca pienses eso… Eres perfecta, además, te quiero, tal y como eres.
—Ya… —Y me derrito al escucharle decirme eso—. Solo pensaba en que nunca ha habido nadie más.
—Y si depende de mí, no los habrá. — Me besa tiernamente en los labios—. Además, estoy feliz de que los demás hombres que ha habido a tu alrededor, fueran lo suficientemente tontos para dejarte escapar.
Vuelvo a fijar la vista en mis propias manos que hormiguean por las ganas de fijarme a Erick como una perla a su concha. No puedo pensar en una forma fácil de decirle que no estoy muy segura de que venga a ver a mamá conmigo. ¿Pero en qué diablos estoy pensando? Él nunca vendría conmigo, si hubiera querido ir, ya lo hubiera dicho.
—La cena está servida —murmura, Erick, mientras coloca un sándwich delante de mí—. Esto huele estupendamente.
—Si muero de envenenamiento, juro que volveré a quitarte la manta por las noches —digo, intentando parecer divertida.
—Creo que serias una fantasma muy pervertida.
—¡Erick! —Me siento sonrojada.
—Si mueres será de agotamiento, y para ello, te aseguro, no necesitamos mantas.
No hay forma de que responda a eso sin perder la cordura, no hay manera que Erick vuelva a hablar del tema si quiere que coma algo.
—¿Podemos ver la tele cuando terminemos de cenar? —pregunto.
—Podemos hacer lo que quieras.
Quiero retrasar el momento de hablar con él, pero aún puedo permitirme alargar mi noche con él, eso sería fantástico. Además hoy toca mentes criminales y no quiero perderme el regalo sexy y desmesurado que representan Dereck Morgan y sus vaqueros caídos
Terminamos los restos de la cena en silencio, uno sencillo y para nada incomodo, no es como si nos hubiéramos conectados, porque la mirada de Erick nunca me deja.
—Fregaré la loza —ofrezco.
—Puede hacerlo Silvia después.
—No quiero ser una completa inútil. —Sus ojos son acusadores—. ¿Por favor?
—Vale, acostaré a Em y traeré el escucha bebes, vuelvo enseguida.
Y lo hace, solo unos pocos minutos después de que termino con la loza, él está abrazándome, su pecho contra mi espalda, su cuello reposando en mi hombro y sus labios sobre el lóbulo de mi oreja, es tan tentador…Ruedo entre sus brazos y presiono mi frente contra la suya.
—Te quiero. —Mi voz es un susurro apagado.
No es muy propio de mí hacer este tipo de declaración espontánea pero Erick tiene que saberlo. Nunca ha habido un silencio tan alto como este en mi cabeza, es como si de repente no hubiera ninguna otra palabra adecuada.
—Te adoro, cielo. Tus ojos, tu piel, hasta esa obsesión inmadura por Morgan. Vamos, te permitiré babear por él, solo porque soy yo quién estará a tu lado en el sofá.
La televisión se escucha como ruido de fondo, no hay forma en la que me pueda concentrar en otra cosa que no sea mi cabeza sobre el pecho de Erick, sus manos entrelazadas con las mías, sus labios recorriendo mis mejillas.
Las sensaciones que provoca Erick en mi, van más allá de este momento, es como si por un segundo sintiera que las estrellas brillan solo para nosotros, como si fuera la reina que aunque puede matar sus propios dragones, suplica que tenga larga viva para recibir la ayuda del rey, porque de alguna forma juntos moveremos montañas, haremos montañas.
—Me gustas, Kathe, demasiado. —Erick acaricia mi vientre por debajo de la camiseta azul y la sudadera de rigor.
—No voy a dejar que me metas mano. —Advierto.
—¿Por qué? —Sus ojos de cachorrito me deshacen.
—Primero, porque estamos en la casa de tus padres y segundo porque este es su sofá.
Ambos reímos como niños pequeños. Estar con Erick, a su lado, se siente más que bien, en realidad se ve como algo correcto, es como esa sensación de querer algo pero no sabes qué. Sé que es lo que quiero, incluso está aquí, sentado a mi lado en el sofá, mi único problema es que no sé cómo voy a retenerlo.
Es absurda la forma en la que alguien puede meterse en tu vida y no convivirla si no está lo suficientemente cerca. Supongo que la lógica no tiene un papel importante cuando se habla de sentimientos
Creo que prefiero parecer una niña tonta y cursi que volver a cuando no le conocía. Porque ahora sé que la soledad no es buena, ahora entiendo porque prefiero una cárcel a ser libre sin Erick, según yo, la libertad no sería otra cosa, más que extrañarle. Vivir sin Erick sería como intentar apagar un fuego con alcohol, sencillamente me provocaría un dolor de mil demonios.
—Dulce, te has dormido —murmura Erick contra mis labios.
—Lo siento —digo mientras intento ponerme lo más verticalmente posible—. Supongo que no he sido de mucho ayuda. ¿Necesitas algo?
—Todo lo que necesito esta aquí, justo a mi lado.
¿Quién no podría querer a un hombre así? Que me pongan las esposas, me niego a dejarle ir.
—¿Quieres quedarte a dormir?
—¿Qué dices? No seas loco, en cuanto lleguen tus padres me marcho.
—Llegaron hace un rato, han subido ya a acostarse.
—¿Qué hora es ? —Oh, tenía que quedarme dormida. Fantástico.
—Casi las doce. ¿Te llevo a cada?
Niego lentamente con la cabeza aún hay un par de cosas que decir y hacer antes de dejarle y si de mí depende esta noche no dormiré en casa.
—¿Podríamos ir a la casa de la playa? —pregunto tímidamente.
—Claro. Cojo las llaves y nos vamos.
Me encanta la casa de la playa, me da paz y hace que me sienta tan cerca de Erick que me cuesta pensar en algo más que en tenerle bajo mis dedos.
—¿Quieres entrar? —pregunta mientras caminamos por el pasillo de madera blanco.
—No, la verdad. Si quería que viniéramos aquí es porque quiero hacer el amor contigo, en la playa.
No estoy segura de si es una súplica o una orden. Solo sé que se me nubla la vista. Nada puede hacerle justicia al cielo estrellado, pero ahora mismo estoy algo más que absorta porque los labios de Erick están sobre los míos. Por un solo segundo me pregunto si hay más estrellas en cielo que granos de arena en la playa, pero él me quita la camiseta y esa pregunta queda opacada, ni las estrellas y los granos de arena sumados serían más que las mariposas que asaltan mi estómago.
El sexo con Erick siempre ha sido definitivamente increíble, pero más allá de lo físico, no hay forma correcta de describir las sensaciones que recorren a mi alma cuando él se queda junto a mí, en silencio, solo sincronizando nuestras respiraciones. Es como si siempre fuera medianoche cuando está tan cerca de mí, como si estuviera soñando con centenares de estrellas que me susurraran su nombre.
—¿Estás bien? —pregunta de repente.
—Mejor que nunca.
Estoy besando sus labios de miel, mientras descanso desnuda sobre su cuerpo. Siento mi cuerpo estremecerse bajo el tacto de sus dedos, nunca voy a hartarme de él, y daría lo que fuera para que él tampoco se hartara de mí.
—Tengo hambre —dice de repente.
—¿Otra vez? Pero si acabas de comer.
—Usted, señorita, acaba de agotar todas mis energías. Además, ¿no es una estupenda noche para desayunar a media noche?
—Estás loco —acuso.
—Creí que eso ya estaba claro. Estoy totalmente loco por ti.
No tengo la menor idea de donde están nuestras ropas, pero Erick y yo caminamos deprisa hasta la casa, desnudos. Puede que él tenga hambre, pero antes los dos necesitamos una ducha. Creo que eso podría aclarar mis ideas. Pero Erick acaba de meterse en la ducha conmigo, vaya, otra distracción.
Tomo un poco del gel de ducha que tiene en el baño, es inconfundiblemente su olor a menta, algo tan característico que solo podría pertenecer a él. Lo retuerzo entre mis manos y lo acerco a su piel perfectamente morena. Puede que mi intención no fuera nada sexual, pero el cuerpo de Erick es la expresión de sensualidad masculina más clara que alguna vez haya imaginado.
—Me encanta el tacto de tu piel mojada —murmuro de forma inconsciente.
—No hay una sola cosa que no ame de ti. A veces creo que te estás convirtiendo en una adicción.
Cubro su boca con la mía y lo acerco más a mí. Su cuerpo reacciona bajo mi contacto y el calor inunda mi sangre. Creo que mi verdadera adicción es Erick, pero definitivamente, con respecto al sexo, soy insaciable.
—Vamos a la cama. —No quiero partirme una pierna aquí.
No puedo siquiera contestar, Erick me toma en sus brazos y me lleva a la cama, casi me parece mal mojar las impolutas sábanas con nuestros cuerpos mojados, pero Erick empieza a besar mis pechos y la idea desaparece.
Sus labios retuercen mis pezones, y yo me encuentro volando alrededor de una nube de placer indescriptible. Sus manos se deslizan sobre mi cadera y provoca pequeños espasmos concentrados en mi vagina. Mi corazón se acelera por la anticipación de lo que sé, va a pasar.
El peso del cuerpo de Erick aplasta el mío y sus labios seductores mordisquean los míos. Puedo sentir su palpitante miembro sobre mi vientre y el ansia de tenerle en mi interior se dispara.
—Erick… —Y su nombre suena como una súplica ahogada.
Con un ligero impulso, me coloco a ahorcadas sobre el cuerpo escultural de Erick y acaricio sus pectorales con mis manos, arrastro mis labios sobre su piel, y el ligero olor a menta me lleva a cientos de kilómetros de la realidad.
Las manos de Erick acarician mi espalda cuando introduce su pene en mi interior. Aún me maravillo de cómo mi cuerpo se amolda a cada parte del suyo, como dos piezas en un puzzle perfecto. Sus penetraciones rudas y continuas hacen palpitar lo más hondo de mi ser.
Mi cuerpo se eleva al compás que sus envestidas, siempre buscando algo más, solo un poco más. Siento las contracciones de mi piel alrededor de Erick cuando el orgasmo me invade completamente hasta que me dejo car, agotada sobre su cuerpo. Con la respiración demasiado agitada para poder estar segura de si aún sigo viviendo.
Cuando los latidos de mi corazón vuelven a su palpitar normalizado, Erick me atrae más junto a él. Sentados en la cama, Erick juguetea con mis manos, mientras mi espalda descansa en su pecho.
—Nunca voy a tener lo suficiente de ti.
—Cuento con ello —digo.
—Quiero hablar contigo sobre tu viaje.
Sabía que esto iba a pasar, por favor, que no se acabe, no tan pronto. ¿Pero que estoy esperando? ¿Qué venga dos meses a casa conmigo? Imposible. Además estoy demasiado asustada sobre como de rápido van las cosas entre Erick y yo como para presentárselo a mamá.
—Sé que tienes que irte, sé que necesitas pasar tiempo con tu madre. —Él lo entiende—. Sé también que estás preocupada por lo que pueda pasar. Créeme, voy a estar aquí, a cualquier hora, en cualquier momento, pero si hubiera alguna forma de acortar la distancia solo dila.
Pero no articulo palabra, solo me quedo así, callada, simplemente siendo demasiado estúpida para admitirle que tengo miedo de caer. Demasiado asustada para admitirme que quiero que venga conmigo.
Pero el silencio apodera de la habitación, y yo temerosa, estúpida y con ganas de que un gran agujero me trague me quedo dormida entre los brazos del único hombre que he querido.
De camino a casa, el aire dentro del coche se siente pesado, sé que Erick está esperando una invitación que yo no puedo hacer. También sé que la culpa es mía, y como no tengo intención de mostrarme débil, intento ocultar las lágrimas, a punto de saltar de mis ojos, con la visión del sol iluminado los cristales del coche.
Erick se detiene justo detrás de mi coche, justo delante de la puerta de casa. El motor se apaga y el silencio se apodera del espacio vacío.
—Kathe…
—No, por favor —suplico.
Y salgo disparada del coche, aún no sé que voy hacer, no tengo idea de lo que soy capaz de hacer. Una ducha caliente calma los tensos músculos llenos de miedo e ilusiones rotas. No es de extrañar que nunca tenga muy claro que hacer cuando se trata de él, todo es tan fácil que parece irreal.
Dentro de casa, termino de colocar la ropa en mis destartaladas maletas mientras pienso en Erick, en que realmente no sé cómo voy a despedirme de él, ni siquiera sé si va a llevarme al aeropuerto como prometió. Dentro de poco saldré camino a casa, el único lugar al que pertenecía, hasta que le conocí. ¿Es que también puede el miedo arrebatarme eso?
Cojo el teléfono y de forma mecánica llamo a Carol. Son un poco más de las tres de la tarde y estoy segura de que mamá ya despertó de su siesta. No hay forma de explicarlo, pero necesito saber que ella me está esperando porque no hay forma en que pueda irme de no ser así.
—Dios, Kathe, que bien que llamas, tu madre quiere hablar contigo. Un segundo.
—Gracias, Carol.
—Hola, Katty.
—Hola mamá. ¿Qué tal te sientes hoy?
—Genial, te tengo una sorpresa, para cuando vengas a buscarme.
—Me alegro de que estés tan feliz. —El tono melancólico de mi voz es absurdo.
—Pero tú no lo estás, ¿qué sucede?
—Nada mamá, es solo que te he echado de menos. —Para mi suerte no he decidido ser actriz porque me moriría de hambre.
—Katherine, no me mientas. —Oh conozco ese tono, lo usa siempre que le miento—. ¿Es por ese hombre?
—Si. —Y mi voz suena como un aullido ahogado.
—¿Te hizo algo? —Su voz suena preocupada.
—No, mamá. Él es perfecto, el problema es mío. Solo es que... Erick tiene una extraña capacidad para hacer que mi mundo se vuelva de cabeza.
—Oh tesoro, no puedes vivir siempre con miedo, tú no eres yo, él no es tu padre. A veces, sencillamente tienes que dejar a la gente entrar.
—Lo sé mamá, pero todo va tan rápido y yo... —A mamá sí que puedo decírselo—. Tengo miedo.
—Lo entiendo, pero ¿no es mejor la realidad que él? ¿y si? Invítale, quiero conocer al hombre que le ha robado el corazón a mi niña. —Y sé que voy hacerlo.
—Tienes razón, gracias, mamá. Te veo en unas horas.
—Te quiero.
Y en cuanto cuelgo el teléfono recuerdo que Erick dijo que iba a ir a ver que tal va la redecoración de su futuro despacho, pero no sé la dirección. Entonces, solo hay una cosa que puedes hacer. Dice mi subconsciente. Y tiene razón.
—Laura —gritamos las dos a la vez.
—¿Ahora que hice? —dice la esplendida rubia, en su entrada triunfal.
—Dime que sabes dónde está la nueva oficina de Erick. —Las palabras salen desbocadas de mi boca.
—Claro en la sexta con la veintiuno, ¿por qué? —pregunta
—Tengo que ir a buscarle. Quiero que venga a casa conmigo. — Y mientras corro a la puerta de salida le grito—. Éste no se me va escapar.
—Kathe, espera. Explícame esto.
Escucho a Laura gritar y quejarse pero ya no la escucho, solo puedo pensar en los cálidos labios que echo tanto de menos que duele.
Conduzco casi de forma temeraria por las agitadas calles llenas de tráfico. No hay forma en la que pueda estar tranquila, mi impaciencia se multiplica. ¿Cómo he podido ser tan cobarde? Érick merece saber que le quiero, que es absurdo pero que no voy a ser la que detenga esto. Que por fin voy a dejar atrás el pasado porque quiero que él sea mi futuro. Tiene que saber que mi pasado ha ido en descenso desde que le conocí, que es ahora el fin de una década, pero estar a su lado en el principio de una era mágica a su lado.
Tengo que decirle que recuerdo como se sienten sus manos sobre mi piel cada vez que pienso en él, que quiero mil despertares a su lado. Quiero que hagamos magia, juntos, que veamos juntos a la luna brillar solo para nosotros.
Tengo que hacerle entender que puedo mover montañas junto a él, porque siento que no tengo miedo si está a mi lado, que los confetis brillan en mi vida desde que él decidió meterse en ella.
Erick tiene que saber que es la única persona que piensa que soy divertida cuando me enfado, que pienso que es tan perfecto para mí que me da miedo reconocer que los mejores momentos de mi vida los pasé junto a él.
Tengo que decirle que le quiero, ahora y hasta que no haya más opciones. Que gracias a él, pude entender porque merezco que alguien me quiera. Tengo que decirle porque siento que puedo con todo, solo si él está a mi lado en el sofá. Ahora mismo quiero hacer lo mismo que hizo conmigo, desde el principio. No voy a darle más opciones que quedarse junto a mí.
Por fin, admites que le necesitas en tu vida. Murmura mi subconsciente. Y por esta vez, no puedo estar más de acuerdo.
Sé que Erick no puede venir dos meses conmigo, pero no por eso tengo que romper el sortilegio que hay entre nosotros, puedo venir a verle, puede irme a ver, podemos hablar, nada va impedirme estar con él. Nada, excepto él y yo, importa lo suficiente.
Detengo el coche en el aparcamiento de las grandes oficinas y subo hasta el piso diecisiete, donde está la oficina de Erick y nunca un viaje en ascensor había parecido tan largo. Sé que no debería interrumpirlo, que no debería venir sin ser invitada pero tengo que hablar con él.
El ascensor parece demasiado lento, y estoy fuertemente tentada a subir por las escaleras. Cuando finalmente las puertas se abren, la estancia amplia y bien iluminada, me recuerda a Erick. Colores claros y cremas, con decoraciones verdes y azules en los lugares adecuados, parece un lugar relajante y profesional.
Me acerco con cautela pero impaciente, a la mesa donde una preciosa pelirroja esperaba sentada
—Hola.
—Buenos días. ¿Necesita usted algo? —pregunta amablemente con un adorable acento inglés.
—Necesito hablar con Erick, ¿está aquí?
—Lo lamento pero él no puede atenderte.
—¿Podría decirle que Kathe está aquí? Por favor, es muy importante.
—Lo siento, niña, pero mi prometido, no puede atenderte.
Yo definitivamente tengo problemas auditivos, porque estoy por jurar que ella no acaba de decir prometido.
—¿Disculpe? Usted acaba de decirme que Erick Maclaing es su prometido… —No creo que haya sonado para nada como una pregunta.
—¿Es que no he sido lo suficientemente clara? —Su rostro se tiñe de rabia.
—Me tengo que ir —digo y salgo corriendo hacia los ascensores. Dios, por favor, por favor, que sea un mal entendido. Estoy a punto de subirme cuando escucho la masculina voz de Erick que proviene desde la oficina.
—Brooke, ya nos podemos ir.
Y la veo colgársele del cuello y besarle. Él no hace nada por impedírselo. Erick de repente levanta la mirada y me ve allí parada como una estúpida. Se deshace de la pelirroja colgada a su cuello.
—Kathe. —Le escucho gritar cuando las puertas de ascensor se cierran poniendo distancia entre nosotros.
Dentro de la soledad del ascensor las lágrimas abaten mi rostro, lo cubren de dolor y tristeza. Salgo corriendo hasta mi coche con la desesperada ilusión de que todo sea un sueño, pero no lo es. Me subo al coche con afán de huir de la realidad.
Yo misma me he buscado el dolor, siempre que es demasiado perfecto para ser real, es porque es mentira. Y caí en ella como un ratón en una trampa de queso.
Pongo el coche en marcha y me dirijo a la salida más próxima, con la vista nublada, con las gafas empañadas, no solo por las lágrimas sino por la vergüenza y la humillación.
Erick se abalanza sobre el cristal de mi ventanilla derecha, está cerrada. No voy a dejarle entra. Su sola visión me hace destrozar el corazón en diez mil pedazos.
—Katherine, por favor, escúchame.
Pero no lo hago, no me detengo. Sigo conduciendo en dirección a casa, no a la casa de Laura, donde pasé algunos de los momentos más felices y falsos de toda mi vida. No, vuelvo a casa, con mamá, a donde pertenezco, porque la jaula de oro que me ofrecía Erick, no era más que mentiras para endulzarle el oído a la estúpida de turno, que se dejo envolver como un ovillo de lana.
Me pierdo entre las carreteras abarrotas de gente, y los destrozos de un corazón que, al final, terminó más destrozado que una estatuilla de cristal que se escapa de entre las manos.
Yo tenía mis reglas, y las rompí, solo yo soy la responsable de que me hayan utilizado como un juguete en manos un perfecto experto. Al parecer Erick no resultó más que un especialista en hacerme tocar el cielo con las manos, solo para que la caída fuera aún más devastadora.
Ahora ya no me siento libre y salvaje, ya no escucho el palpitar de mi corazón desbocado, o esa colmena de abejas que revoloteaban en mi estómago cada vez que pensaba en él. Después de todo, yo no tenía permiso para entregarme a él, y lo hice. Mi libertad, no resulto más que una cárcel de mentiras que ahora caen sin parar sobre mí.
Tenía que haberme dado cuenta de que esto era un error cuando yo misma me decía que corriera tan rápido como pudiera. Se acabo para mí eso de romper las reglar una y otra vez. Se acabaron las absurdas ideas de que mi vida giraba alrededor de él. Y ahora que tengo el suelo hundiéndose bajo mis pies, no me queda más que acertar que mi cielo azul se ha convertido en un día de nubes grises.
Con el dolor abrazándome, no me queda más que culparme por no haberlo sabido. Ahora está tan claro que me siento como un pedazo de papel, tirado en una esquina, para que se consuma bajo el fuego de la mentira.
Me centro en la carretera y en las horas de conducción, porque yo no noté que él siempre mantuvo las líneas borrosas, para que yo pudiera envolverme y ver exclusivamente lo que yo necesitaba ver. La decepción es, después de todo, el ingrediente secreto de esta ecuación.
El paisaje se difumina con la velocidad, siento mi pelo moverse bajo el aire y las letras del cartel que me da la bienvenida a otra ciudad, me encoje lo más profundo del alma porque mientras me alejo de Erick, de mi pasado y lo que soñaba con que fuera mi futuro, siento como si descendiera en caída libre. Estoy lanzándome sin protección montaña abajo, he estado en lo más alto junto a él, pero ahora, me siento sin fuerzas, sin esperanzas, sin sueños, o deseos de continuar. Estoy en constante descenso.
Fin



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