sábado, 28 de junio de 2014

Descenso Capítulo 7

Descenso Capítulo 7


A él, porque cuando lo vea,
va a querer matarme


Solo escuchar las palabras hace que todo mi cuerpo se derrita. Su voz es demasiado melosa para resistirme, aunque está claro que esa no es para nada mi intención. Los adictivos besos de Erick, vuelven a tener ocupada mi boca y mi mente mientras sus brazos se envuelven alrededor de mi cintura. No estoy segura de en que instante comenzamos a movernos pero ahora mismo estoy subiendo las escaleras. Mi cuerpo está siendo consumido lenta y enloquecedoramente por los brazos de Erick.
Antes de que pueda darme cuenta estoy contra la puerta de roble de la habitación, su habitación. El cuerpo masculino me aprieta contra la gruesa madera y los labios descienden desde mi boca hasta el cuello. Me está torturando, esa es la palabra. En un vago intento de poder participar paso mis dedos entre los oscuros cabellos hasta llegar a su nuca donde me centro y la acaricio, de arriba a abajo.
Está vez soy yo la que le besa, mis labios presionan los suyos, su boca se rinde y se abre lo suficiente para que pueda meter mi lengua y acariciar cada estancia de su boca. Hay algo que me estoy muriendo de ganas de hacer desde la primera vez que nos besamos, pero hasta hoy no me había atrevido a intentar. Pero como estoy rompiendo todos los límites, tomo una profunda respiración y separo nuestros labios, solo un instante, antes de volver a atrapar el labio inferior de Erick y mordisquearlo entre los míos. La sensación es tan placentera que me quedo sin aire.
—¡Ey!… dulzura —Su voz ahogada demuestra que necesita aire de la misma forma que yo—. Dame un respiro, vas a matarme. Vamos dentro.
Son las últimas palabras que escucho antes de que la puerta se abra. La mano derecha de Erick atrapa la mía y me arrastra hasta el fondo de la estancia. Escucho como la puerta se cierra a nuestras espaldas, pero yo solo tengo cabeza para pensar en la monumental cama que se extiende justo delante de mí. Mis rodillas están temblando, como todo mi cuerpo, y creo que si no fuera porque Erick me tiene agarrada fuertemente contra su pecho ya estaría sobre el piso.
—Estas temblando, esta ropa mojada te está dando frío, quizás deberíamos… —duda— …quitarla.
—Oh, no creo que sea por el frío, pero ahora mismo no necesito tanta ropa.
Necesito cada gota de control y valentía que tengo en el cuerpo para pronunciar esas palabras. Pero como dice Laura, el que algo quiere algo le cuesta.
—Kathe, no puedes decir esas cosas y pretender que no muera en el acto. Estoy intentando por todos los medios darte tiempo para arrepentirte y no me lo pones nada fácil.
¿Arrepentirme? ¿Se supone que esto está mal? Si nunca en mi vida me he sentido mejor. Es cierto que mis niveles de aire descienden peligrosamente cuando él me besa, pero no creo que eso sea motivo suficiente para detenerme.
—No entiendo a que te refieres —digo al fin.
—Kathe eres virgen. —Eso solo es la constatación de un hecho probable—. No quiero presionarte, ni siquiera hemos hablado sobre este tema.
—No creo que haya mucho que hablar. Te deseo, Erick. No soy consciente de lo que pasa a mí alrededor cuando estas cerca, solo puedo guiarme por mi cuerpo y ahora mismo lo único que está pidiendo es a ti, de la forma en la que pueda tenerte.
Y cuando vuelve a besarme, creo que ha dado la conversación por terminada. En cuestión de segundos sus manos están por tantas partes de mi cuerpo que no soy capaz de identificar un lugar concreto. Sus labios recorren con demasiada impaciencia mi cuello y aún así, no con la rapidez que mi cuerpo ansía, que necesita, porque los labios de Erick sobre mi piel, son como el analgésico que no sabía que debía de tomar.
Mis manos vuelven a cruzarse sobre el cuello de Erick y de forma instintiva me presiono más contra su cuerpo, buscando no sé muy bien que. Sus labios abandonan mi cuello y se deslizan silenciosamente hacia mis hombros, demasiado tapados para sentir la presión. Nunca antes había odiado tanto a mi camiseta favorita.
Unos ojos suplicantes me miran, buscando aprobación, pero el deseo que veo en ellos me llena de lujuria. Tomo las manos de Erick y las deslizo hasta mi cintura, indicándole justamente que prenda necesito que desaparezca.
—Tengo tanta sed de ti, que hasta me cuesta respirar —susurra.
Y lo entiendo perfectamente. No sé cómo pude esperar tanto tiempo para sentir todo esto, aunque realmente creo que no son solo las caricias o los sentimientos, creo que todo esto tiene que ver con que vengan de él, no creo que sintiera la mismo con otro. La sola idea de tener otros labios sobre los míos se me hace extraña y perturbadora, no puedo imaginarme entregando todo de mí, a otro que no tenga estos enloquecedores ojos negros.
Cuando las manos de Erick, exploran mi abdomen, justo debajo de la camisilla azul, puedo sentir arder mi piel bajo su contacto, demasiado enloquecedor para querer detenerlo. Y aunque soy consciente de que estoy hablando como esas mismas niñas cursis de las que me suelo reír, no puedo detener la idea de que le quiero, justo como ahora, besando mi cuerpo, acariciándolo, porque nunca he sentido que Erick es tan mío como en este preciso instante y sé que le correspondo de igual forma.
La delicada prenda azul se une a la camiseta en alguna parte del suelo y entre más besos que quitan la respiración, soy arrastrada por mi propio deseo hasta la cama con dosel. Con el peso de Erick empujando contra mí, caemos sobre el colchón, que se hunde bajo el peso de dos cuerpos a punto de fundirse, pero estamos riendo, más de puros nervios que de lo gracioso de la situación.
—Eres preciosa.
—No me digas esas cosas. —No ahora, no aquí, así no puedo pensar.
Pero antes de que pueda objetar algo más, los besos que antes azotaban mi cuello están descendiendo por mi abdomen. Mi cuerpo se siente totalmente ajeno ante el mundo. Es muy injusto que Erick aún lleve esa camisa puesta, estamos de acuerdo en que se le ajusta enloquecedoramente bien, pero aún así me estoy muriendo por acariciar cada parte de su cuerpo. Así que para solucionar el problema llevo mis dedos temblorosos a su camisa, pero con su nariz subiendo y bajando entre mis pechos no logro concentrarme, así que me retuerzo hasta que la puedo arrastrar hacia arriba y la saco por sus brazos. Cuando desaparece en el suelo doy rienda suelta a mis dedos y dejo que todas mis fantasías se hagan minúsculas ante la realidad.
Mis manos no son lo suficientemente ágiles para memorizar cada zona de su espalda y pecho, tan fuerte sus músculos, tan lisa su piel, de repente la idea de esparcir aceite sobre su cuerpo y acariciarlo hasta el cansancio se me vuelve tentadora. Pero cuando el botón de mis vaqueros se desata contengo el aliento.
Fue la cremallera lo siguiente que se deslizó hacia abajo, y justo en este segundo me siento realmente avergonzada, no estoy muy segura de que es lo que realmente debo sentir al respecto, hasta que Erick vuelve a mirarme a los ojos y lo que estoy viendo es tan cautivador que no me importa nada más. En cuestión de un segundo estoy levantando las caderas para poder deshacerme de esos malditos vaqueros anchos.
La expectación crece por segundos dentro de mi vientre y un maldito dolor se ha establecido en lo más profundo de mi cuerpo. Estoy a punto de sospechar que
solo va a desaparecer si Erick me toca, pero por supuesto no pienso decirlo en voz alta. Cuando alzo la vista le veo mirarme fijamente, con esa sonrisita de suficiencia que me enloquece. Algo pasa por su cabeza y lo tengo que saber.
—¿Qué es tan gracioso?
—Llevas las bragas que te regalé.
Oh, mierda, y yo que pensaba que no se iba a dar cuenta.
—Es tu culpa, dijiste que la próxima vez que me vieras, debía llevarlas puestas.
Y aunque intento decirlo en tono sarcástico, solo un pequeño susurro sale de mis labios. Erick sigue mirándome curioso y sus manos vuelven a remover su pelo, él también está nervioso.
—¿Lo habías planeado entontes? Sabías que hoy iba a pasar… —Quiere hacerlo parecer una acusación, pero no le creo, está encantado.
—Una chica tiene derecho a soñar —me limito a decir.
—En ese caso es una pena.
—¿Qué? —pregunto curiosa.
—Que vayas a llevarlas puestas tan poco tiempo.
Y por el brillo malévolo que veo en sus ojos sé que está diciendo la verdad y que estoy perdida.
En apenas unos segundos sus vaqueros negros también desaparecen y piel fría y mojada se calienta instantáneamente ante el roce de su piel con la mía. Su boca exigente arranca cada vez con más fuerza besos afortunados que mueren en mi barbilla, mi cuello, mi pecho… y es la sensación más embriagadora que puedo recordar.
Con un ágil movimiento Erick levanta mi cuerpo hacia el suyo y quedamos ambos sentados con mis piernas alrededor de su cintura. No puedo ocultar el
profundo suspiro de pura sorpresa al notar la parte más dura de su cuerpo contra la más blanda del mío y el dolor que he estado sintiendo, en este momento se hace aún mayor. Tengo que controlarme para no retorcerme más contra él.
Siento como los dedos de Erick intentan deshacerse del maldito sujetador de rayas verdes que se niega a desaparecer.
—Rómpelo —gruño.
Y ni siquiera yo, reconozco mi propia voz. Para mi suerte él tiene un poco más de sentido común que yo, y sobre todo paciencia, por lo que logra desabrochar el sujetador y que éste sobreviva. Cuando el frío aire acaricia mis pechos me siento extraña y expuesta pero no es algo que vaya a impedirme continuar, menos aún cuando las manos de Erick cubren cada uno de ellos. ¡Y yo que pensaba que ya lo había sentido todo!
No sé como lo logra pero sus ojos negros se agrandan por segundos y sé que los míos están haciendo lo mismo, porque en el momento en que las manos son sustituidas por su boca, sé que puede ser mi último día en la tierra y no me importaría en absoluto.
Sus dientes retuercen mis pezones que se elevan buscando solo un poco más de su calor, de sus caricias. ¡Maldita sea, voy a enloquecer! Me estoy muriendo porque me toque, necesito más, mucho más; pero para suerte de mi sentido común, no tengo que gritarlo.
En cuestión de segundos un dedo explorador me acaricia por encima del encaje de la única pieza de ropa que llevo puesta. Un leve gemido se escapa de entre mis labios y sé que es el primero de muchos, porque no soy capaz de contenerme, no si Erick va a volver a tocarme así.
—Esto tiene que desaparecer —murmura, cuando sus pulgares arrastran hacia abajo la diminuta pieza de lencería.
—Por favor... —ruego.
—¿Qué quieres? —El maldito está divirtiéndose con esto. Y si yo no estuviera abrasándome ahora mismo, le pegaría un buen bofetón.
—Tócame. Ahora.
Y lo hace. Sus dedos acarician la parte más interna e inexplorada me mi cuerpo. Se abre paso entre los pliegues resbaladizos, Erick está conteniendo la respiración y yo respirando demasiado rápido. Nunca me imagine que justo esta parte de mi cuerpo tuviera tantas terminaciones nerviosas. Definitivamente la práctica es mejor que la teoría.
Sus dedos expertos localizan el clítoris, lo retuerce lentamente entre dos de ellos y un grito ahogado se me escapa de entre los labios. Si esto es solo con sus dedos… ¡Maldita sea, el sexo puede volver loca a una chica!
Los leves gemidos que salen de mi garganta son los únicos sonidos que se escuchan en la habitación. Con tanta destreza como soy capaz, bajo mis manos hasta los vaqueros de Erick y me alegra ver que están a medio caer. Termino de bajar la cremallera, y con dedos temblorosos los deslizo hacia abajo por sus piernas, cuando mis manos no pueden más, Erick se arrodilla y él mismo se los quita. La visión de Erick en esos boxes azules, es como un suspiro, en menos de lo que dura un pestañeo, ya los ha desaparecido.
Ver a Erick en todo su esplendor, desnudo, es la cosa más seductora que alguna vez haya visto. Y ahora mismo me encuentro rogando a la luna, que nunca se acabe esta tarde. Cuando su piel vuelve a ponerse en contacto con la mía, el efecto que provoca es poco menos que desesperante. Me encuentro retorciéndome contra su cuerpo. Mis caderas intuitivamente se elevan en busca de caricias más cercanas, más íntimas.
Mientras mis manos intentan reconocer cada parte de su cuerpo, sus dedos expertos vuelven a la tarea de explorar las profundidades de mi cuerpo. Un dedo travieso se introduce en el canal resbaladizo que se contrae intermitentemente.
Cuando un segundo dedo le hace compañía los movimientos circulares que se producen en mi interior me derriten.
—Haz algo… —consigo murmurar.
El dolor que se agranda en lo más profundo de mi interior es absolutamente enloquecedor. Si Erick no hace algo pronto o le pego o me pongo a llorar. Pero nada parece distraerlo de su misión de volverme loca. Es tan frustrante.
—Por favor…
Antes de que pueda volver a rogar, su boca silencia a la mía, y los besos comienzan a descender otra vez. Mañana tendré el cuello lleno de pequeños lunares rojos, por no mencionar lo sensible que estarán mis pechos si él sigue besándolos de esta forma. El torturador descenso hace que tenga que mantener mis manos quietas, no puedo seguir su ritmo.
Todo mi cuerpo se paraliza, Erick está presionando su miembro contra mi vagina, y como no haga algo al respecto creo que voy a morir por falta de un orgasmo. ¿Será eso posible? Creo que estoy a punto de saberlo.
El pene de Erick es absolutamente perfecto y bajo mi punto de vista, totalmente teórico y falto de práctica, voy a jurar que es monstruosamente grueso. La sola idea de tenerlo dentro de mí enciende todas las alarmas de cordura que tengo, pero se apagan inmediatamente ante el deseo que vuelve a todo mi cuerpo a suplicar. Me muero de ganas de tocarlo, ver su piel mojada es el mejor indicio de que en algún lugar existe el paraíso. Si no hago algo pronto voy a morir de combustión espontanea, necesito tocarle, así que extiendo tímidamente la mano y acaricio muy superficialmente la mezcla de dureza y suavidad más increíble que haya experimentado, pero Erick se mueve inmediatamente hacia atrás.
—¿Qué? —Exijo, se supone que esto les gusta a los hombres.
—Si vuelves hacer eso no vamos a pasar de este punto.
Maldita sea, yo quiero….
—¿Y siempre va hacer así? Quiero tocarte…
—Pronto, dulce, pronto…
Y con esa promesa, siento como vuelve a besarme, sus labios presionan los míos y toman absolutamente todo lo que tengo para dar, puede que incluso más. Con un ligero movimiento de rodilla, Erick separa mis piernas y vuelve a acomodarse entre ellas.
Ahora que estoy tan cerca de obtener, aquello por lo que llevo suplicando toda la tarde me congelo, a mi cerebro vienen toda clase de ideas sobre la virginidad, algo a lo que nunca he dado demasiada importancia me llena de preocupación. ¿Y si duele? ¿Y si mancho estas carísimas sabanas de seda con sangre? Un debate demasiado perturbador se crea en mi cabeza, que pare ya, por favor.
—Estas pensando demasiado, Kathe —dice mientras deposita un beso sonoro en mi frente—. Estamos hechos para encajar a la perfección, no hay otra posibilidad.
Y bajo su olor embriagador me rindo, no quiero luchar. Cierro los ojos y me entrego al beso que suplican mis labios. El pene de Erick sube y baja entre mis pliegues, tentándome, torturándome, maldito verdugo.
Cuando por fin empieza a empujar la dulce invasión se convierte en el más desgarrador pellizco que he sentido en mi vida. Cuando un grito incontrolado escapa de mi garganta, Erick detiene su avance.
—Cariño, está todo bien… lo peor ha pasado. —En su tono de voz puedo entender que está tan dolido…. Su voz es escasamente un susurro.
Y en apenas un segundo el dolor comienza a disminuir, mi cerebro está concentrándose ahora en la deliciosa forma en la que mi cuerpo se amolda a la exquisita invasión. Erick aún no se mueve y su rostro revela que se está muriendo por hacerlo. Ahora que el dolor es casi un minúsculo recuerdo, levanto mis caderas, incitándole a moverse, creo que está viendo la aprobación en mis ojos porque empieza a hacerlo, despacio, puede que incluso demasiado.
La fricción de su pene dentro de mí, cada vez más profundo, solo un poco más rápido, me está haciendo perder la cabeza. Definitivamente no pueden ser míos los gemidos que inundan la habitación. Para nuestra suerte la casa está completamente vacía, pero de alguna forma maravillosa la boca de Erick vuelve a acallar la mía. Mientras él amoldaba su cuerpo al mío, estoy intentando por todos los medios no desmayarme y perder el sentido.
Me estoy sintiendo como un volcán a punto de entrar en erupción. El dolor que hasta ahora había inundado cada parte del interior de mi cuerpo, no hace más que crecer cada vez que Erick se retira y está a punto de curarse cuando vuelve a introducirse. Pero nunca acaba, y no lo puedo resistir más.
—Vas… a… matarme. Maldita sea.
¿Cómo diablos puede decirme eso? Si solo me falta un maldito cartel tatuado en la frente que suplique que me saque de esta tortura.
—Por favor, necesito…—Enmudezco, tampoco es que pueda ponerle nombre a esta necesidad.
—Un poco más, solo… un poco más… por mí.
Pero no soy capaz de pensar, ni escuchar lo que dice, mi cuerpo ha tomado el poder. Por enésima vez hoy, me rindo y dejo que todo siga su propio ritmo. Las rápidas envestidas de Erick me están dejando sin aire, todo mi interior está temblando y contrayéndose a su alrededor. Soy consciente de que solo necesito un poco más para poder acabar. Así que cuando Erick vuelve a introducirse en mí y presiona dos de sus dedos sobre mi clítoris, con un maravilloso y liberador grito caigo en un abismo de tranquilidad y desahogo.
En algún lugar entre la inconsciencia y la hiperactividad extrema, siento los dedos de Erick dibujar formas invisibles sobre mi espalda desnuda, sus caricias sensuales y provocativas que incendian todo mi interior. Nunca me había sentido tan plena y ajena a todo lo que hay a mí alrededor como en este preciso instante.
La habitación está sumida en un silencio espeso y eterno, pero no llega a ser incomodo, al lado de Erick la incomodidad siempre es pasajera o inexistente.
Ahora mismo no tengo palabras para describir las sensaciones que me recorren. Es una mezcla de dolor y sobre estimulación que hace que me sienta plena. Mis huesos parecen haber desaparecido, todo mi interior es líquido y fluye en armonía con el resto del universo.
Más allá de todo el placer, en lo más profundo de mi ser estoy sintiendo que no hay forma en que esto este mal, no puedo evitar sentir, y por primera vez en mucho tiempo, creo que estoy a punto de pensar en que dejar entrar a alguien no será tan difícil.
El repicoteo de las gotas de lluvia sobre las ventanas de cristal, me saca de mi estado más reflexivo. Miro a mi alrededor pero me niego a mirarle a él. No quiero ver sus ojos. Esos ojos negros en los que se puede leer toda la verdad. Para mí, está tarde ha sido como subirme a una montaña rusa de emociones contrapuestas, no hay razones para no hablar de ello pero justo ahora no creo que pueda encontrar mi voz.
—Hola —dice mientras besa lentamente mi nuca.
Su voz se desliza por toda la habitación, llenando todo mi ser, sustituyendo en mi cabeza, el sonido de mis propios gemidos por palabras simples y llenas de ternura.
—¿Kate, estás bien? —pregunta mientras el dedo índice recorre mi espalda.
No creo que el leve gemido que sale de entre mis labios, sea lo suficientemente entendible, así que me esfuerzo por conseguir que alguna expresión salga de mi garganta, pero resulta que solo hay una palabra que quiero decir.
—Erick. —Y no es más que un susurro.
Me abrazo a su pecho, con todas las fuerzas que tengo, porque aunque parezca absurdo y completamente loco, en sus brazos me siento libre y protegida al mismo tiempo.
—Me encanta verte despeinada —murmura, aunque no estoy segura de si lo dice para mí o solo para sí mismo.
—Mentiroso —le recrimino—. Seguramente esté hecha un desastre, pero no me importa, nunca me he sentido mejor que este momento.
Estoy bastante agradecida de que por fin saliera toda una frase de mí.
—Kathe, nunca has estado más hermosa que ahora, desnuda y satisfecha, entre mis brazos.
Y le creo, no sé porque pero lo hago. Sus ojos tiernos me están devorando y quiero hacer lo mismo con él. Quiero pasar mis labios por cada parte de su cuerpo. ¿Crees que es buena idea poner en práctica todas esas cosas que no han hecho aún? Pregunta la vocecita que se mete en todo lo que no debe. Pero tengo respuesta para su pregunta, me encantaría. Y sonrío, una sonrisa que se vuelve risa en un solo segundo.
—¿Qué es tan gracioso?
—Mi subconsciente —confieso.
Su rostro es la viva muestra de confusión pero no le aclaro nada y tampoco vuelve a preguntar.
—¿Ya tengo que volver a casa?
—¿A qué te refieres? —pregunta.
—Ya hemos terminado aquí —digo moviendo los dedos entre la distancia que separa nuestros cuerpo—. Puedo volver a casa. No veremos otro día.
Pero justo cuando empiezo a levantarme de la cama, unos fuertes brazos se aferran a mi vientre y me hacen caer otra vez sobre las sábanas blancas.
—No hagas esto, Kathe. Por favor, no nos hagas esto. —Su tono es más de suplica que de una orden.
—No sé a lo que te refieres. Ya hemos acabado, me voy a casa. Será lo mejor.
—Kathe, habla conmigo, por favor. No vuelvas a salir corriendo. No voy a permitir que pienses, ni siquiera por un segundo, que esto no significo nada. ¡No te voy a dejar ir!
Tenía que elegir al único hombre que le apetece hablar de sentimientos. No quiero, habar de lo que siento, no es tanto eso como que no quiero sentir, pero lo hago. ¡Siempre tengo que arruinarlo todo! Cuando miro los ojos de Erick, eso ojos tristes que he adorado desde que los vi, me siento estúpida.
—Lo siento —murmuro—. La culpa es mía. No debí dejar que esto pasara. Erick, no puedo hacerte esto. Siempre que he querido a alguien, me ha dejado… o le he dejado ir.
—Eso no va a pasar conmigo, no vas a huir, no lo permitiré. Ni siquiera tú vas a arruinar lo que sientes por mí. —Su mano presiona la mí y la lleva hasta su pecho—. Si tengo que atarte a la cama para evitarlo, avísame e iré consiguiendo cuerdas. Vas a quedarte aquí, conmigo, vamos a hablar. Toda la tarde y toda la noche si es necesario, pero antes vamos a ducharnos.
Por el tono autoritario de su voz, no me atrevo a discutir. Dejo caer la sábana sobre mi regazo y me levanto cuidadosamente de la cama. Justo en el momento en que mis pies tocan el piso, caigo otra vez sobre el colchón. ¡Me he levantado demasiado rápido!
—Vamos debilucha. Necesitas un té y yo un café. Justo después de la ducha.
Es absurda la forma en la que me conoce. Pero justo en el momento en que lo menciona mi boca se hace agua, deseando una taza de té rojo, solo imaginando el líquido caliente bajando por mi garganta. Sí haría cualquier cosa por eso ahora mismo.
Cuando atravieso las puestas del baño, me concentro en cualquier cosa que no sea el cuerpo de Erick desnudo, pero fallo. Definitivamente todo mi cuerpo está predispuesto a verlo, tocarla, desearlo. Veo como se inclina delicadamente a recoger las tollas blancas y abrir la ducha, seguidamente.
El agua clara cae en una cascada sonora, mis músculos reaccionan instantáneamente al vapor que cubre la habitación. Me siento algo sucia y cansada, como no pude darme cuenta de cuánto deseaba esto. Erick tiende su mano, la tomo. Me lleva dentro de la ducha y se mete conmigo. Me siento tan tentada besarle cuando vuelvo a ver su pelo mojado, pero no me atrevo, así que levanto mi brazo derecho y paso mis dedos entre sus oscuros cabellos.
—Siempre me han gustado los chicos con el pelo largo —murmuro, aunque no estoy muy segura de que lo haya escuchado.
Se llena las manos de un gel de ducha que hay justo a su espalda, y me mira pidiendo autorización. Asiento esperanzada de volver a tener sus manos sobre mí. Y sus dedos vuelven a incendiar mi piel. Es como si estuvieran hechos de pequeños rayos de sol, si me tocan, me derrito.
Sus manos acarician mi cuello, descienden por mis hombros, mis pechos y mi abdomen. Lentamente la conciencia me abandona, no soy capaz de pensar con claridad. Soy una idiota, no puede ser que vaya a perderle. Erick es una de las pocas cosas buenas que me han pasado en los últimos años. Quiero conservarlo. Ya sé que no es mío y no soy posesiva en absoluto, pero sí que desearía poder ser mejor para él, atreverme a sentir, sin reservas y en libertad. Pero no puedo hacerlo, no tengo fuerzas para intentarlo, el miedo es más fuerte.
Cuando vuelvo al momento presente, en el planeta tierra, Erick me está mirando con ojos inquisidores, pero niego y le acaricio los hombros y el pecho, no tengo jabón, pero mi intención no es lavarle, sino sentirle. Me estoy ahogando dentro de mi propio cuerpo, se me está formando un nudo en la garganta de solo pensar en que él vaya hacer caso a mis neurosis de desaparecer de su vida. Deseo por encima de todo que Erick encuentre las fuerzas para salvarme de mi misma. Quiero decírselo, pedírselo, pero eso sería mostrar mi debilidad por él. No encuentro palabras para hablarle, el nudo de mi garganta, me asfixia, hasta que me abrazo a su pecho y las lágrimas se escapan de mí.
Erick me deja llorar, sin preguntas, ni respuestas, sin ruidos o suplicas, solo en silencio. Sus brazos nunca dejan de mantenerme firme contra él, no permiten que me derrumbe, porque Erick es todo lo que he estado escudriñando, su amor es lo que he estado buscando hasta en el ruido de mi propia soledad. No sé si podré corresponderle como se merece, pero al menos se merece que quiera intentarlo.
Cuando las lágrimas dejan de caer con desesperación por mi rostro, Erick cierra la ducha y me envuelve el pelo en una esponjosa toalla blanca y seca cada centímetro de mi cuerpo y el suyo antes de envolvernos a ambos en albornoces, del mismo color. ¿Será que en esta casa todo es blanco? Sigue sin hablar mientras bajamos descalzos, por las enormes escaleras hasta la cocina.
—Siéntate aquí, dulce. —Me deja en una de las elegantes sillas de color marfil que hay en la maravillosa cocina.
Distraídamente le veo colocar una taza en el microondas y enciende la cafetera eléctrica. Erick luce increíblemente sexy con cualquier cosa que se ponga, incluso un albornos. ¿Cómo es que he logrado que un Adán como este se fije en mí? Suerte que tienen los que no se bañan. Susurra la vocecita, divertida. Un delicioso olor a caramelo me llega desde alguna parte de la cocina. Arrastro mis ojos hasta la taza de café que hay justo en frente mío, así que le gusta el café con caramelo…
Erick pone entre mis mano una taza con una bolsita de mi té favorito dentro. Definitivamente este hombre a cada segundo se hace más perfecto. Una pena que yo no sea buena para él, desearía entregarme por completo a él pero no puedo. Mi cuerpo ya es suyo, no puedo arriesgar de la misma forma mi alma, mucho menos mi corazón. Pero por la forma en la que está mirándome ahora mismo, no tengo dudas de que no se va a dar por vencido, no va a renunciar hasta que tenga todo de mí. ¡Y yo estoy tan tentada a entregárselo!
—Bien, ángel. Ahora vamos a hablar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario