A él, porque cuando lo lea,
va a querer matarme.
Son casi las doce de la noche
del viernes y no puedo dormir, Erick no
vuelto a llamarme. No sé nada de él desde el martes pasado, cuando le dije
hablándole a mi teléfono. Escucho hablar a Laura cada día con él, ni siquiera ha
preguntado por mí. Tal vez me pasé realmente, no tenía qué no haberle dado una
respuesta, no tenía que reprenderlo por tener mi número de teléfono ni tenía
que haberle dejado hablando solo. Pero yo no sé cómo enfrentarme a todo esto.
Puede que fuera lo mejor, así no me dará tiempo de ilusionarme demasiado, ni de
soñar con un futuro que no existe ni existirá, nunca.
Pero si esta es la mejor
opción, si es lo que está bien, ¿por qué no se siente correcto? ¿Por qué
diablos duele tanto? ¿Es patético que pase las noches abrazada a la almohada
que uso cuando se quedó a dormir, solo porque tiene su olor? Sí contesta la
molesta e irritante vocecita, y no puedo estar más de acuerdo.
Estoy sola en casa, Carlos vino
a buscar a Laura alas cinco, ya deben de estar cenando con sus padres, la
futura boda será un hecho después de esta noche. Mientras el silencio me acompaña, sigo sin
poder concentrarme en estudiar, en el trabajo también estoy distraída, es una
suerte que no me hayan despedido, he recomendado a una menor de edad un libro
que tenía escenas de asesinato muy detalladas.
Mi té reposa, ya frío, sobre la
mesa de centro del salón, no puedo dejar de pensar en todo esto. Tal vez
debería llamarlo, llamarlo y decirle como me siento. Maldita sea, he dejado que
juegue conmigo, yo no soy el juguete nadie y tiene que saberlo.
Tomo el móvil y busco, con
dedos temblorosos, el número, que él mismo agregó a mi teléfono, presiono la
familiar tecla verde y escucho los suaves sonidos del teléfono sonar, al tercer
timbre lo coge.
—
¿Sí?
Es él, todo mi cuerpo se
congela, no tenía que haberlo llamado, no sin una maldita estrategia.
—
¿Kathe?
— guardo silencio— Sé que eres tú. Tengo identificador de llamadas— me
recuerda.
Le ignoro. Imbécil. De repente
lo entiendo todo, el ruido, está en una fiesta, maldita sea. Puedo escuchar la
música tan alta, que apenas puedo oírle a él. Yo estoy lamentándome aquí por él
y está en una fiesta. ¡Con alguna de esas zorras! Pero me va a escuchar.
—
Tú.
No que vuelvas a llamar, o hablarme, jamás.
—
Has
sido tú quien me ha llamado— dice, y tiene razón.
Parece
divertido. Idiota.
—
Perdona,
no pienso volver a hacerlo— y cuelgo.
Maldita sea. Ni siquiera le he
dicho todo lo que pensaba. No puedo creer que esté con una de esas innumerables
rubias que le acompañan a sus eventos sociales. Sí, he visto las fotos,
internet está lleno de fotos de Erick con innumerables rubias, cada una más
bella que la otra. El problema aquí está en que me importa, ¿por qué? En no es
mío ni nada parecido, ¿por qué tiene que molestarme? No lo sé, no lo entiendo,
ni tiene un sentido lógico, pero lo hace, me molesta, me enfurece y me duele
como un demonio. Es como no saber que existe una parte de ti que puede doler
hasta que lo hace y entonces el dolor no desaparece por más que lo intentes.
No es que yo quiera esto,
simplemente llegó y se instaló, se acomodó y ahora no puedo echarlo. Es tan
estúpida la cantidad de esperanza que pueden esconderse tras unas palabras
bonitas. Ahora mismo no me siento ni guapa, ni buena, ni querida, mucho menos
valorada, ahora mismo solo me siento usada.
Esta es la clase de sentimiento
que estado evitando toda mi vida y en menos de una semana llega Erick, con su
sonrisa embriagadora y sus ojos azabaches y destroza la mayor parte de mis
barreras, sin que me de cuenta. Entonces la culpa es solo mía, por ser tan
estúpida y permitir que todo esto pasara.
Y vienen a mi mente los últimos
segundos antes de nuestro primer beso, él dijo que tenía que irme, huir y
escapar de él. En ese momento esa idea ni siquiera se pasó por mi cabeza, pero
ahora pienso que tenía que haberle hecho caso. Mi teléfono suena, no quiero
cogerlo y no lo hago; dejo que suene y se silencie dos veces, pero cuando suena
la tercera lo cojo, solo quiero que pare y me deje dormir. No me molesto en
mirar quien llama, solo puede ser él.
—
Voy
a verte—oh dios.
—
¿Qué
parte de no me llames no entendiste?
—
Ninguna.
Voy para tu casa.
—
Como
se te ocurra aparecerte por aquí pienso golpearte la cabeza con un bate de
beisbol— digo y cuelgo.
¿Qué habrá querido decir
exactamente con voy para tu casa? Papá siempre decía que la diferencia entre
hombres y mujeres es que ellos son muy literales, sueltan lo primero que se les
pasaba por la cabeza. También decía que las mujeres solíamos darle vueltas a
las cosas antes de hablar, siempre dijo que somos más listas. Realmente espero
que no venga, no hoy, no esta noche, no estoy segura de poder soportarlo.
El sofá ya no me parece
demasiado cómodo, me rodeo las rodillas
con los brazos, y me siento en el suelo. No quiero verlo, la cuestión, no es
que no quiera, es que no puedo, no ahora cuando estoy hecha un manojo de
nervios, me siento como un cachorro abandonado, a punto de ponerme a llorar de
la furia. No sé cómo puedo sentirme mal por no dar una respuesta, por no estar
segura de lo que siento. No estoy lista para dejar entrar a nadie y eso debería
entenderlo.
Los suaves toques de la puerta
despiertan tanto mi furia como mi miedo. Vino. ¿Y lo dudabas? No. Contesto a la vocecita incansable, intentando
ser sincera. No me muevo, me quedo muy quieta, a oscuras. Tal vez si no me muevo, no hablo, no se dé
cuenta que estoy aquí. Si pudiera hasta evitaría respirar.
Pum, pum, pum, una y otra vez.
Entonces escucho su voz a través de la puerta, dulce y exigente como
siempre.
—
Tengo
una llave ¿sabes?
Esto es inútil, no puedo verle,
no ahora, no soy responsable que lo que pueda hacer, hace demasiado tiempo que
no me siento tan desconcertada. Quizás desde que tuve que dejar a mamá, sola,
en ese hospital, hace ya mucho tiempo.
—
Vete,
por favor— grito.
—
Mocosa
malcriada— replica a través de la puerta— Abre, ahora.
Y me siento muy tentada a decir
que no, pero en su lugar me encuentro caminando hacia la puerta con unas ganas
impresionaste de atestarle un porrazo en esa dura cabezota.
Cuando abro la puerta, me
encuentro directamente con sus brazos fuertes, justo delante de mí. Lleva
vaqueros oscuros y una camisa negra, que no le había visto llevar hasta ahora,
tan guapo que casi duele, pese a que lleva un casco. ¿Por qué diablos lleva un
casco?
Entra y cierra la puerta tras
de sí, aunque nadie le invitó a entrar. Yo sigo en mi lugar a menos de un metro
de él.
—
Bueno
¿dónde está ese bate?
Ahora
sí que estoy confusa, ¿quiere jugar al beisbol? ¿A esta hora?
—
Cuanto
antes me pegues con un bate, por venir, antes podremos hablar.
Mierda,
yo dije eso. Sonrió y eso me hace
enfadarme más con él.
—
No
me hagas reír cuando estoy enfadada contigo—replico— y quítate esa cosa
ridícula de la cabeza.
Me dirijo al sofá con
Erick siguiéndome muy de cerca, si él no
enciende la luz, yo tampoco voy hacerlo. Me siento en la esquina y me abrazo
fuertemente a mis pies, pero no encuentro la seguridad que quiero y necesito,
desesperadamente.
—
¿Por
qué estás aquí?— pregunto, haciendo un esfuerzo por lucir muy enfadada.
—
Porque
me llamaste.
Como si eso lo explicara todo.
Manipulador.
—
¿Qué
tal tu fiesta? No tenías que haberla dejada por
una estúpida llamada — digo y pretendo parecer inocente, no cuela.
—
¿A
ti te parece que vengo de una fiesta?
La verdad es que no lo había
pensado, luce despeinado, cansado, pero no feliz, su ropa es informal y no
huele a ningún perfume caro de mujer fácil. Tiene el pelo revuelto, como si no
se hubiera peinado y huele a él, solo al Erick que yo conozco, una fragancia
masculina e inidentificable. Me encojo de hombros, no tengo nada para contestar
a eso. Cautelosamente, se acerca más a mi extremo del sofá.
—
Por
favor, no me toques.
Las palabras se disparan de mi
boca como cuchillos afilados, una mezcla de dolor y rabia, pero también es una
súplica. Pero él se detiene y mantiene la distancia.
—
¿Qué
te pasa? Vamos dulzura, cuéntamelo.
Y sé que tengo que hacerlo,
pero no tengo muy claro por qué estoy enfadada con él, podría darle una lista,
pero eso ahora me suena infantil, estoy actuando como una niña caprichosa. Pero
él ha estado jugando conmigo y ni él ni nadie tienen derecho a hacer eso.
—
No
sé como tienes la desfachatez de venir. Yo no soy un juego, me he esforzado
mucho para que nadie me haga daño para que vengas y en una semana creas que con
palabritas bonitas a poder hacer pedazos todo mi ser…
—
Dulce…
—
No
me llames así, yo no soy un dulce, soy una persona que merece como mínimo
respeto, así que por favor, no quiero que me vuelvas a buscar, ya me has hecho
más daño del que permitiré.
Y estoy llorando otra vez, me
quito las gafas y las dejo sobre la mesa del centro, y me abrazo más a mis
brazos y dejo que por unos minutos las lágrimas me consuman. Y cuando me abraza
no encuentro las fuerzas para poner distancia entre los dos, así que dejo que
me sostenga entre sus brazos y me deje llorar.
Hay que ver con la frecuencia
con la que lloro desde que conocí a Erick, eso solo es una de las muchas
razones por las que debo alejarme de él, pero es como si algo en mí me lo
impidiera, no quiero que me deje ir, solo sé cuanto bien me hace cuando está
cerca.
Hace mucho tiempo que no me
siento protegida y por alguna razón cuando estoy con él lo siento, como cuando
tenía seis años y veía películas los sábados con mamá y papá en el sofá, nunca
llegaba a ver el final, porque me quedaba dormida y papá me subía a la
habitación y mamá cantaba para mí hasta que realmente sabía que no me iba a
despertar, por esos días me sentía segura, protegida, era libre de amar, pero
cuando papá nos dejó… todo fue cuesta abajo, nada volvió a ser igual. ¿Cómo
seguir pensando que merecía ser querida por alguien, si todas las personas que
alguna vez había querido me abandonaban?
—
¿Estás
mejor?
—
Sí—
contesto avergonzada— Siento todo el drama.
Le veo
negar con la cabeza, entre la oscuridad de la habitación.
—
No
sabes lo feliz que estoy de que llamaras— dice de pronto—. Llevo toda la semana
esperándolo, creí… pensé que necesitabas
tiempo para asumir todo esto. Sé que voy demasiado rápido— vuelve a
sacudir su cabeza—. Pero no puedo evitarlo, hay algo que me atrae a ti.
—
Yo…
pensé que no lo entendías…
Pero parece que él lo entiende
incluso mejor que yo, solo estaba dándome tiempo a adaptarme a la idea de un
nosotros.
—
Yo
solo quiero que sepas como se siento todo el tiempo, si tú necesitas más
tiempo, estoy dispuesto a esperar por eso.
—
Realmente
quiero confiar y sentir, te juro que lo intento, pero todos a quienes alguna
vez he querido ya no están, y no quiero volver a pasar por eso, no sin estar
segura de que realmente vale la pena.
—
Lo
entiendo— repite y yo le
creo—. Sé que en alguna pequeña parte de ti, quieres ser
amada, pero estas luchando para que eso no pase. Tranquila, sé que estas
cansada de luchar y yo estoy aquí para que por fin te des por vencida.
Esas son las únicas palabras
que necesito escuchar para darme por vencida. Erick, me pone sobre su regazo y
acuna mi cara contra su cuello, deja que lloré allí, piel contra piel.
Sintiéndome realmente protegida y querida, aunque solo fuera una ilusión. Adoro
su aroma, huele como él, como justo lo que necesito.
—
¿Cenaste?—
pregunta de pronto y yo niego con la cabeza—. Genial porque tengo hambre.
Me deja a un lado y se dirige
hacia la zona de la cocina, me pongo sobre mis rodillas sobre el mullido sofá y
le observo caminar despreocupado y terriblemente sexy hasta el refrigerador. Se
detiene en la puerta y la deja abierta para observar nuestras reservas. Por una
vez está lleno.
El pelo oscuro le cae sobre el
cuello y siento como míos dedos arden por tocarlo. Pasan por mi mente una
infinidad de imagines, de mí con Erick, con mis dedos entre su pelo y sus
labios acariciando mi cuello como la primera vez que dormimos juntos. Todo lo
que tengo son ganas de tocarle, porque aunque esté a menos de diez metros,
siento un frío que no puedo escribir, así que reúno todo el coraje que puedo y
camino hacia donde se encuentra, aún mirando que sacar del refrigerador.
Envuelvo mis brazos alrededor de su vientre, tomándolo por sorpresa y me abrazo
a él con todas mis fuerzas, presionando mi mejilla contra su espalda. Erick
coloca sus brazos sobre los míos y permanece así, quieto, todo para mí.
—
Baila
conmigo— susurra.
Y sin esperar respuesta, me gira para poder
tomarme entre sus brazos, mi mejilla contra su pecho, su mentón sobre mi
cabeza, todo tan simple que ni siquiera me atrevo a recordarle que no tenemos
música. Nos estamos moviendo de derecha a izquierda, de izquierda a derecha,
lento, demasiado tal vez. Lo único que sé es que no quiero pensar en nada más
que en este momento, junto a él. Me concentro en los suaves latidos de su
corazón y dejo que guíe mi cuerpo, y por unos preciosos segundos me olvida de
que estamos dando vueltas alrededor de la cocina, solo iluminados por la luz
del refrigerador.
—
Se
supone que tenías hambre— le comento, y parece indiferente ante la información.
—
Mmm…
—
¿Me
está ignorando, señor Maclaing?— pregunto en tono burlón
—
Eso
nunca va a pasar— y el tono serio con el que pronuncia cada palabra me hace
sentir segura.
Erick mete en el microondas una
pizza congelada que encuentra, ni siquiera estoy segura quien la compró. Coloca
un gran vaso de zumo de mango delante de mí y otro a mi lado. Cuando la pizza
está humeante delante de ambos, vamos comiendo pequeños trozos. Y mientras
Erick me cuenta como está Emily, sonreímos, parece ser que la “fiesta”, que tan
mal me puso, no era más que él regresando a su casa para poder dormir, Emily
llora toda la noche.
—
No
te imaginas cuanto te he echado de menos.
Y aunque no estoy muy segura de
si puedo creerme eso, le contesto con la única verdad que tengo.
—
Yo
también te he echado de menos.
Cuando me despierto por la
mañana, lo primero que veo es una estancia blanca, no estoy en mi cama, ni en
mi habitación. Abro más los ojos e inspecciono las paredes que me rodean, estoy
en el salón, sobre el sofá y pegada al pecho de Erick. Me remuevo entre sus
brazos, hace mucho calor, incluso para ser junio, ese fue el motivo de que me
despertara.
Levanto más la cabeza, esto
presa entre el espaldar del sofá y el cuerpo de Erick. Se ve tan tranquilo
cuando duerme, parece relajado feliz,
sus labios están ligeramente separados…son tan atrayente. Entonces me pregunto
¿por qué no me besó anoche? Recuerdo que después de cenar, a las dos de la
mañana, nos arremolinamos uno contra el otro en el sofá solo para hablar pero
Erick no me besó.
Paso mi mano sobre su mejilla y
acaricio la suave barba que le está creciendo. Vuelve el cosquilleo que recorre
mi cuerpo, ese mismo que me hace tan vulnerable cuando Erick me toca. Le veo
abrir lentamente los ojos e inmediatamente escondo la mano. Estoy avergonzada,
pero él parece divertido. Toma mi mano y la coloca sobre su rostro, justo donde
estaba hace un minuto.
—
Hey,
hola— besa mi frente—. Me gusta que me toques.
Mi mano acaricia su mejilla
guiada por él, le veo suspirar, antes de agregar algo más.
—
No
te imaginas cuanto.
Pero lo entiendo, porque si mi
tacto produce en él, solo una mínima parte de lo que siento cuando su piel toca
la mía… puede que no salgamos vivos de esta.
Me gusta verle acabado de
despertar, parece tan joven y despreocupado, me recuerda a esos dioses griegos
mitológicos, demasiado perfectos para ser humanos pero lo suficientemente sexy
para desear que lo sean y tú puedas tener el privilegio de tocarlos.
—
Estás
preciosa, sobre todo cuando estás despeinada.
—
Mentiroso—
le reprendo.
Me sonríe abiertamente y sé que
daría cualquier cosa por detener el tiempo en este preciso instante, pero como
no puedo hacerlo, me guardo el recuerdo para más tarde, cuando él no esté.
—
¿Qué
quieres desayunar?— pregunta mientras me retuerzo más para estar más cerca.
¿Y quién puede pensar en comida
en un momento como este? Aunque por supuesto, hay algo que quiero.
— ¿Qué fue ese pensamiento, dulzura?— sacudo la cabeza de un lado a
otro, con los ojos muy cerrado—. Bueno… si no quieres contármelo… al menos dime
que voy a desayunar.
—
Besos—
digo y sé que una parte de mí abandona inconscientemente mi cuerpo.
Y alzo mi rostro para buscar
sus labios, los atrapo entre los míos y fuerzo la respuesta de Erick, está
sorprendido. Atrapa mi labio inferior y lo muerde, demasiado perfecto. Sus labios
se mueven más rápido que los míos e intento seguir el ritmo. Sus manos están
subiendo y bajando por mí espalda, mientras me presiona más entre el sofá y su
cuerpo, no puedo pensar, me limito a sentir, mi cuerpo se vuelve totalmente
líquido y caliente y por más que lo intento no logro encontrar suficiente aire
para respirar.
El beso termina demasiado
rápido, aunque creo que en el momento junto para que no me desmayara por la
falta de aire en mis pulmones. Erick no me suelta en ningún momento y traslada sus
labios de mi boca al cuello y lo tortura con infinidad de pequeños mordisquitos
por todo el costado derecho. Es la sensación más deliciosa que soy capaz de
recordar, solo suplico internamente a todo lo poderoso de este mundo que él no
pare, que no se detenga.
No tengo idea de cómo pero
Erick presiona más mi cuerpo contra el suyo, y puedo sentir todos sus músculos
sobre mi cuerpo, pero no solo sus músculos, puedo sentir su erección
presionando contra mi abdomen, firme y dispuesta.
Mierda. ¿Yo he logrado eso? ¿Cómo es que en
algún momento pude pensar que nunca despertaría deseos sobre él? Acaba de tirar
mi teoría por el suelo, justo ahora. De repente el miedo me está invadiendo, no
sé qué hacer, no puedo manejarme con esto, no ahora, no aquí.
Mis silenciosos gemidos, se
detienen cuando empiezo a hiperventilar, esto no me puede estar pasando a mí.
Es entonces cuando siento que todo mi cuerpo se pone rígido y Erick detiene sus
labios y los aparta de mi piel, sus manos también han dejado de explorar mi
espalda pero no me suelta, ni un poco, solo le escucho susurrar a mi oído.
—
Ya
paro.
Y puedo percibir que su
respiración es casi tan irregular como la mía. Aún no doy crédito a que alguien
como él, un hombre por el que cualquier mujer iría al infierno, me dese, a mí.
—
Lo
siento—susurro contra su cuello— No puedo.
Y es la verdad. No hay duda
alguna que lo deseo, al extremo incluso, quiero fundirme con él hasta que no
logre distinguir donde empieza su cuerpo y acaba el mío, pero no aquí, no de
esta forma, no buscando resolver los problemas que ni siquiera estoy segura que
tengamos. Por dios, ni siquiera sé si hay un nosotros.
—
No
pasa nada, dulzura…— murmura tranquilizador— Puedo esperar, cuesta. No estoy
acostumbrado, pero por ahora puedo soportarlo. Por ti.
¿Se habrá dado cuenta de que
acaba de asumir que se folla a todo lo que puede, en cuanto tiene oportunidad?
Pues no lo creo, idiota. Aunque entiendo perfectamente que cualquier mujer con
un poco de cerebro este derritiéndose no solo por ese cuerpo sino por todo el
conjunto y si yo quisiera podría ser mío, solo mío. Temporalmente, maldita vocecita provocadora. De cualquier forma
ella tiene razón y yo aún no estoy muy segura de que lo que exactamente quiero,
a largo plazo.
—
Te
deseo— confieso—. Mi cuerpo se derrite bajo tu toque pero no creo que tener
sexo ahora, en el salón de la casa de otra persona y buscando simplemente
solucionar una discusión, no estoy segura qué, sea una buena forma de empezar
una relación.
—
¿Relación?—
pregunta y parece esperanzado, yo me limito a asentir con la cabeza—. ¿Eso
significa que vas a intentarlo?
Su alegría me está rompiendo el
corazón. No salen las palabras de mi garganta así que vuelvo a mover la cabeza.
Y es todo lo que necesito para que en cuestión de segundos esté apretada contra
el cuerpo de Erick que me da vueltas por toda la habitación. Todo me da
vueltas, estoy mareada, pero realmente no me importa. Cuando vuelvo a tener mis
pies en el piso escucho a Erick, que me habla con voz suplicante.
—
Tu
idea de desayuno es tentadora pero, Kathe, un hombre necesita algo de pan y
agua de vez en vez.
¿Cómo alguien no puede querer a
este hombre? Le arrastro tras de mí y me pongo a prepara el desayuno. El olor a
zumo de naranja recién exprimido me hace darme cuenta de cuanta sed tengo, así
que termino de cortar las frutas y las coloco en un solo plato. Erick busca dos
pequeños tenedores y en menos de diez minutos estamos comiendo de pie, en la
cocina. Lo curioso de todo esto es que entre bocado y bocado recibo uno o dos
besos extra, creo que es un desayuno perfecto.
¿En qué momento mi vida se convirtió
en una montaña rusa de emociones? No estoy muy segura pero he tomado una
decisión irrevocable, voy a intentarlo y ya lideraré con el dolor cuando sea el
momento, no voy a dejar pasar la oportunidad de bañarme en el manantial fresco
de amor que me ofrece.
—
¿Qué
miras?
—
A
ti, eres lo más hermoso que he visto en mucho tiempo— dice sorprendiéndome.
Sé que me estoy sonrojando y no
me importa cuántas veces me lo diga, no sé cuando aprenderé a encajar los
cumplidos. Al menos no si vienen de Erick, y por un segundo quiero acariciar su
nombre entre mis labios, pero guardo silencio, y cambio de tema.
—
¿Qué
vamos hacer hoy?
—
¿Vamos
a pasar el día, juntos? ¿Puedes?
Se
te ve el plumero Steven, me murmura alegremente la
vocecita que habita en mi cabeza. Y lo admito, la esperanza en mi voz me
delata. Me muero por pasar las horas con él, ahora mismo no me molestaría
volver al sofá y quedarme entre sus brazos todo el día. Pero eso es demasiado,
no soy ese tipo de chica, quizás estaría bien salir un rato de esta casa.
—
Salgamos.
A cualquier parte, no me importa mucho, cualquier lugar estará bien.
Me besa en la frente, y solo el
roce de sus labios sobre mi piel, hace que todas mis terminaciones nerviosas
cobre vida.
—
Apenas
son las nueve, ¿qué te parece si vamos a ver a mis padres y después podemos ir
a mi casa?
Mi rostro se congela, cuando
decía que quería ir a cualquier parte, no había pensado en esos dos lugares.
¿Sus padres? ¿Está de broma? Son mis profesores, de ninguna manera estoy
preparada para eso. No tengo claro está relación, no creo que pueda simplemente
pasarme por allí y decir que fui a saludar. Creo que esa visita debe esperar.
Pero claro la idea de su casa, eso me deja entre la espada y la pared, me
gustaría conocer más de él, y solo he visto la entrada de su casa, la idea es
seductora pero no estoy muy segura de que
vaya a poderme resistir a él, aunque claro creo, que no quiero
resistirme.
—
No
creo que pueda ir a la casa de tus padres…— susurro.
—
¿Por
qué?— su expresión es indescifrable y tengo miedo de haberle ofendido.
—
No
es que no quiera… es que no creo que aún tenga claro si esto…— muevo mi mano
mostrándole la distancia entre los dos— lo que quiera en lo que nos vayamos a
convertir funciones. Solo quiero estar segura… solo un poco de tiempo, dame
solo eso…por favor— agrego finalmente.
—
Claro,
tomate todo el tiempo que quieras, no quiero que sientas que te estoy
presionando.
—
Gracias.
— digo y me inclino sobre sus labios.
Esto de que sea más alto que yo
me dificulta besarle, empiezo a creer que los tacones son una buena idea, así
que me cuelgo de su cuello y dejo que el beso nos consuma. Mi pecho se mueve
demasiado rápido cuando Erick me besa y definitivamente eso no puede ser bueno
para mi salud, pero no pienso quejarme de ello.
—
¿Mi
casa, entonces?— pregunta.
—
Claro—
digo aunque sigo sin estar segura de todo esto.
Antes de poderme arrepentirme
ya estoy sentada en el coche de Erick, camino a la casa de la playa. Tiene mi
mano izquierda entre la suya, sigo pensando que esto hace peligrosa la
conducción, pero no me importa, su tacto es sencillamente cálido.
Poso mis ojos en el camino y
pienso en mamá, tengo que llamarla hoy, no hablo con ella desde el miércoles,
sé que está mejor, incluso le han quitado la medicación, con suerte en unos
meses podrá volver a casa conmigo, o mejor dicho, podré buscar una casa para
nosotras. Cuando me gradué, dentro de dos semanas podré sacarla de la clínica o
al menos espero que pueda.
—
¿Algo
va mal?
—
No.
Solo pensaba en mi madre. Creo que le gustarías— Agrego al fin.
Erick solo sonríe y vuelve su
concentración a la carretera. No me ha preguntado nunca por mi familia, no creo
que no le importe, creo que está esperando a que yo decida compartir esa parte
de mí con él. Tampoco estoy segura de que Laura le haya contado mucho sobre mi
familia.
—
¿Te…
te contó ella algo sobre mi familia?
—
No,
Lau sabe que es un tema difícil para ti.
—
No
has presionado para que te hable de ello, ni siquiera has preguntado— le digo.
—
Nunca
haría algo así, entiendo que es algo difícil para ti, cuando estés listas, me
lo dirás.
—
Gracias—
consigo decir.
Antes de que pueda pensar en lo
perfecto que es este hombre, ya hemos llegado a su casa. Y un nudo inunda mi
estómago, estoy nerviosa. No solo porque estamos solos y realmente aislado,
sino porque este es su lugar su espacio y lo está abriendo a mí, como lo hace a
cada minuto con su corazón pero yo no puedo corresponderle, aún, pero lo estoy
intentando, realmente quiero confiar en él.
Como todo un caballero inglés,
me abre la puerta y mientras me guía desde el coche hasta la entrada, saca las
llaves de su bolsillo derecho y abre la puerta para mí.
La estancia es más que
espaciosa, con suelos de madera y colores claros en las paredes y muebles.
Todos los espacios son abiertos y la pared que da directamente a la playa es
toda de cristal, desde la puerta de la entrada podría ver el mar azul si las
cortinas blancas estuvieran mejor atadas.
La casa, tiene un aspecto
masculino que me encanta, es tan de su estilo, ¿cómo me llamó una vez a mí? Ah,
sí, exótica, esa es la palabra para esta casa, además de espectacular, por
supuesto. De repente me lo imagino descalzo y llevando solo sus vaqueros
oscuros, tirado sobre el sofá blanco que preside el salón y me recuerda a un
dios griego, quiero saltarle encima. Mis hormonas, mis deshonrosas hormonas….
Respira, Katherine, respira.
—
Este
lugar es fantástico— murmuro.
—
Me
alegra que te guste— dice mientras mordisquea mi cuello, mmm, me encanta cuando
hace eso—. Voy a enseñártelo todo.
Y eso hace, me muestra cada
estancia, la moderna y espaciosa cocina, el sótano y las cuatro habitaciones.
Ha dejado para último su habitación, justo antes de entrar tiemblo pero no creo
que sea miedo, la habitación de Laura y la mía juntas no son ni la mitad del
tamaño de la de Erick.
Tiene la cama más grande que he
visto jamás, también en colores claros, pero me sorprende que la pared
principal sea de color verde, un verde tierno y sorprendentemente infantil,
teniendo en cuenta la decoración del resto de la casa. La habitación tiene baño
propio y vestidor, me encantaría poder acostarme en su cama, ver si es tan
suave como él o si tiene su olor, pero entonces recuerdo que estas últimas
semanas se estaba quedando con sus padres para estar cerca de Emily.
—
Me
encanta— digo—. Gracias por mostrarme tu casa.
—
Si
todo sale como yo quiero, pasarás mucho tiempo por aquí, así que me alegra que
te guste.
No tengo palabras para contestar
a eso. Valiente psicóloga voy a ser si me quedo sin palabras con tanta
facilidad, aunque claro, esto es un problema que solo aparece cuando Erick está
cerca.
—
Te
tengo una propuesta… Puedes elegir— cuando dice eso me pongo nerviosa. ¿Qué se
le habrá ocurrido ahora?—. Podemos comer y después dar un paseo por la playa o
podemos comer, después tirarnos en el sofá y dejarme que te coma a besos.
—
¿Así
que la cuestión de la comida es indiscutible?
—
¿Tienes
alternativas? ¿Ofreces voluntaria para ser devorada?—
Vuelvo a ruborizarme hasta la punta del
pelo.
—
¿Qué
voy hacer contigo?— pregunto aunque para nada me estoy quejando.
—
¿Ahora
mismo? Alimentarme, después, improvisaremos.
Y por
primera vez en mi vida, la idea es mucho más que tentadora.
Mientras Erick busca algo para
comer, me disculpo y salgo al porche para llamar a mi madre, ya debe haber
terminado su comida y estará preparándose para la siesta. Al segundo toque lo
coge.
—
Dígame—
contesta Carol.
—
Hola,
Carol. Soy yo. ¿Cómo está mamá?
—
Está
despierta esta vez, espera un segundo y podrás hablar con ella.
No pasan ni diez segundos
cuando escucho la familiar y tierna voz de mi madre que sale del otro lado del
auricular.
—
Hola,
niña.
—
Hola,
mamá. ¿Qué tal estás?
—
Muy
bien, el doctor dice que ya casi no necesito medicamentos.
—
Me
alegro mucho de escuchar eso mamá. Te he echado de menos— le digo.
—
Dulzura
ya está la comida— me grita Erick desde la cocina.
Me miró para que se dé cuenta
de que estoy al teléfono, se encoje de hombros y vuelve a lo que quiera que
estuviera haciendo.
—
¿Con
quién estás, Katty?— pregunta mamá.
No sé qué
decir. Así que no digo nada.
—
¿Era
un hombre?
—
Evidentemente,
mamá— murmuro a regañadientes.
—
¿Tienes
novio? — directa al grano.
—
No
estoy segura, mamá. Lo acabo de conocer.
—
Tu
eres la persona más segura que conozco, confío en que sea lo que sea, me lo
contarás cuando estés lista para eso.
¿Es que acaso hoy era él día en
el que todo el mundo había decidido decirme lo mismo? Maldita sea.
—
Voy
a ir a visitarte dentro de poco, en cuanto acaben las clases, lo prometo.
—
Sé
que lo harás, pequeña. Tengo que irme, es hora de la siesta. Te quiero.
—
Y
yo a ti mamá.
Siempre es agradable hablar con
mamá, pero ahora más, se que se está recuperando y eso me hace muy feliz,
quizás al fin pueda superar la muerte de papá. Pero ahora no voy a preocuparme
por el pasado, hoy voy a vivir el presente, disfrutando de cada segundo,
mientras pueda.
Erick y yo nos comemos la mejor
ensalada César que recuerdo haber probado, se nos está haciendo costumbre comer
este tipo de cosa, parece que no hay suficiente tiempo para preparar una comida
decente.
—
Prometo
que volveré a cocinar para ti, pronto— le digo mientras retiro los platos de la
mesa.
—
Eso
suena tan bien…
Juntos
terminamos de recoger la cocina y mientras colocamos los últimos platos en su
lugar, le veo mirándome fijamente.
—
Quiero
besarte— nunca había pedido permiso antes.
—
Los
besos no se pides ¿sabes? Mi madre dice que para que sea un buen beso, tienes
que robarlo.
—
Esta
usted muy juguetona, ¿no?
Sonrió abiertamente y Erick me
besa, poniendo todas sus ganas en ello y yo me dejo llevar lo mejor que puedo,
porque no hay mejor sabor que el de él, mezclándose con el mío.
—
Vamos
a bañarnos, el mar está perfecto a esta hora.
—
Pero…
no tengo ningún traje de baño aquí— además de que no iba a permitir que me
viera con mi viejo bañador de natación—.
Erick vuelve a darme un beso
rápido mientras sonríe juguetón.
—
Eso
no es un problema. Ninguno de los dos vamos a necesitarlo.
Y me arrastra fuera de la casa,
que no sea lo que me imagino; que sí sea,
ruega la vocecita… Oh mi dios.
La arena caliente quema mis
pies desnudos, mientras Erick me arrastra por la playa. Corremos como niños
pequeños por la arena, para refugiarnos del calor. Siento un alivio casi
instantáneo cuando las primeras gotas de agua refrescan el calor. Estar con él
suele ser fantástico, mientras él está cerca no me importa mucho perder la
cabeza, y eso me asusta, pero también me gusta, más de lo que estoy dispuesta a
acertarme, incluso a mí misma.
Erick se ve sencillamente hermoso, tan masculino
con el sol reflejándose en sus ojos, me mira divertido, pero en ningún momento
pierde ese toque bohemio, innato en su personalidad, que acabé por darme cuenta,
que me encanta. Aunque claro, no creo que haya muchas cosas de él que no me gusten,
no soy para nada objetiva cuando se trata de Erick.
—
Vamos
dentro.
—
Solo
tengo esta ropa, no la quiero mojar—. Aunque es verdad que no tengo más, me
importa muy poco la ropa.
—
Te
dejaré algo mío— dice.
Mientras dejo mis gafas, la
sudadera y el móvil sobre la arena, puedo ver a Erick deshacerse de su camisa y
tirarla descuidadamente a un rincón. Me quedo embobada mirando como su torso
moreno se contrae al ritmo de su respiración.
Antes de darme cuenta estoy
entre los brazos de Erick, que me lleva como si fuera un bebé al agua, más
cliente de lo que yo esperaba, o tal vez
mi temperatura corporal. La verdad es que no lo sé pero tampoco me importa.
Cuando siento que me estoy adaptando al bamboleo de las olas contra mi cuerpo,
Erick nos lleva ambos hasta el fondo del mar y me besa.
La sal del mar se mezcla con el
sabor de sus labios y otra vez me quedo sin aire, justo un segundo antes de que
volvamos a la superficie. Puedo sentir la frente de Erick contra la mía, noto
su respiración agitada contra mis labios, y veo su boca, me estoy muriendo por
besarlo, morderlo, marcarlo como mío. Una idea totalmente estúpida y absurda
pero es lo que realmente quiero hacer, así que dejo la mente en blanco y lo
hago. Le beso lo mejor que puedo, intentando seguir mis instintos más básicos,
sin importarme el después. Solo sé que sus labios se mueven al ritmo de los
míos, que cada segundo es aún más difícil respirar y que no me importa en
absoluto.
—
Salgamos
de aquí— suplico.
Y lo hacemos, no estoy segura a
donde me lleva ni lo que quiero ahora, así que sencillamente me inclino para
recoger mis cosas de la playa y me dirijo con pasos firme hasta la casa, donde
después de una ducha para quitar la sal de mi cuerpo en el patio, Erick me
espera con un albornoz, demasiado grande para mí, pero que huele a él, lo que
me reconforta de sobremanera.
Sus manos apresan las mías
mientras nos sentamos en el mullido sillón del salón, las sostiene para
calentarlas, no me había dado cuenta de cuánto frío hacia afuera a pesar de que
no siquiera son las cuatro. Ni siquiera
había notado como el sol de hace unas horas se había ocultado tras unas nubes
grises. No es que el llover en esta época del año sea algo raro, más bien yo
diría común.
El calor del cuerpo de Erick se
mezcla con el mío y quiero volver a besarlo, pero me contengo y no lo hago,
pero él puede notar esa atracción entre
sus labios y los míos, así que se inclina para tomar el control del beso. La
primera presión es lenta, seductora casi de tortura diría yo, para la suerte de
mi cordura, sus labios se hacen más duros y exigentes, extrayendo todo lo que
hay en mí, buscando la pérdida total de mi cordura y lo está consiguiendo.
El deseo ha sido la tercera pata de este intento
de relación, lo admito pero no hay forma en que pueda pronunciar eso en voz
alta. Mi interior vuelve a sentirse totalmente liquido, estos besos me
derriten, solo quiero que Erick no se detenga, quiero dejarme llevar. Justo
cuando empiezo a sentir que puedo conseguirlo, los labios de Erick dejan los
míos, lentamente.
—
¿Por
qué paras?— Ni siquiera yo logro reconocer mi voz.
—
No
es esto lo que quiero— dice y noto que su respiración es tan entrecortada como
la mía.
Sé que está mintiendo, por
supuesto que quiere, miro su entrepierna y encarno los ojos en su dirección,
allí está latente la prueba de que es un maldito mentiroso.
—
No
elegí bien las palabras— dice.
¿A quién le importan las
palabras en un momento así? Sé lo
suficiente sobre sexo como para saber lo que está pasando aquí, soy virgen no
idiota, aunque claro, no pienso decirle eso, ni por todo el té de china.
—
Por
supuesto que quiero, eso es evidente,
pero no me refiero a eso. No te traje aquí porque simplemente quiera acostarme
contigo— parece nervioso—. Yo quiero mucho más que eso. Necesito más.
—
Lo
entiendo—digo al fin—. Solo dame un poco más de tiempo, es demasiado rápido
para mí, no puedo hablar de sentimientos aún, pero lo que pasa entre nosotros,
ahora no se trata de sentimientos, es deseo puro y duro.
Y no sé
de dónde salen las palabras pero es como me siento.
—
Vamos
a dejar claro algo, Katherine— el tono es diferente, esto es serio—. No
simplemente quiero convertir cada pedazo de tu cuerpo en territorio explorado
por mis manos y boca, yo quiero ser tu medicina, la luz que alumbra la más
oscura de tus noches. Pretendo ser el fuego que derrita el hielo que esconde tu
alma— coloca su mano sobre mi pecho, que se mueve de forma irregular—. Kathe,
yo no solo necesito tranquilizarte cuando despiertes gritando en la noche
porque tuviste una pesadilla, quiero que me veas como a tu guerra de cada
noche, necesito toda tu confianza, confianza en que voy a ser el mejor
carcelero para tu corazón. Kathe, mírame, yo no voy a ser algo pasajero,
necesito permanencia, no me conformaré con menos. Yo no quiero pasar por tu
vida como las modas— todo mi cuerpo se congela y mis ojos buscan algo
interesante por el piso, pero la mano derecha de Erick sube mi mentón hasta que
mis ojos quedan justo a la altura de los suyo—. No se asuste señorita, no he
hablado de boda. Tienes que tener claro que simplemente podría estar abrazándote
para siempre sin necesitar nada más.
¿Qué diablos acaba de pasar
aquí? Se te acaban de declarar idiota, aclara la malévola vocecita, como si
ya no me hubiera quedado más que claro. ¿Cómo empezamos hablando de sexo y
acaba de mencionar una boda? Me duele la cabeza.
—
Sería
un buen momento para decir algo— creo que él ya me ha dicho eso antes.
—
Necesito
un minuto— suplico.
Sigue sin tener nada de
sentido, yo hubiera preferido que simplemente me arrastrara a la cama, ¿por qué
he acabado con él único hombre en la tierra al que le apetece hablar antes del
sexo? Porque si no fuera así, tal vez no sería él. Es mejor aprovechar la oportunidad.
—
Nadie
me había dicho algo tan hermoso nunca, pero lo haces parecer todo demasiado
fácil, como si yo fuera una rosa, tienes que tener encuentra que también tengo
espinas, cientos y cientos.
—
No
me importa, resulta que quiero que seas
todo, necesito que seas mi rosa, no admitiré que seas solo un pétalo, a
cambio aceptaré todas tus espinas.
—
Me
tienes, no hay nadie más— la frase se me escapa como un suspiro.
Y en apenas un segundo Erick
vuelve a tener sus labios aplastándose contra los míos. Sus manos desatan la
coleta y mi pelo cae mojado sobre el albornos blanco.
—
Estás
mojada— si él supiera…—. Tenemos que quitarte toda esta ropa.
—
¿Significa
eso que por fin vamos a tener sexo?
Por favor, que diga sí, ya no
puedo soportarlo más, está espera me está matando.
—
No,
eso solo significa que voy hacerte el amor.